Sábado, 01 de Noviembre 2025
Suplementos | Por Sergio Oliveira

Motor de arranque

Consumir menos es una cuestión de educación. Y este es el problema

Por: EL INFORMADOR

Desde que el mundo se convenció que los autos son el mayor enemigo en la lucha contra la contaminación, lo que, dígase de paso, está muy lejos de ser la verdad, las marcas fabricantes de automóviles buscan una forma de que el consumidor acepte que su propuesta es la mejor y la correcta para “salvar el planeta”. A muy largo plazo, es posible que una nueva tecnología pruebe ser la mejor, pero mientras esto no ocurre, el hecho es que todo está en nuestras manos y buena parte de la culpa se debe a nuestra forma de conducir.

La creencia generalizada es que un motor de cuatro cilindros consume menos que uno de seis, que a su vez gasta menos que uno de ocho y éste, claro, necesita menos gasolina que uno de 12 cilindros. A pesar de que esto, en teoría, es correcto, en la práctica muchas veces se distorsiona debido al peso de nuestro pie derecho.

Alguien que tiene un motor V6, por ejemplo, que conduce con relativa suavidad en la ciudad, puede hacer un cambio por un auto con máquina de cuatro cilindros, buscando un mejor rendimiento de combustible. Sin embargo, es probable que al tomar el menos poderoso —de nuevo, en teoría— motor, pise más fuerte el acelerador para lograr el desempeño al que estaba acostumbrado con el vehículo anterior. Lo más probable es que el nuevo modelo termine gastando tanta gasolina como el anterior, o hasta más.

Por esto, los vehículos híbridos no son la panacea que muchos piensan que son.  Recuerdo un episodio del programa británico Top Gear, en el que ellos pudieron en un autódromo, un Toyota Prius y un BMW M3. El Prius, con un motor eléctrico y otro de gasolina, cuya suma de potencia apenas llega a los 110 caballos de fuerza, debía andar tan rápido como le fuera posible. El BMW M3, con un motor V8 de 4.0 litros y 410 caballos de fuerza, sólo tenía que seguir el Prius. Como para el auto alemán no era ninguna tarea complicada pisarle los talones al pequeño japonés, el resultado final fue que el consumo del híbrido más conocido del mundo, admirado por estrellas de Hollywood y usado como bandera de los defensores del planeta, gastó más gasolina que el políticamente incorrecto M3, diseñado para los que quieren divertirse en un auto.

Hasta hace poco, tuvimos una Honda Ridgeline para prueba de mediano plazo. En las primeras semanas, la usamos como la usa cualquiera, es decir, pisando fuerte el acelerador, arrancando en cada semáforo como si el objetivo de la vida fuera llegar antes que nadie a la siguiente luz roja. El promedio de velocidad que tuvimos entonces fue de 4.9 kilómetros por litro. Para el motor V6 de la Ridgeline, resulta casi un insulto ese consumo, muy similar o hasta peor, que el de algunas camionetas con dos cilindros más bajo su cofre.

Empero, en las últimas semanas, buscamos jugar a la economía. Acelerábamos con moderación. Evitábamos frenadas bruscas. Quitábamos el pie del acelerador cuando nos dábamos cuenta de que llegaríamos al próximo semáforo con el impulso que ya traíamos. El resultado fue que el consumo de la Ridgeline llegó a muy buenos 6.3 kilómetros por litro. De hecho, por un par de días, el promedio llegó a ser de 7.2 kilómetros por litro, un número normal para un auto familiar de cuatro cilindros y excelente para una pesada pickup de doble cabina.

Es cierto que hay de motores a motores. Así como hay máquinas de ocho cilindros modernas y de bajo consumo, hay otras de cuatro que gastan demasiado. Un ejemplo de esto último es la Acura RDX, cuya máquina turbo de cuatro cilindros consume más que muchos V8.

Pero lo cierto es que la cifra de consumo depende, en la mayoría de los casos, más de nosotros que de los autos. Conducir con delicadeza ayuda a gasta menos gasolina y dinero, obviamente, además de que ayudará a disminuir las cifras de accidentes viales. El detalle es que para llegar a eso, necesitamos educarnos. Y como diría Cantinflas, ahí esté el detalle. No me refiero sólo a México, sino a la raza humana en general. Para lograr esto, hay que ponernos trabas, obstáculos para que andemos más despacio. Todos, empero, deben pasar por nuestra cartera y por nuestro permiso de conducir o no. Los topes, por ejemplo, y ya lo he dicho antes, son una aberración que ayuda a gasta más gasolina que ahorrarla.

Así, o encontramos rápidamente la fórmula para hacer viable económicamente usar el hidrógeno como combustible, o desarrollamos tecnología para que los autos se conduzcan a sí mismos, ante nuestra comprobada ineptitud para hacerlo. Esto sería una solución, pero también sería una pena.

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