Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | ¿En qué consisten las dificultades?

¿Obras de Dios o de hombres?

No olvidemos que “nadie da lo que no tiene”...

Por: EL INFORMADOR

Cuando continuamente se convive con personas que desean servir al Señor dentro de una Comunidad --como es el caso de aquélla en la que participo--, y que con pureza de intención o sin ella, se afanan por realizar obras, pequeñas o grandes, es difícil orientarlas, sobre todo si están decididas a llevarlas a cabo; y más aun cuando ya tienen definido el tipo de obra y cuentan con los recursos, tal vez no suficientes, pero sí útiles para marchar adelante, como son obras de evangelización, o bien de caridad y promoción social, etc.
     
¿En qué consisten las dificultades? Las hay de varios tipos, porque las obras son de diferentes estilos, porque cada cabeza es un mundo, y, muchas veces, porque las expectativas de los promotores son muy disímbolas.

Así, es común toparse con aquellos que en la obra que están realizando, lo que en realidad buscan es calmar su conciencia que les reclama cambiar de vida, y creen que haciendo una obra lo están logrando.
Otros, cuya mentalidad no deja de ser mercantilista, pretenden hacer una transacción tipo comercial con Dios: Yo te doy, te hago, realizo tal o cual obra, y Tú, a cambio, me das la salvación y con ella todos los bienes espirituales y materiales que te solicite. Para algunos, su motivación principal es el lucimiento ante los demás, para adquirir prestigio y fama de persona buena y desprendida, caritativa y solidaria, etc., y trascender las fronteras de espacio y tiempo, dándole, incluso su nombre a la obra. Obviamente ninguna de éstas podrá ser considerada una obra de Dios.

Si seguimos reflexionando acerca de esto, caeremos en la cuenta de que, quienes lo hacen con pureza de intención, pero no llevan una vida de relación estrecha con el Señor, por medio de la oración personal, la lectura y escucha de la Palabra de Dios, la participación sacramental, especialmente la Sagrada Eucaristía, difícilmente concretarán una obra que realmente sea la querida por Dios, para esa persona, en esa comunidad, en ese sitio y para los requerimientos y necesidades de los demás, sencillamente porque en realidad no conocen la voluntad de Dios al respecto, los planes del Señor para ellos, y aunque pueden realizar la obra más grande y espectacular, los frutos de la misma no serán los óptimos, en el sentido de su trascendencia.

Obviamente no negamos los beneficios de las acciones filantrópicas de muchos, ni dejamos de reconocerlas; sin embargo, el punto no es ya qué tanto bien se hace, sino si es el bien que el Señor quiere, con los resultados que Él quiere y puede suscitar, y no sólo los obtenidos humanamente, que por más buenos que sean, no dejarán de ser pobres en sí mismos, y empobrecidos debido a todo lo que se involucra en una obra en la que se ha mantenido a Dios al margen.

Es por ello que antes de emprender una obra de este tipo, todos debiéramos preguntarnos no tanto ¿qué he hecho y qué puedo hacer por Dios, o en nombre de Dios, por los demás?, sino ¿qué he dejado, y qué debo dejar que Dios haga por mí? ¿Lo he dejado transformar mi corazón, mis valores, mis intereses, mis intenciones, mis objetivos y metas, mis motivaciones profundas, o simplemente ni siquiera lo he dejado entrar en mi corazón y en mi vida?

No olvidemos que “nadie da lo que no tiene” y que “el árbol bueno da frutos buenos”. Y ¿quién dará mejor fruto: aquél que lo da por sí mismo, por más maravilloso que sea la persona humana, o aquél que es un instrumento del Creador y Señor de la tierra, de las raíces, el tallo, las ramas y los mismos frutos?

Pues bien, la clave de todo esto nos la da el mismo Jesús, en el Evangelio que hoy la Iglesia nos propone para reflexionar y poner en práctica. La gente le preguntó a Jesús: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?” Jesús respondió: “La obra de Dios consiste en que crean en Aquél que él ha enviado”.

Creer en Jesús, además de creer en su persona, su origen, su misión, consiste en escucharlo, creerle a Él y a su Palabra, confiar en Él, obedecerle sin condiciones y depender totalmente de Él.

Escuchemos a Jesús, creamos y creámosle, confiemos en Él,  obedezcámoslo y dependamos de Él, y “viendo nuestras obras la gente dará gloria al Padre” (Cfr. Mt 5, 16)


Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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