Martes, 21 de Mayo 2024
Suplementos | No han pasado ni un mes en Guadalajara, pero estos malabaristas ya tienen una historia

'Nada más andamos de paso…'

No ha pasado ni un mes y estos dos malabaristas ya tienen una historia que contar sobre la capital tapatía

Por: EL INFORMADOR

En este oficio, Luis dice que no hay días de trabajo, pues el día que no salen a trabajar, simplemente no tienen como existir.  /

En este oficio, Luis dice que no hay días de trabajo, pues el día que no salen a trabajar, simplemente no tienen como existir. /

GUADALAJARA, JALISCO (12/ENE/2014).- Miguel y Luis recién llegaron a Guadalajara. No ha pasado ni un mes y estos dos malabaristas ya tienen una historia que contar sobre la capital tapatía: aquí, a dos semanas de instalarse en los cruceros, ambos jóvenes vieron cómo un extraño robaba su monociclo en el asfalto de la Avenida 18 de marzo.
De la sonrisa chapeada en sus rostros disfrazados de payasito nada quedó. Miguel y Luis corrieron hasta que la pintura comenzó a correrse por las mejillas coloradas, pues ante la falta de aliento y las piernas entumidas, los malabaristas optaron por abordar el taxi, que además de cobrarles la ganancia que llevaban del día, jamás pudo alcanzar al ladronzuelo que desapareció entre el sofocante tráfico del Sur de la ciudad.

“¡Pos’ ya qué!”, exclama Luis Hernández, quien fuera dueño del monociclo que desde hace cuatro años lo acompañaba por su improvisada gira en el país junto a Miguel Ángel Sánchez, luego de que, por caprichos de la vida, tuvieran que dejar trunca su preparación escolar en su natal Puebla, de donde salieron a probar suerte en el arte circense de las calles.

Ambos malabaristas, con rostro de payaso, son amigos desde hace ocho años. Miguel de 24 quedó en la secundaria, y Luis de 27, hasta segundo de prepa llegó, y aunque se lamentan de ello, dicen firmes que la necesidad económica de la familia fue más grande y uno de los principales motivos para iniciarse en las jornadas laborales desde la adolescencia.

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A la calle también llegaron por cuenta propia. Un amigo de Luis fue quien hizo la invitación a sumarse en la selva urbana para convertirse en maestros del equilibrio y la resistencia al Sol. Ahora recorren las calles de Guadalajara y ya conocen, más o menos, aquellos cruceros en los que la bondad de los paseantes y automovilistas les da para comer y vivir al día. Cruces como López Mateos, Lázaro Cárdenas, 18 de Marzo, Federalismo y Circunvalación son su áreas habituales de trabajo.

En este oficio, Luis dice que no hay días de trabajo, pues el día que no salen a trabajar, simplemente no tienen como existir. Cuando les va bien, 300 pesos son repartidos a cifras iguales entre los dos. Cuando les va mal, son 50 pesos los que se llevan al bolsillo por individual. Y es que la gracia que tienen entre malabar y malabar hace que los detenidos ante la luz roja del semáforo les externen monedas que después son cambiadas en billetes en algunas tienda cercana.

Aunque no falta quién les haga mala cara y les dé el ventanazo al subir los vidrios del coche, Miguel dice que ya se acostumbraron: “Hay gente que sí nos da algo, otros nos hace el feo, pero nunca nos han dicho nada. Nosotros no le faltamos el respeto a la gente. El que quiera cooperar, pues que coopere”.

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Luis se trepa al monociclo y se transforma en un faquir del aire. Su delgado cuerpo marca una sombra en el negro resplandor de la Calzada Independencia y Avenida Revolución. Entre el tambaleante chillido de la llanta que lo sostiene, los malabares comienzan con las clavas que apenas rozan sus dedos y son devueltas a Miguel, que con las piernas un tanto flexionadas intenta recuperar las piezas viajantes a los casos dos metros de donde está su compañero.

Es medio día y apenas es el primer tercio de la jornada, pues durante la tarde y el anochecer las pelotas fluorescentes también se pasean por los aires tapatíos entre los malabares de los jóvenes poblanos. Miguel dice que no saben por cuánto tiempo Guadalajara será su escenario, ni si otro abusado les arrebatará sus herramientas de trabajo.

Por el momento, el par de payasitos no pierden oportunidad de lanzar uno que otro piropo a las muchachas de la ciudad, pues el dictamen al que han llegado es que las mujeres de aquí “Están bien chulas. Ahorita todavía no hemos conocido a nadie porque tenemos poco tiempo, pero que sepan todas que andamos solteros. Nada más por un rato porque andamos de paso”.

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