Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | “Talitá, kum; niña, levántate”

Poderoso en obras y en palabras

En el lenguaje coloquial, la gente le da nombre de milagro a todo hecho sorprendente no común, o que acontece muy rara vez

Por: EL INFORMADOR

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¿Qué es un milagro? En el lenguaje coloquial, la gente le da nombre de milagro a todo hecho sorprendente no común, o que acontece muy rara vez. En el lenguaje cristiano, milagro es un hecho no natural, sino sobrenatural; un hecho que supera la propia naturaleza. Santo Tomás de Aquino lo define así: “Se dicen propiamente milagros las operaciones de Dios fuera de las causas conocidas por nosotros y que por lo mismo excitan nuestra admiración” (Cuestión 105, 7), y San Agustín dice: “Cuando Dios hace algo contra el curso acostumbrado de la naturaleza, y a nosotros conocido, tales obras se llaman grandiosas, milagrosas” (Contra Fausto 26, 3).

“Las obras que yo haga en nombre de mi Padre dan testimonio de mí”
(Jn 10, 25)

Los cuatro evangelistas dan testimonio de los muchos y variados milagros que Cristo hizo, hasta el milagro de milagros: su propia resurrección.
Nicodemo, un hombre principal entre los judíos, fue de noche a visitar a Jesús y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, porque ninguno puede hacer los milagros que tú haces, si Dios no está con Él” (Jn 3, 2).

Los milagros de Cristo tienen dos fuentes de origen: confirmar con hechos su doctrina y su misión como Mesías, ungido, Hijo del Padre, y su compasión, su misericordia ante los dañados por las enfermedades y el pecado.

Un día Juan el Bautista, desde la cárcel, envió a sus discípulos a preguntarle a Jesús: “¿Eres Tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?”. Respondió Jesús: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que ustedes han visto y oído: los sordos oyen, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”.

El Señor dijo: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, son testimonio de mí” (Jn 15, 25). “Si no hago las obras de mi Padre, no me creeréis” (Jn 10, 34).

Y les dio a sus discípulos poder para hacer milagros, si le pedían al Padre en su nombre.

El primero en manifestar su carisma fue San Pedro, a quien seguían las multitudes confiadas en que se curarían al paso de la sombra del apóstol.

Doce siglos después, en Francia y en Italia, las multitudes seguían a San Antonio de Padua, muy generoso en remediar y curar. Cuentan sus biógrafos que una tarde hizo muchos milagros. Al recogerse al anochecer en su convento, se sentó a la mesa con sus hermanos a comer con buen apetito. Uno de los hermanos le preguntó, refiriéndose a los milagros, si no estaba emocionado por todo lo que había hecho ese día. El Santo le contestó: “¿Qué he hecho? Yo no he hecho nada. Dios, sin duda, me ha tomado como instrumento para dar su amor, su bondad, sus regalos a quienes tuvieron fe”.

En este domingo décimo tercero del año el evangelista San Marcos narra dos milagros que obró Cristo, después que llegó en una barca al otro lado del lago.

El primero fue la curación de una mujer que llevaba doce años de padecer flujo de sangre, e ineficaces habían sido todos los remedios de los hombres para curarla. Ella se acercó por detrás a Jesús entre la gente y le tocó el manto. Jesús --no para humillarla, sino para exaltar la fe de aquella mujer-- se quedó en silencio. Luego, mirando alrededor, preguntó: “¿Quien ha tocado mi manto?”. Era una multitud la que le apretujaba y los apóstoles decían: “Pues ves cómo te tocan”. Con sólo tocar el manto la hemorroísa quedó sana. Temblorosa y asustada se postró a los pies de Jesús y confesó la verdad. Jesús la miró con gran amor y le dijo: “Hija, tu fe te ha curado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

“Talitá, kum; niña, levántate”

Angustia, desolación, llantos en una casa donde ha quedado quieto el corazón de apenas doce años. Llega Jesús, sereno ante la actitud de las personas y dice una frase que no entienden: “La niña no está muerta, está dormida”. Tomó una mano de la niña y pronunció dos palabras: “Talitá, kum”... Y el corazón de la pequeña volvió a latir, abrió los ojos, se levantó y comenzó a caminar.

“Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida  a sus cuerpos mortales, en virtud de su Espíritu que habita en ustedes” (Rm 8, 11).

José R. Ramírez Mercado          

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