Sábado, 01 de Noviembre 2025
Suplementos | “Vive el día de hoy como si fuera el último de tu vida”

Morir para vivir

Pocas personas que viven plenamente conscientes de que hemos de morir algún día

Por: EL INFORMADOR

El pasaje evangélico de hoy me hizo recordar una frase que frecuentemente me repetía mi abuelita, la cual rezaba más o menos así: “Vive el día de hoy como si fuera el último de tu vida”. Una frase que, debo confesar, dado que en ese entonces yo era un niño, no tenía la capacidad para comprender el valor y la trascendencia de la misma, como lo hago hoy, máxime que a esa edad no hay quien piense en serio en la muerte, y si lo hace, seguramente lo hará con miedo, intriga o tal vez curiosidad.

     Por otro lado, existen también una serie de frases de la sabiduría popular que, a manera de paradojas, se refieren al asunto; he aquí un par de ellas: “Lo más seguro de la vida es la muerte”; “hemos nacido para morir”. Éstas reflejan una realidad incontrovertible: todos hemos de morir algún día; nadie está exento de enfrentar esa realidad en algún momento de su historia.

     Lo que llama la atención es sin duda, el escaso número de personas que viven plenamente conscientes de ello, y que por lo tanto, viven de manera incongruente. Muchos saben y aceptan que llegará ese momento, pero no creen que pronto les toque a ellos. Por y ante ello, suelen pasar su vida despreocupados, y sobre todo de lo que viene después, que los que tenemos fe sabemos que en mucho dependerá justamente de lo que hagamos en nuestra vida actual; de manera que un buen número de ellos prácticamente sobrevive, ya que su existencia no tiene una meta, objetivos, plan de vida; viven al garete, al “ahí se va”, terminando la suya como algo inútil e intranscendente.

     Otros más, sin una visión de eternidad, dedican su tiempo y su esfuerzo a atesorar bienes terrenales, sin importarles si abusan de los demás, si actúan injustamente, si pisotean la dignidad de los semejantes, ya que su filosofía es nada menos que la de Maquiavelo: “el fin justifica los medios”, y ello los hace caer en vicios que se arraigan profundamente en su ser y difícilmente se liberan de ellos por sí mismos o aun con la ayuda de otros seres humanos.

     Envidia, avaricia, egoísmo acendrado se apoderan de ellos de forma tal, que se ciegan por completo ante las realidades trascendentes, y aún más, ante realidades cercanas a ellos, a su vida, como sucede a tantos hermanos que viven en la miseria, que pasan hambre, que están desempleados y sufren otras desgracias humanas. Lógicamente, con dificultad se van a poner a reflexionar acerca de su vida limitada y finita, la que en cualquier momento terminará y tendrán que rendir cuentas ante el Creador.

     Numerosas personas más en las mismas circunstancias, optan por hacer del placer, el poder, la fama, unos verdaderos ídolos a los que, llenos de soberbia y autosuficiencia, no sólo veneran, sino que central su subsistencia en ellos, de forma tal que cuando se desmoronan, su vida se desmorona con ellos y llegan a caer en la locura, en la locura, en graves enfermedades, en la repudiadamente y hasta en el suicidio; aunque afirman los conocedores que. al suicidarse, en realidad lo que buscan no es la muerte, sino una vida mejor o diferente.

     Al escribir esta reflexión vino a mi mente el recuerdo de una conferencia, que aun sin recordar el tema de la misma, sí me quedó grabada una idea en ella expuesta que decía más o menos así: “Es necesario que aprendamos a morir cada día de nuestra vida, para que cuando llegue el momento, podamos hacerlo con esperanza, confianza y dignidad, y no en la lastimosa, desesperada e indigna de un hijo de Dios, que muchos experimentan”.        

     Concepto que me pareció muy sabio y atinado, el cual me ha servido mucho, a tal grado que, en la puesta en práctica cotidiana, ha contribuido --en el marco de mi vivencia con Dios, de una vida que camina y lucha inmersa en la fe, la esperanza y el amor-- a cambiar radicalmente el concepto y mi manera de afrontar y valorar el misterio de la muerte.

     Y, ¿cómo aprender a morir día con día? Es sencillo, aunque no fácil, y el mismo Jesús nos lo dice: “Muriendo --es decir, renunciando-- a nosotros mismos; a nuestro egoísmo; a nuestra soberbia, orgullo y autosuficiencia; a nuestra sensualidad, comodinismo y búsqueda desaforada del placer; a nuestros criterios humanos materialistas y muchas veces contrarios a los de Dios. Y como segundo paso: tomar su cruz y seguirlo.

     Eso es estar preparados, ante la cruda realidad de que no sabemos ni el día ni la hora en los que habremos de ver a Dios cara a cara, para escuchar su sentencia, que puede ser: “Vengan, benditos de mi Padre, a gozar...”, o bien: “Vayan malditos al fuego eterno...”.

     Que el hecho de que algún día hemos de morir, lejos de ponernos tristes, pesimistas o en rebeldía, suscite en nosotros una esperanza firme en Aquel que dio su vida para que nosotros pudiéramos gozar --una  vez terminada nuestra misión en este mundo-- de la herencia eterna; y eso lo tendremos si, como lo dijimos, le obedecemos y vivimos preparados.      

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx   

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