Jueves, 06 de Noviembre 2025
Suplementos | La obediencia a Dios es producto de la fe y la confianza a Él

Obedecer, para nuestro bien

Hoy por hoy la crisis que vive el mundo es una crisis de fe y de obediencia a Dios

Por: EL INFORMADOR

Dios creó al ser humano perfecto, de tal manera que, instalado en el Paraíso terrenal, le concedió una vida de felicidad plena, puesto que gozaba de la plenitud como tal, que tenía su origen en una relación íntima y amistosa con Él, gracias a lo cual tenía a su disposición --fruto de Su amor, Su bondad y Su gratitud-- todo un cúmulo de bienes que le permitían una vida, en lo material, verdaderamente abundante.

Sin embargo, bastó que el ser humano, haciendo uso del don de la libertad, desobedeciera  Dios, para que las cosas cambiaran para él, y drásticamente, al grado de perder esa relación estrecha con su Creador y, en consecuencia, tener que “ganar el pan con el sudor de su frente”, al haber sido expulsado de ese Paraíso.

Hoy por hoy la crisis que vive el mundo es una crisis de fe y de obediencia a Dios, nuestro Creador y nuestro dueño. Si los seres humanos creyéramos y obedeciéramos su plan de amor y salvación, nuestra realidad sería diametralmente opuesta. De ahí que la obediencia es una virtud indispensable para que el creyente y el mundo vivan realmente unidos a su Padre Dios.

Ahora bien, la obediencia a Dios es algo que a Él le agrada cuando la hacemos libre y voluntariamente. Y es por eso mismo que Él no nos va a obligar a obedecerlo y nos ha dado libre albedrío.

Él es soberano y le agrada que hagamos las cosas a su manera, sabiendo y creyendo que Él conoce todo y quiere lo mejor para nosotros. Y si Dios entregó a su hijo Jesús por nosotros (Cfr. Romanos 8:32), podemos estar seguros de que Él quiere lo mejor para nosotros y, por lo tanto, quien le obedece incondicionalmente actúa no sólo humilde, sino también sabiamente, ya que ello nos asegura recibir todas sus bendiciones.

La obediencia a Dios es producto de la fe y la confianza a Él. Cuando nuestra obediencia y nuestro sometimiento a Él no son totales, es que esa fe y esa confianza no son totales.

Ahora bien, la obediencia depende en parte de la paciencia (Cfr. 1 Pedro 3:20); muchas veces mientras esperamos que el Señor traiga las respuestas a nuestras peticiones, perdemos la paciencia y decidimos desconfiar y hasta renegar de Dios, llegando al extremo de no volver a buscar ni a hacer caso de Su voluntad, cosa que el Maligno aprovecha para alejarnos más de Él; por ello paciencia y perseverancia son indispensables, ya que, por lo demás, Dios, a través de estas situaciones, nos va perfeccionando y suscita en nosotros un crecimiento espiritual.

Así pues, la práctica de la paciencia hará crecer en nosotros la confianza en Dios y la capacidad de someternos a Él, así como el auténtico deseo de servirle. Sabemos que a su tiempo recibiremos recompensa por esto, si perseveramos (Cfr Gálatas 6:9), y que el Señor nos renueva día a día.

La obediencia a Dios es algo que desarrollamos a través de la práctica, y dicha práctica nos da el éxito. Jesús es el modelo por excelencia de obediencia al Padre. Él durante su vida no cesaba de proclamar la importancia de hacer sólo la voluntad de Dios, llegando a decir que su alimento consistía precisamente en hacer cumplir con esa voluntad (Cfr. Jn 4:34). La máxima expresión la tuvo cuando en el Huerto de los Olivos exclamó: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22:42).

Gracias a esa obediencia, a ese sometimiento y a esa confianza en Él, el Padre le concedió a Jesús la más grande victoria de su ministerio: triunfar sobre Satanás, sobre el pecado y sobre la muerte, y con ello obtener la salvación de la humanidad entera.

Así pues, si Jesús mismo, nuestro Salvador, Señor, Maestro, Amigo y Pastor, siendo Dios obedeció y se sometió al Padre hasta la muerte, cuanto más nosotros debemos hacer lo mismo, ya que somos sólo seres humanos.

El pasaje evangélico de hoy nos recalca la importancia que tiene para nuestra vida de fe, en aras de una vida de eterna felicidad, el obedecer a Dios, y el hacerlo por sobre todas las personas y cosas.

Recordemos que la verdadera fe no es aquella en la que sólo se cree en algo, sino en Alguien, en Jesucristo, quien nos enseñó que se trata de que, además de creer en Él, hemos de creerle a Él y a su Palabra, sus mandatos y sus consejos, así como confiar en Él, obedecerlo y llegar a depender totalmente de Él.

Finalmente, tengamos en cuenta que para ser auténticos cristianos, necesitamos que el Éspíritu Santo more y actúe en nosotros y, como lo señala el libro de los Hechos de los Apóstoles, “Dios envía el Espíritu Santo a los que le obedecen” (Cfr. Hech 5:32).

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx 

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