Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Saber agradecer

El Maestro ha dejado esta enseñanza: 'Al que pide se le da; al que toca, se le abre; el que busca, encuentra; pidan y se les dará'

Por: EL INFORMADOR

-  /

- /

    ¿Qué tienes que no hayas recibido? Es una pregunta para contestarla con humildad y gratitud.

     Al abrir la ventana a las primeras luces del día, al recibir la primera caricia del sol, el ser pensante, el único pensante, el hombre pasajero por este planeta sabe, entiende y valora: es un nuevo día para vivirlo y es regalo de Dios, como  regalos han sido el día de ayer y el anterior, y así hasta el primer día.

     Mas el regalo de los días es el don de la vida, el corazón en continuo palpitar, la respiración, el aire, el agua, la luz, el pan de cada día, las personas que amo, las que me aman y un interminable etcétera, una gracia, un don cada instante de la existencia. ¿Qué tienes que no hayas recibido?

     Cuando algo falta, a buscarlo, a luchar por alcanzarlo, a pedirlo.

     El creyente, el cristiano, sabe pedir. El Maestro ha dejado esta enseñanza: “Al que pide se le da; al que toca, se le abre; el que busca, encuentra; pidan y se les dará”.

     Pero en la oración de súplica, la petición va siempre unida a la oración de agradecimiento.

     En la liturgia --culto oficial de la Iglesia-- abundan las expresiones de gratitud, de reconocimiento por los dones recibidos. El centro de la liturgia es la Misa, en otro nombre Eucaristía, y significa acción de gracias.

     La Iglesia orante se reúne a dar gracias en esa asamblea de la “fracción del pan”, a adorar, a alabar, a pedir y a dar gracias al Señor.

“Damos gracias a Dios por todos ustedes sin intermisión”

     Así, el convertido San Pablo les comunicaba a los cristianos de Tesalónica.

Así el cristiano ha de avivar una actitud de alegría, de percepción de esa constante benéfica presencia de Dios en los momentos del hombre, y agradecer convencido de que todo es gracia y todo para su bien.

     Alguien renegaba porque padecía una enfermedad y sufría sin resignarse. Llegaron días pesados: hospitalización, cirugía, convalecencia. Allí le llegó una luz, de allí salió no solamente sano, sino sabio. Mucho aprendió, porque buena escuela es el dolor. Entendió con esa personal experiencia cómo tanto es regalo, como deleita a un niño el sabor de un chocolate, como causó dolor el aguijón de una inyección precisamente para quitar ese dolor.

     El “Libro de Job” en la Santa Escritura es poema del dolor, es un canto sublime, de reconocimiento, de sumisión, de verdad y de esperanza.   

     Del conquistador Don Hernán Cortés se cuenta su “noche triste”, a punto de sucumbir por los embates de los indígenas. ¿Quién no habrá sufrido no una, sino muchas noches tristes?

     Mas para el cristiano también en esas largas horas Dios ha estado presente.      

     Y esas horas han pasado...

     San Pablo por lo mismo insiste en dar gracias a Dios “sin intermisión”, o sea darle gracias siempre, a toda hora y por todo.

“Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”

     En el evangelio de este domingo vigésimo octavo ordinario del año se manifiestan dos maneras de orar. Diez leprosos desde lejos le gritan a Jesús su oración de súplica: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Su oración tiene las tres condiciones para ser escuchada: mucha fe, humilde, sincera”.     

     Por eso el Maestro divino les curó sus llagas, desapareció el sufrimiento de sus cuerpos y de sus almas, antes atormentadas por el aislamiento y la soledad de los leprosos.

     Mas si fue buena la oración de los diez, la oración de uno de ellos fue admirablemente bella y ni siquiera recurrió a las palabras; todo lo dijo al postrarse resplandeciente de gratitud, sano del cuerpo y del alma, a los pies de Cristo.

     Para ese extranjero y para todos los agradecidos de todos los tiempos, el mejor elogio de Dios, también sin palabras, fue enviarlo a su casa limpio y con el corazón henchido de alegría.

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”

     Marginados y excluidos de la sociedad por la ley judía, los leprosos, ya curados, volvieron a la comunión, es decir a la común-unión.

     Los cristianos de veinte siglos han de vivir cantando continuamente un cántico nuevo, porque el milagro de los diez leprosos fue uno y corporal, mas en la historia del pueblo de Dios es continuo e íntimo en el orden espiritual, porque cada pecador, si arrepentido pide perdón y es absuelto, es como un leproso curado. Su lepra era el pecado. Su salud, haber encontrado a Cristo. Y a él como a los diez, les ha dicho: “Ve, preséntate al sacerdote”. Cristo realiza el milagro y el sacerdote es instrumento, como son las pinzas para sacar una espina que hace llorar, que hace sangrar.

     Grande y perpetuo milagro de amor es el sacramento de la misericordia, del perdón. Porque la Iglesia fue fundada por y para pecadores, dejó el Señor ese regalo, y así encontraron salud, pues donde abundó el pecado sobreabundó la misericordia.

Cristo, médico de la humanidad

     Si solamente se mirara a Cristo en aquel breve espacio de tres años de su vida pública, curando enfermos, sería un recuerdo grato, pero nada más.

Mas no es así: Cristo sigue curando, y para esto está en este siglo XXI. Enfermo está el mundo. San Juan en elocuente síntesis lo expresa: “Concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida”.

     Frecuentes noticias dolorosas, ahora muy difundidas con los recursos técnicos, reflejan la lucha ciega de los hombres por el poder, por el dinero. Muchas vidas tronchadas y cuántas en la flor de la vida. Intereses mezquinos y los vicios llevan a muchos a cometer crímenes diversos. No hay razón para especificarlos, mas los causa la codicia y más codicia. Son enfermos de lepra y muchos mueren en ella.

     Y luego, la hegemonía de la carne. Al mundo se le han venido empequeñeciendo tanto sus horas, tanto como para tener todo su empeño puesto en los placeres de la carne; y lo más triste es su ceguera, porque no alcanzan a ver en todo eso una verdadera lepra, y tan contagiosa para parecer  veces una pandemia.

“Maestro, ten piedad de nosotros”   

     Esa oración de diez leprosos ha de ser la oración de todos. Colectiva, con un apelativo de universal. ¿Habrá alguno tan limpio y dispuesto a tirar la primera piedra?

     Ante Cristo, médico de la humanidad, hagamos ahora la oración de la humanidad acelerada del siglo XXI, para pedir y luego, alegre, alborozada, para dar gracias al único médico capaz de limpiar, renovar, resucitar el alma.

José R. Ramírez

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones