Suplementos | Por: Iván González Vega Política en pantalla grande El cine también juega en las campañas; tres títulos suman una visión del méxico contemporáneo Por: EL INFORMADOR 17 de junio de 2012 - 00:44 hs GUADALAJARA, JALISCO (17/JUN/2012).- El cine mexicano padece la carga de una herencia de control autoritario y una especie de perpetua inmadurez que lo orilla a la experimentación errática. El caso emblemático de La sombra del caudillo, aquella adaptación que se pasó años enlatada, sirve a los cineastas para evocar las cadenas que sujetaron por décadas a este arte. ¿Cuándo se rompieron? Quién sabe. Pero la crítica política se asentó en el cine mexicano con la naturalidad y las dificultades con que fue reclamando su sitio en otros espacios de expresión: siempre hay artistas que recurren al lenguaje cinematográfico para colocar sus protestas, cada tanto, alguno da en el clavo y convierte a su película en un tema de conversación… y con mayor frecuencia las cintas no merecen más adjetivos que “polémica” y “controvertida” porque las carencias de sus guiones o sus producciones les niegan otros mejores. ¿Cuál es la herencia, hoy, de El infierno o La ley de Herodes, de Luis Estrada, retratos casi fársicos de la violencia del narcotráfico y la violencia oficial, o de El crimen del padre Amaro, una cinta que tocaba de lado la corrupción de la Iglesia? ¿Abonaron a esa tradición que, de acuerdo con los críticos, incluye por ejemplo a Rojo amanecer (1989) o a Canoa (1975)? Como sea, ésta es una época especialmente politizada y requería un cine especialmente volcado hacia este género. Entre muchas otras cosas, el sexenio de Felipe Calderón podría ser bien recordado como uno de cine político que consiguió hacerse un sitio en el mercado y en la prensa. No se parece en nada, por ejemplo, lo que consiguió Presunto culpable a la relevancia que durante unas semanas mereció De panzazo, pero los dos probaron la eficacia de los documentales como vehículos para provocar discusión sobre problemas reales. En 2012 hay al menos tres películas mexicanas que abrevan de sucesos recientes. La más vigente es Colosio, de Carlos Bolado, una ficción que pone el dedo en la llaga abierta que significa para muchos el PRI y su posible regreso a la Presidencia de la República. La cinta inventa a un investigador que va desenredando una conspiración tramada desde la misma silla presidencial y apela a la memoria emocional del mexicano promedio, ese que cree que en los grandes sucesos políticos ninguna explicación es mejor que la más enredada. Otra ficción, más discreta y muy festejada en festivales internacionales, es El lenguaje de los machetes, cuyo centro es una historia de amor pero cuyo contexto es la represión de San Salvador Atenco, otra alusión directa al PRI y a su candidato presidencial, Enrique Peña Nieto, pues aquel episodio tuvo lugar bajo su Gobierno en el Estado de México. Ninguno de los críticos que, desde Venecia a Nueva York pasando por Estambul y Cartagena, han alabado las virtudes de esta película mexicana, se ha decantado por colocar al componente político como principal cualidad de la cinta; por el contrario, se concentran en su narrativa, el trabajo de sus dos actores o hasta su fotografía. Pero Atenco está allí, con la alusión, en el título, a aquel día en que Diego Fernández de Cevallos desacreditó al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra como gente que sólo entendía el lenguaje de los machetes. El último en este trío de filmes muy politizados es un documental con un doble eje: Gimme the power, que reseña la trayectoria del grupo Molotov pero que, al mismo tiempo, afirma que esa banda ocupa un sitio en la historia del rock y su lucha contra la censura, con uno de sus momentos climáticos en el famoso Festival de Avándaro de 1971. (Por cierto que cuesta trabajo ver el tráiler de Gimme the power y no experimentar un mínimo de suspicacia ante su tono categórico: de acuerdo con el avance, la película adereza un esfuerzo de crítica histórica con las opiniones de los cuatro integrantes de la banda. El resultado, que hay que admitir, juntas ideas como “Híjole, no sé, caón, no, ps, es muy difícil describir México, wé” y la afirmación de que el país vive la misma dictadura desde Porfirio Díaz hasta Felipe Calderón, a quien, de borracho, no lo bajan.) Ni Avándaro, medio parido por el 68 de Tlatelolco; ni el asesinato de Luis Donaldo Colosio, cereza en el amargo pastel de 1994; ni Atenco, hoy tan mentado, eluden su carga principal: todos sirven para recordar que el PRI, con poder absoluto, fue el padre de un país en donde la oposición, las elecciones confiables y la libertad de expresión tuvieron altos precios. Y estas tres cintas que los usan de pretextos, independientemente de sus intenciones, discuten la legitimidad siempre ilegítima del sistema político nacional: en términos de narrativas, México es ideal para tragicomedias, farsas o parodias. Al cine político de ahorita, ni modo, le toca recordar que nuestra democracia es frágil, inestable e incompleta. ¿Tenemos una democracia increíble, digna de una ficción como la de Colosio, o una tan cargada de deudas históricas que merezca un criticón Gimme the power? Quién sabe, pero le toca al público admitir que estas cintas no podían llegar a los cines sino en este momento, en esta época, cuando en lugar de espectador a uno le toca ser, primero que nada, votante. Y a ver si los años dan a cualquiera de las tres cintas un lugar mejor que el de simples estrenos en una coyuntura específica, y adjetivos mejores que “polémica” y “controvertida”. Temas Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones