Domingo, 19 de Mayo 2024
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Morena: ¿Qué pasará con la izquierda en México?

La izquierda mexicana se enfrenta a una de sus coyunturas más críticas: cuatro partidos nacionales se disputarán el pastel electoral ''progresista'' en 2015. Un pastel que en elecciones intermedias nunca ha superados 25 por ciento

Por: EL INFORMADOR

Lo que podemos asegurar es que López Obrador va a estar en la boleta electoral en 2018 como candidato a la Presidencia.  /

Lo que podemos asegurar es que López Obrador va a estar en la boleta electoral en 2018 como candidato a la Presidencia. /

GUADALAJARA, JALISCO (02/FEB/2014).- México y Colombia, por distintas razones, son los únicos países latinoamericanos donde la izquierda partidista no ha llegado al poder nacional. Y en México, una de las explicaciones más socorridas para tratar de entender este fenómeno, atípico a nivel regional, es la dispersión y división partidistas que caracteriza a la izquierda en México. Y aunque hay explicaciones que van desde la posición geopolítica de México en la guerra fría hasta la estructuración del sistema de partidos, o incluso a esa indefinición ideológica que caracterizó al régimen de partido único en México (era de izquierda en algunos lados y de derecha en otros), sin embargo lo que queda claro tras el análisis del voto y la cultura política en México, es que la izquierda tiene un campo más reducido que la derecha para seducir electores.

Sólo basta con revisar los datos que se desprenden de la Encuesta Nacional de Cultura Política (ENCUP) para darnos cuenta que solamente 15% de los mexicanos se identifican con la “izquierda” como ideología política. Y si a eso le añadimos que según un estudio realizado por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), solamente 30% de los mexicanos se definen como partidistas, es decir que tienen una identificación partidista reconocida, y que solamente la cuarta parte (en 2006 en el momento de máximo apogeo) se dicen simpatizantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), estamos hablando de que existen condiciones de resistencia en la opinión pública a una opción de izquierda.

Un partido a imagen y semejanza

Y a pesar de estas condiciones estructurales, Andrés Manuel López Obrador ha decidido fundar el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) para rivalizar precisamente en ese segmento de mercado electoral con el PRD, el Partido del Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC). Un partido que por lo pronto no conocemos mucho, simplemente que es un partido hecho a imagen y semejanza de Andrés Manuel. Un partido semi-descentralizado, formado por asambleas y comités de bases, y con una estructura que se asemeja más a la formación de los primeros partidos políticos latinoamericanos de izquierda a mediados del siglo pasado, que a la estructuración moderna de estos.

Es un partido que vive y respira de la imagen del ex jefe de Gobierno del Distrito Federal (DF), no hay personajes que ensombrezcan su brillo y protagonismo. Es un partido que “oficialmente ha desparecido” las corrientes internas, aunque eso sea tanto como buscar eliminar por decreto la Ley de la Gravedad. Las corrientes son inherentes no sólo al sistema de partidos, sino a la vida misma en sociedad. Sin embargo, en Morena hay una idea de “voluntad general” que tanto marcó al jacobinismo francés del siglo XVIII y que tanto influyó a los opositores a la democracia liberal en México durante buena parte del siglo XIX. Como si hubiera una verdad ahí, histórica, social y política, y que encarna López Obrador y su proyecto.

Ideológicamente, Morena es un partido que no se distancia de la herencia nacionalista-revolucionaria que tanto ha alejado a la izquierda de las “causas liberales”. Es más cercano al cardenismo que a la socialdemocracia, más próximo al estatismo conservador que a los regímenes de centro-izquierda latinoamericanos (Brasil, Chile, Uruguay). En los estatutos del partido no existen ninguna referencia a la palabra Izquierda y solamente una referencia al progresismo como motor político.

La palabra más repetida es “corrupción”. Como imagen fiel del pensamiento de López Obrador, Morena cree que el problema de México no es otro que la corrupción. No es necesario reformas, ni transformaciones, lo único que requiere el país es una “regeneración moral”. Es el discurso “populista” del que tanto habla el sociólogo, lingüista y filósofo argentino Ernesto Laclau, esa división de la sociedad en dos tan característico del discurso lópezobradorista: los de abajo —los buenos— el pueblo contra la élite corrupta del poder, una alianza de políticos corruptos, empresarios voraces y periodistas vendidos. Incluso, el artículo tres de los estatutos señala que los “protagonistas del cambio verdadero” (como llama a los militantes de Morena) tienen prohibido moverse por ambiciones de dinero, ni poder, ni beneficios propios. Las instituciones importan poco, el “verdadero cambio” es que lleguen el pueblo (encarnado por Morena) y se vayan los corruptos —la alianza PRIAN y algunos del PRD que aceptaron el Pacto por México (por supuesto, en los estatutos está explícitamente prohibido pactar con cualquiera de estos partidos)—.

Hasta aquí nada sorprendente. Morena no deja de ser, hasta el día de hoy, un partido atado a su líder. Nada distinto a lo que fue la construcción del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), la Alianza País de Rafael Correa o muchos de los partidos políticos que han nacido de la pulverización del sistema de partido en muchos países de América Latina. Sin embargo, Morena tiene una especificidad que no podemos obviar, es una forma de imbricación de las dos fortalezas del líder: su habilidad en la calle y su eficacia en la política electoral. Es una estructura intermedia entre las burocracias partidistas de segunda mitad del siglo XX y los movimientos sociales flexibles y que actúan al margen de las instituciones.

Esa “semilealtad” de la habla el politólogo español Juan Linz, por un lado López Obrador entiende que para competir con otros partidos políticos hay que entrarle de lleno a recibir financiamiento público y todas las garantías de competitividad que brinda la ley, y por el otro sustentar el discurso en la ilegitimidad del poder y en la corrupción que envuelve a la élite del poder.

¿Cómo afecta al PRD?


Los resultados electorales no mienten. Una revisión a los resultados de las elecciones intermedias desde que se fundó el PRD deja en claro que la izquierda tiene muchas dificultades cuando no puede sustentar su campaña en la imagen de un “caudillo”. En 1991, tres años después de la famosa “caída del sistema”, el PRD logró el 7.91% de los votos, mientras que el PRI se llevó 58% y la mayoría absoluta para Carlos Salinas de Gortari en el Congreso. En 1997, la elección del DF que se llevó el PRD con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato ayudó a que el PRD cosechara más de 25 puntos porcentuales y se quedara con la jefatura de Gobierno del DF. En 2003, el PRD logró poco más de 17 puntos y en 2009 la debacle fue caer a 12% después de haber tenido una elección por encima de los 35 puntos porcentuales en 2006. Y aún añadiéndole al PT y a MC (recordar que López Obrador, en esa elección, hizo campaña por esos dos partidos), la cifra no llega ni a los 20 puntos. Es decir, en elección intermedia la izquierda suele tener muchos problemas primero para ir unida y segundo para cohesionar a su electorado.  
Para el PRD, Morena plantea un reto.

En primer lugar, cómo construir un discurso opositor, pero que no caiga en la clausura del diálogo que tanto le funciona a López Obrador. Cómo equilibrar esas dos pistas: por un lado la construcción de una agenda crítica de Peña Nieto y por el otro tener la posibilidad del diálogo y el acuerdo. Las izquierdas europeas que lograron alcanzar el poder se explican en gran medida por la adopción de una línea moderada, un enfoque pragmático de negociación y un acercamiento a posiciones centristas. Ahí tenemos la ruptura entre los viejos comunistas españoles, ahora bajo las siglas de Izquierda Unida (IU), y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que pragmáticamente conducía Felipe González. La izquierda vive de rupturas, recomposiciones y alianzas, sobre todo desde su aceptación plena del régimen democrático liberal.

Así, por el otro lado, dejar que florezca una nueva corriente socialdemócrata que no está peleada con el mercado, que identifica un papel importante del estado en la economía, apuesta por los impuestos para la construcción de una red vigorosa de seguridad social y le entra decididamente a los temas liberales (aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, legalización drogas), es fundamental para expandir el blanco electoral del PRD. Una posible agenda construida entre los “Chuchos”, que dominan el partido; Miguel Mancera y su fuerza desde el DF y Marcelo Ebrard, que sigue gozando de buena aprobación a nivel nacional, es la única forma de afrontar el desafío de Morena. Una alianza así puede minimizar la posible salida de militantes inconformes rumbo al proyecto de López Obrador y asegura a una izquierda más cercana al centro y con un proyecto de país que trascienda la corrupción o el petróleo como patrimonio nacional.

En el caso de MC y el PT, todo parece indicar que comenzarán a flotar en la órbita de Morena y López Obrador. Son dos partidos franquicia que históricamente han necesitado ese oxígeno para seguir de  pie, ya sea subordinando toda la agenda del partido a la popularidad e imagen de López Obrador, o como ocurrió en el salinismo con el PT, a Los Pinos y al PRI. Así, se puede percibir una tendencia cada vez más marcada a una división de la izquierda en dos grandes polos: uno encabezado por el PRD con un proyecto más pragmático, moderado y liberal, frente a un proyecto más nacionalista revolucionario y radical de López Obrador.
Las elecciones intermedias suelen ser coyunturas no muy favorables para la izquierda.

Las encuestas, como las publicadas por BGC-Ulises Beltrán o incluso por Parametría, muestran que el PRD sigue siendo la marca de izquierda más atractiva en el electorado. Sin embargo, en un escenario de Pacto por México donde se difuminaron posiciones, intereses y contrapesos en muchos temas, es un escenario ideal para que López Obrador busque una elección dicotómica y se asuma como el jefe de la “verdadera oposición”.

El electorado que simpatiza con López Obrador es el mismo que la última elección: clase media progresista, ubicada en la Ciudad de México y el Sur del país, jóvenes y con alto nivel de estudio. Lo que podemos asegurar es que López Obrador va a estar en la boleta electoral en 2018 como candidato a la Presidencia, aunque muchas de sus posibilidad de ser realmente competitivo y convertir a Morena en el centro de gravedad de la izquierda desplazando al PRD, se juegan en la elección intermedia del próximo año.

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