Martes, 14 de Octubre 2025
Suplementos | Eleva hacia el cielo implorando la gracia y la bendición divinas

Oración para los momentos difíciles

La chequera repleta, la abundancia de bienes, no logran llenar el corazón ni proporcionan esa plenitud que todo ser humano ansía

Por: EL INFORMADOR

      Una vez más, es bueno abrir los oídos para escuchar la voz del Señor Jesús que nos dice: “Yo estoy con ustedes”.

     ¿Con quién? Con los tristes, los afligidos, los que lloran, con todos los que sufren, con todos aquellos que han sido, por algún motivo u otro, afligidos. El Señor está con cada uno. Y más grande que cualquier dolor, cualquier pena o desventura, es el consuelo de Dios.

     Un autor moderno decía: “Cuando no tengas a nadie que te ayude, cuando te sientas solo, triste, abandonado, entonces acuérdate de Dios, Él es tu amigo, Él quiere estar contigo, siempre a tu lado”.

     No es mentira, no es fantasía, sólo quien lo ha experimentado alguna vez en la vida, puede decirlo con certeza. Porque nosotros vamos caminando por senderos muy difíciles y no siempre sabemos conocer y reconocer bien qué es lo que más nos conviene, ni dónde está nuestra felicidad, ni siquiera qué es lo que puede ser nuestra alegría.

     Por eso en el Evangelio de este domingo el Señor Jesús nos advierte que “la vida del hombre no depende de la abundancia de bienes que posea”.

     Las verdaderas realidades de los seres humanos dependen de algo más profundo, más hondo, que está escondido en lo íntimo del propio corazón. Allí es donde se dan las verdaderas realidades del ser, y es precisamente donde casi nunca nos atrevemos a buscar.

     Unas veces porque ni siquiera se nos ocurre buscar en ese océano que nos parece insondable; otras veces porque tenemos miedo de lo que allí podríamos encontrar, y en otras ocasiones, porque vivimos volcados a lo externo, a lo material, a lo tangible, y preferimos las cosas concretas, contantes y sonantes, que creemos buenas.

     Cosas materiales en las cuales nos apoyamos, son útiles ciertamente, necesarias sin duda, pero no indispensables. Infinidad de veces hemos visto en el entorno, personas a quienes nada les falta, pero que carecen de amor, de afectos verdaderos, de la paz y la bendición que Dios da; son personas que sienten el corazón vacío, nada les da felicidad.

     La chequera repleta, la abundancia de bienes, no logran llenar el corazón ni proporcionan esa plenitud que todo ser humano ansía desesperadamente.

La paz, la armonía, el amor, son dones de Dios que reparte generosamente a quienes se acercan a Él, y que cada uno puede aprovechar o desperdiciar, según sea su actitud y su empeño.

     Pero cuando en el silencio se encuentra a Dios, se encuentra con ese Señor Jesús que quiso vivir entre nosotros, asumir nuestras condiciones de seres humanos y compartir nuestras pobrezas. Allí sí logramos encontrar un destello de lo que verdaderamente necesita el ser humano para saciar su sed de infinito, su hambre de ternura.

     Una oración sencilla puede abrir la puerta para introducirnos en el recinto espiritual donde reside lo que verdaderamente nos pertenece, lo que tan afanosamente buscamos afuera, sin saber reconocer que lo llevamos dentro, acaso como una semilla que tenemos que hacer germinar y cutivarla hasta que la veamos florecer y dar frutos

Señor, dame el pan para hoy,
pero dame también la parte de ternura,
de alegría y amor que necesito para vivir.

Dame un corazón sensible a la bondad y a la justicia,
para que, en tu nombre, pueda repartir comprensión y apoyo
a quienes lo necesitan más que yo.

     Una oración sencilla, que más bien sale espontánea del propio corazón y que lleva siempre dos dimensiones: la primera, que eleva hacia el cielo implorando la gracia y la bendición divinas; la otra, que se proyecta hacia la tierra y se extiende solidaria hacia todos aquellos con quienes compartimos el mundo en que habitamos, sabiendo de fijo que no estamos solos, porque el Señor Jesús con su Espírtitu Santo vive y camina con nosotros, comparte nuestra vida y nuestras penas, lo mismo que nuestra alegría, y nos ayuda a construir y a dar felicidad.

María Belén Sánchez fsp

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