Suplementos | El hecho de hablar o escribir de nuestra madre María es, en verdad, inagotable María del Adviento En la liturgia ella aparece en varios momentos, como es el caso del Evangelio de este domingo Por: EL INFORMADOR 23 de diciembre de 2011 - 07:38 hs Sin duda uno de los principales personales protagónicos de este tiempo de Adviento, es la Santísima Virgen María, madre de Jesús y madre de los hermanos de Jesús. O sea todos los que reconocen y aceptan a Jesús como tal, porque creen que por los méritos de su obra redentora, dejamos de ser tan sólo creaturas del Dios creador, para ser Hijos en el hijo; es decir, hijos adoptivos de ese mismo Dios que es un Padre bondadoso y misericordioso, que así lo quiso, al igual que fue su deseo que Jesús, desde la cruz, nos diera a María como madre. Y es María esa protagonista esencial de este proceso de espera y preparación, en primer lugar y obviamente, porque sin el concurso de ella no hubiera habido habido encarnación, ni embarazo, ni espera, ni alumbramiento, ni nacimiento del Salvador, pues Él mismo obró --por medio de su Espíritu-- ese gran milagro, habiendo pedido su consentimiento a María, pues, al igual que con ella, Él siempre respeta nuestra libertad y nunca la ha violentado para imponer su voluntad, su plan. En segundo lugar, porque en la liturgia ella aparece en varios momentos, como es el caso del Evangelio de este domingo: la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción y --como un regalo especial para nuestro país y toda América-- la conmemoración de su permanente presencia en la tilma de Juan Diego en el Tepeyac, trayéndonos a Jesús en su seno, anunciando su próximo nacimiento, ya no tanto en el pesebre de Belén, sino en los corazones que sinceramente lo quieran recibir. El hecho de hablar o escribir de nuestra madre María es, en verdad, inagotable. Cuántos y cuántos tratados, libros, sermones,etc., acerca de tan singular mujer y discípula se han publicado. Y seguramente seguirán multiplicándose, pues la vida de fe es dinámica y evolutiva, y siempre María iluminará y envolverá con su manto las realidades cambiantes en los corazones de sus hijos y en el mundo que ellos habitan. Hoy queremos invitarlos a centrar nuestra atención en tres virtudes esenciales que distinguieron a María, y que de alguna forma se muestran en el paisaje evangélico que la Iglesia nos propone en este cuarto domingo de Adviento: la humildad, la sencillez y la obediencia, mismas que, con otras virtudes, son indispensables en el camino a la santidad, vocación a la que todos los bautizados estamos destinados. La humildad --que no es otra cosa que reconocer la verdad acerca de nosotros mismos-- viene de la palabra “humus”, que significa polvo, y nos recuerda la consigna bíblica de que “somos polvo y en polvo nos convertiremos”, lo que aduce a la transitoriedad y fugacidad de nuestra existencia, y que vivirla si Dios es intrascendente. María humildemente lo reconoce al expresar: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí lo que has dicho”. Con ello reconocía su condición de sierva, pequeña, débil, frágil, ante su Señor todopoderoso, quien al colmarla de Su Espíritu obraría en ella el milagro más grande y más sublime de la Historia de la Salvación: la Encarnación de su Hijo. La sencillez, la que habla de una persona diáfana, transparente, sincera, espontánea, limpia interiormente, sin dobleces, de una sola cara; acostumbrada a decir sí cuando es sí, y no cuando es no, en la cual no existe ni un atisbo de mentira ni de hipocresía, siempre abierta para dejar entrar a Dios en su corazón. Y finalmente, la virtud de la obediencia, que es, en cierta forma, consecuencia de las anteriores, ya que el significado tiene su origen en “escuchar” y “hacer en consecuencia”. La obediencia de María fue incondicional; si preguntó algo cuando el ángel Gabriel le anunciaba la gran noticia, y ella en su sencillez inquiría el cómo sería, a partir de ese momento “guardaba siempre todo en su corazón”. Así pues, su gran amor a Dios, su enorme deseo de ser madre del Mesías, y esas y otras virtudes y atributos y su ser inmaculado, le ganaron el ser grata a los ojos de Dios, ser la elegida para ser la madre de su Hijo y el llegar a ser la mujer santísima por excelencia. Pues bien, todos estamos llamados a esa santidad; el Espíritu Santo nos da los medios para alcanzarla, como son las virtudes, los sacramentos, etc. Practicarlos, especialmente en tiempos de gracia como lo es el Adviento, nos dispondrá como a María para que Jesús nazca en nosotros, y con Él nazca el hombre nuevo o la mujer nueva en cada uno de aquellos que lo acepten. Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj@yahoo.com.mx Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones