Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | La salvación es empresa de Dios, es obra de amor

Saber bien hacia dónde se va

Todos buscan la felicidad, es anhelo universal y muchos se empeñan y luchan por ella

Por: EL INFORMADOR

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     En el libro de Job, en la Santa Biblia, con una frase breve y profunda define la razón del paso del hombre por este espacio temporal llamado vida. Dice así: “Lucha es la vida del hombre del hombre sobre la tierra”.

     Este ser pensante y libre un día llegó al uso de razón y encontró la ineludible condición de luchar, y cada día, con su propio ser y poseer, si algo quiere alcanzar.

     Ese ir y tornar de uno y de todos, de hombres y multitudes, esa efervescencia en las grandes urbes, manifiestan esfuerzo, búsqueda, lucha.

Van tras el remedio de sus necesidades o movidos por intereses, aspiraciones, anhelos, ideologías, gustos, pero con el mismo signo de luchar para alcanzar.

     El progreso de los pueblos ha sido el resultado, el fruto, de esa constante lucha desde el “homo sapiens” en su afán, en su lucha.

     Legítimos, dignos de encomio, son los motivos de la lucha por el bien, por la justicia, por el bienestar propio y de los pueblos. Sin esa lucha cotidiana no se podría entender la transformación del habitat donde la humanidad camina. Mas por sobre todas las razones para luchar, el cristiano lucha por alcanzar el fin último.

Para alcanzar la vida eterna

     Es esta la más alta cumbre; si ha logrado el hombre escalar montañas, si ha logrado ver realizados muchos de sus anhelos y proyectos en los órdenes material, cultural, social, económico y político, la más alta cumbre de la cordillera está en el orden espiritual: es la salvación, es la santidad. Esta es la cumbre del cristiano: “Nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados, en su presencia en el amor”. Así les decía San Pablo a los habitantes de Efeso (Ef 1, 4) y a los tesalonicenses . “Esta es la voluntad de Dios, nuestra santificación” (la. Tes 4, 3).

     Para la salvación de todos, el Verbo de Dios amó, se anonadó --se minimizó-- y se entregó, y como sacramento de salvación fundó el Reino, su Iglesia.

     En toda época de la Iglesia ha habido innumerables hombres que han vivido con plena conciencia de pertenecer a Dios, y se han dejado conducir por la voluntad divina. Por eso la Iglesia ha sido tierra fértil de santos.

La salvación es empresa de Dios, es obra de amor

     Cuando nacía, pequeña aún como grano de mostaza, se admiraban los fariseos de esa amistad de Cristo con los publicanos, con los pecadores. No entendían --y muchos ahora no entienden-- qué es la salvación,  y por lo mismo la Iglesia no es, no ha de ser, empresa humana, ni ha de regirse con leyes e intereses humanos.

     Es la Iglesia la presencia oculta y cierta de Cristo en medio de ella, invisible, con su misma actitud de amor, de misericordia, de perdón.

     Al mismo tiempo la Iglesia es santa y es Iglesia de pecadores, y en ella están los débiles, los frágiles, los pecaminosos en espera de perdón.

Quienes se escandalizan porque en la Iglesia ha habido flaquezas, pecados y escándalos, deberán mirarse primero a sí mismos, para considerar si tienen autoridad moral para censurar. ¿No serán de los que sólo miran la paja en el ojo ajeno? ¿No serán de los que en su ojo llevan una viga?

    La Iglesia en el Concilio Vaticano II (1962-1965) hizo pública confesión de que en su vertiente humana no era perfecta y que las fallas no desaparecen con excusas, sino reconociéndolas, arrepintiéndose y caminando en camino siempre de conversión.

El Papa Benedicto XVI en Inglaterra

     Con clara consciencia de su grave responsabilidad de pastor de la Iglesia Universal, se presentó el mensajero de Buena Nueva en las Islas Británicas en este siglo XXI, y con valentía, como valiente fue San Pablo, les habló de las nuevas doctrinas llamativas y falsas. Les dijo: “La dictadura del relativismo amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y sobre su fin último (la salvación)”.

     En pocas palabras, graves, de sabiduría, refleja esa incesante movilidad de los hombres de hoy, pero poco o nada preocupados, y menos ocupados, en descubrir el “bien último”, y lamenta al contemplar a multitudes en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias”, y les recuerda ante el ateísmo teórico y práctico de algunos, cómo hace falta una luz de arriba --la luz de la fe y de la religión--, porque “sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser presa de distorsiones”.

Aquel hombre cerró sus ojos ante la necesidad ajena

     Después de las parábolas de la misericordia, el evangelista San Lucas expone una parábola con dos personajes y dos actos: Un hombre entregado, en su opulencia, a una vida de placeres, y otro en extrema pobreza. Ese es el primer acto. El segundo es más allá, cuando se encuentran el pobre en el paraíso y el opulento en crueles tormentos.

     Las riquezas no fueron la causa de su condenación, sino el mal uso de ellas, su egoísmmo, su ceguera, su complacencia en disfrutar nada más, sin pensar ni luchar para alcanzar la salvación. Se contestó con las cosas materiales y en ellas puso su pensamiento y su acción.

     Y esa no fue sabiduría, esa fue ceguera; porque sabio es quien toma en todo la dirección de su vida hacia su destino eterno.

“La ciencia más consumada
es que el hombre acabe bien,
porque al fin de la jornada,
aquel que se salva sabe
y el que no, no sabe nada”.

José R. Ramírez  

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