Viernes, 28 de Noviembre 2025
Suplementos | Pablo, el gran convertido, llega a Corinto el año 51. Después se va a Éfeso y cuatro o cinco años después les escribe una carta amplia

'Nos da la victoria por Cristo Señor nuestro'

Parece oportuno hacer un comentario no al Evangelio, sino a la segunda lectura de la Carta de San Pablo a los Corintios

Por: EL INFORMADOR

   En este sexto domingo del tiempo ordinario del año litúrgico, parece oportuno hacer un comentario no al Evangelio, sino a la segunda lectura de la Carta de San Pablo a los Corintios. El motivo es porque en estos domingos ordinarios que vienen desde la Epifanía hasta antes de la Cuaresma, la lectura ha sido de San Pablo a los Corintios y tiene un mensaje profundo y total.
     Pablo, el gran convertido, llega a Corinto el año 51. Después se va a Éfeso y cuatro o cinco años después les escribe una carta amplia, en 16 capítulos.      
     Aquí un breve comentario de los cuatro últimos. Primero predica el fundamento de la fe. Lo escuchan griegos y judíos. Los griegos, con el espíritu de su cultura, le piden sabiduría. Los judíos le piden milagros, pero él sólo predica a Cristo, y éste crucificado.
     En Corinto encontró Pablo vicios, errores, desviaciones, y los reprendió en los primeros capítulos, pero aquí ya es más bien el mensaje. Divididos, les dice que ya no hay distinción entre judíos y griegos, entre esclavos y libres, entre hombre y mujer, y quiere una comunidad nueva a la luz del evangelio que él predica.

El mismo Espíritu reparte
a cada uno como a él le parece

     Aquí ante todo pretende la unidad. Y para buscar la unidad les insiste: “Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro”. Fue entonces cuando expuso, en el capítulo doce, la bellísima teoría que ha persistido a través de los veinte siglos. En nuestro siglo XXI diríamos que Cristo es la cabeza y todos los bautizados son células, para nno decir miembros. Pero también se puede decir miembros, cada uno según su función. Y aquí es donde habla largamente de los carismas.
     Como San Pablo, con la luz del Espíritu Santo, se habla de que en la Iglesia tiene que haber diversidad en la unidad, unidad en la universidad. En el siglo actual se ve con más claridad, a cincuenta años del Concilio Vaticano II, la diversidad de caminos para encontrar la santidad, pero todos en la unidad. Se perciben también muchos movimientos, todos con el mismo Espíritu, pero conscientes de sus diversos carismas. San Pablo claramente dice que no todos son profetas, que no todos son predicadores, que no todos tienen el don de lenguas, que no todos tienen el don de coración; como diciendo, tal como Dios te hizo, por ahí tienes que encontrar tus propias cualidades, tus propias limitaciones, tus propias inclinaciones, y como esas servir.

El camino

     En el capítulo duodécimo San Pablo hace alarde de elocuencia y nos lanza a la máxima altura del cristianismo.
     Primero creer. La fe. Ya todos unidos en el mismo Espíritu, es porque todos han creído ya en que Cristo es el hijo de Dios, el Mesías esperado, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo; y han aceptado, unos y otros, que en Cristo está la salvación.

Pero, ¿cuál es la ley?

     La ley del cristianismo es sólo una. Cuando un fariseo le preguntó a Cristo que cuál era el mayor de todos los Mandamientos, el Señor le contestó: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas; éste es el primero y el mayor de todos, y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
     San Pablo, fiel discípulo, impregnado de la doctrina del Señor, llega a una conclusión: que hay muchos carismas, pero que el mayor de todos los dones es el amor. Vivir el amor es todo.
     Se podría hacer una comparación sencilla: Cuentan que una vez los árboles del bosque dijeron: “Basta ya de estar sujetos al sol. Vamos rebelándonos: vamos haciendo una huelga al sol: en el día vamos a suspender todas nuestras  actividades, las haremos de noche”. Y así lo intentaron, pero pronto comenzaron a marchitarse. Y un álamo orgulloso, alto, esbelto, era el que lanzaba sus ideas subversivas y engañaba a los demás. Pasó el tiempo y el álamo estaba convertido en esqueleto y todas las plantas estaban marchitas, caídas por el suelo. Entonces dijeron: “No. Basta ya de rebeliones y vamos de nuevo”, y a la luz del sol abrieron sus pétalos. Vinieron nuevas flores y vivieron alegres.
     Así San Pablo dice que en la ley, el mayor carisma es el amor. Por eso afirma: “Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tengo amor, soy como bronce que resuena o címbalo que retiñe”. Agrega: “Teniendo el don de la profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y toda la fe como para trasladar los montes, si no tengo amor, no soy nada. Y si repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo al fuego, y no tengo amor, de nada sirve”. Así con esa triple frase declara que el cristianismo es ante todo el amor. Y luego hace ese largo elogio que es el bellísimo himno del amor.

“Esto es lo que predicamos y esto
es lo que ustedes han creído”

     Ya están dos virtudes teologales en esta carta de San Pablo. La primera, la fe, la tercera el amor. Falta la segunda, la esperanza. “Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe no tuviera sentido. Traigo a la memoria, hermanos, el
Evangelio que les he predicado y que han recibido, en el que se mantienen firmes y por el cual ustedes son salvos, si lo retienen tal como yo lo anuncié, a no ser que hayan creído en vano”.
     “Y ¿cuál es la doctrina? La verdad que les he transmitido y que yo mismo he recibido, es que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Pedro, llamado Cefas, y luego a los doce”.
     El fundamento de la fe y de la esperanza es este hecho: “que Cristo murió por nuestros pecados”, según las Escrituras. “Que se apareció a Pedro, llamado Cefas, y luego a los doce”.
     Si todavía parece poco lo que dijo, da un testimonio mayor: “Después se apareció a más de quinientos hermanos, de los cuales muchos viven todavía, y otros ya murieron. Y se apareció a Santiago y a todos los apóstoles. Pero quería un testimonio personal con entusiasmo: “Y después de todos como un aborto se me apareció también a mí, porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguía a laIglesia de Dios. Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me confirió no me hace destello”.
     Entonces Pablo expone claramente la clave del cristianismo: “Si Cristo no resucitó, nuestra fe no tiene sentido”. Así de seguro está Pablo de que Cristo resucitó.
     La vida de Pablo fue entregada treinta años a recorrer todos los caminos en torno al Mediterráneo predicando; cinco veces recibió treinta y nueve azotes por parte de los judíos; tres veces fue apaleado; una vez fue apedreado hasta dejarlo cubierto de piedras, como muerto; tres veces naufragó y una vez pasó toda una noche y un día en el mar asido en un madero flotando para no perecer; supo de cárceles, de hambre, de sed, de desnudez, de persecución, de traiciones, de falsos amigos, de todo, y termina diciendo: “¿Pero quién puede apartarme del amor de Cristo?”.
     Esa fe tan fuerte en Cristo resucitado se atreve a ponerla como un desafío o como un dilema: si resucitó o no resucitó. “Si no resucitó, vana es nuestra fe, y somos los más miserables, los más dignos de lástima, porque hemos estado creyendo en una falsedad. Pero si resucitó, entonces los muertos resucitan; entonces nosotros resucitaremos con él”.
     Y dice una frase llena de esperanza: “Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial”. Y por eso asienta que el cristiano tiene que vivir la fe en Cristo, tiene que vivir el amor a Dios y al prójimo, y tiene que vivir en la esperanza de esa transformación del hombre trerremo al hombre celestial”.

Pbro. José R. Ramírez    
   

     

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