Miércoles, 05 de Noviembre 2025
Suplementos | el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos

Remedio para el sinsentido

“Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”

Por: EL INFORMADOR

Uno de los grandes males que abundan en nuestros tiempos es, sin duda, la ausencia de sentido de la existencia: el sinsentido de la vida, en el que están sumergidas muchas personas y, paradójicamente, una buena parte se ostentan como cristiano-católicos. Y decimos paradójicamente, porque una de las grandes virtudes de una fe cristiana auténtica es proporcionar, al que la profesa, grandes y múltiples motivos para vivir con un ideal, con una meta sublime y con una esperanza y una dicha únicas, incomparables e inagotables.

Pues bien, para dar soporte a nuestra afirmación, bástenos dar una mirada alrededor en los ambientes en que nos movemos y desenvolvemos, y podremos constatar --no sólo por estadísticas, sino por lo que vemos, oímos y palpamos nosotros mismos-- cómo, a medida que en el mundo el materialismo, junto con el subjetivismo y el relativismo, penetran más y se apoderan de la conciencia y la voluntad de un mayor número de hombres y mujeres, suscitando una pérdida de la fe y de los valores trascendentes, en esa medida éstos caen en la indolencia, la apatía, la indiferencia, y de ahí pasan a una desvalorización de su ser y de su misión; ello, si se sabe o se intuye que se tiene una misión en esta vida.

Es urgente e imprescindible que aquellos que aún no han sido presa de este fenómeno, los que conservan la fe en sí mismos y en un ser superior, y valoran y estiman en todo lo que significa el don de la vida --en especial las instituciones religiosas y educativas, cuya tarea está relacionada con esto--, se empeñen en sacudir a tantos que viven en el marasmo; despertarlos de ese letal sopor y crear conciencia; educar, evidenciar, el verdadero fin y la verdadera trascendencia de nuestra existencia, la razón de nuestra estadía en el mundo, gozando de este maravilloso don de la vida y, sobre todo, que no es casualidad que estemos aquí; que nuestro nacimiento --no importando cómo y en qué circunstancias haya sido-- no es un azar del destino, ni un accidente o error humano, ya que si estamos aquí es porque lo ha querido ese ser superior, ese Dios creador, Providente, Padre amoroso, que quiere lo mejor para sus hijos, pues tiene un llamado y una misión para cada uno de nosotros.

Existe una vocación o llamado universal para todos los seres humanos, y ésta es a la santidad; y una misión, la cual consiste en trabajar precisamente para nuestra santificación  y la de los que nos rodean.

El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: “Sed, pues,  perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48)

Por el Bautismo todos somos llamados a la santidad. La santidad es la presencia de Dios reinado en el corazón del creyente, que se adquiere amándolo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente (Cfr. Mt 22, 37-38).

La santidad es obra de Jesús, pero Él no la impone. Requiere la respuesta libre del hombre. Quien ama a Dios desea responderle con todo el corazón, se esfuerza y persevera, con la ayuda de la gracia, para vencer la tendencia de la carne (pecados capitales). Hemos de aspirar a los dones superiores, dice la 1a. Carta a los Corintios (12, 31) “Y a aún os voy a mostrar un camino más excelente”. Ese camino es el amor a Dios y al prójimo puesto en práctica, imitando el amor perfecto que es Jesús. No desear otra cosa que agradarle en todo. Y cuando agradarle requiera abrazar la cruz, ¡bendita sea! Todo por Él y para Él.

Aspirar a la santidad es vivir humildemente para Dios: “¿Acaso tiene que agradecer el siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lucas 17, 9-10).

Pues bien, todos, al nacer y luego en nuestro bautismo, somos dotados de infinidad de talentos, que al ponerlos a trabajar --como nos lo recuerda el Evangelio de hoy-- los multiplicamos, multiplicándose sus frutos, los cuales nos ganan la entrada en el Reino eterno de Dios, que es la santidad plena (Sin santidad nadie verá a Dios)

Cuando se comprende esta gran verdad, este maravilloso misterio, indefectiblemente cambian nuestros criterios, nuestra visión de la vida, nuestros ideales y nuestras metas, y desaparece el sinsentido de la existencia, para dar paso al verdadero y auténtico significado, valor y trascendencia, de forma tal que quien lo asume le da un giro a su forma de vivir, para dedicarse a buscar y perseguir esa santidad que le dará el sustento a todo lo que haga y enfrente, en el tiempo que permanezca en el mundo.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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