Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | ¿qué tan ajenos a esos hermanos nos sentimos?

Salir de nosotros mismos

Reaccionar, despertar y darnos cuenta de cuál es nuestra realidad personal; y hacerlo ya

Por: EL INFORMADOR

Las estadísticas tanto en el ámbito nacional como en el mundial, nos hablan de un creciente incremento del desempleo, de la pobreza y, como consecuencia fatal, del hambre de millones de personas. Existen países en los que la situación es verdaderamente caótica, entre ellos varios africanos, en los que a diario decenas mueren por esa causa. Ante semejante realidad, convendría preguntarnos, a manera de confrontación de nuestra autenticidad cristiana, ¿qué tan ajenos a esos hermanos nos sentimos? Esa realidad nos conmueve, pero, ¿efectivamente nos mueve a actuar?

Tal vez al  leer en la prensa, al escuchar por la radio y enterarnos de situaciones como  ésta, o al ver por el televisión escenas que nos la muestran, sintamos que una especie de caparazón envuelve nuestro corazón, y, encogiendo los hombros decimos que no podemos hacer nada por ellas, ya que se encuentran muy lejos de nosotros o no tenemos los recursos para ayudarlos. O tal vez, si nos conmovemos, nos propongamos hacer algo al respecto, pero al día siguiente ya se nos olvidó, y queda en puras intenciones.

Es triste y penoso decirlo, pero es insoslayable el hecho de que muchos cristianos o personas que dicen serlo, viven sumidos en un gran egoísmo e individualismo. ¡Qué paradoja! Siendo la esencia de la vida cristiana, el amor a los demás, más no un amor consistente en sentimientos, en emotividad, sino más bien una decisión de dar sin esperar recibir --de dar hasta que duela, como decía la Madre Teresa de Calcuta--, cada día más hombres y mujeres que algún día fueron bautizados, que quizá acuden a Misa todos los domingos y practican toda clase de ritos y devociones, viven en un ensimismamiento, con una indolencia que los hace ser indiferentes e indolentes a lo que los demás necesitan, a como que sufren y hasta de que mueren.

Quienes así viven y se desenvuelven en diferentes ambientes, son, como lo afirma la Palabra de Dios, unos mentirosos: “Si alguno dice ‘yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de Él este mandato: que el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn. 4, 20-21). Por lo tanto, esos mentirosos  viven esclavizados, pues la misma Palabra afirma que “la verdad nos hace libres” (Cfr. Jn. 8, 32); y quien es esclavo porque vive en la mentira, jamás podrá alcanzar la verdadera felicidad, ni en esta vida ni en la eterna.

Por ello es preciso reaccionar, despertar y darnos cuenta de cuál es nuestra realidad personal; y hacerlo ya, porque la muerte siempre llega como un ladrón, y después de muertos ya no podremos lograr nada y estaremos destinados a un sufrimiento interminable.

Recordemos que si hay algo que Dios abomina es la mediocridad, la hipocresía. Más nos valiera no llamarnos cristianos y actuar egoístamente, que decir que lo somos y no saber amar y darnos a los demás. La Palabra del Señor en el libro del Apocalipsis, nos dice claramente cuál será la actitud de Dios ante esta realidad: “Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Pero eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 15-16).

Dura es esta Palabra, como terrible es ser vomitado de la boca del Señor; es decir arrojado lejos de su lado, al fuego eterno, “donde será el llanto y rechinar de dientes” (Mt 8, 12).

Así pues, que esta reflexión sirva para revisarnos qué tan mediocres, qué tan tibios estamos siendo en nuestra vida cristiana. Y si estamos en esa situación, tomar hoy la decisión de renunciar a esa  mediocridad, a esa tibieza, e iniciar un cambio, una nueva vida. Esto será posible sólo con la fe; la fe que es un don que hemos de pedir al Señor con insistencia. Una fe que nos hará creerle a Jesús y obedecerle incondicionalmente.

Una fe como la que tuvieron los discípulos cuando Jesús les pidió los cinco panes y dos peces, para multiplicarlos y así poder ellos darle de comer a una multitud hambrienta, como nos lo recuerda el Evangelio de este domingo.     Una fe que nos hará definitivamente salir de nosotros mismos, y a partir de entonces, vivir para Dios y para los demás, poniendo en manos de Jesús “nuestros panes y nuestros pescados”, para que Él los multiplique en beneficio de tantos necesitados a nuestro alrededor.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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