Miércoles, 24 de Diciembre 2025
Suplementos | por: érika zepeda montañez

Los libros y la democracia cultural

Érase una vez un lector...

Por: EL INFORMADOR

En un intento por hablar de poesía ante un grupo de niños de sexto grado, se me ocurrió tratar el tema de la obra y vida del príncipe poeta: Nezahualcóyotl.

En los primeros momentos los niños quedaron muy impresionados con la vida de este personaje, que solo les era familiar por aparecer en los billetes de 100 pesos; pero en el momento de pasar a la poesía y trabajar con los textos, un niño se acercó a mí para preguntar: “¿Separo las palabras en sílabas?  ¿Recorto los verbos, adjetivos o sustantivos y los pego en mi cuaderno de español?”. Me quedé con la boca abierta y al fin logré decir: “¿Por qué no intentas con una primera lectura y hablamos sobre el texto?”, el niño se quedó con la misma cara de interrogación que la mía, y estoy segura que pensó: “¿Leer? ¿Y en qué momento haremos algo práctico con el cuaderno?”.

Retrocedamos algunos miles de años antes de esta escena.

La capacidad de leer y escribir (dejemos por un momento la lectura de comprensión y análisis) ha sido históricamente reservada a las minorías. Desde la antigüedad (Babilonia o Egipto), solo los escribas ejercían actividades relacionadas con la palabra escrita; tales como transcribir actividades comerciales, redacciones de carácter jurídico y además llevar el registro de los sucesos históricos por orden de gobernantes, nobles, reyes o las autoridades religiosas. Mucho tiempo después, durante la Edad Media, los monjes copistas escribían los textos para luego decorarlos y conservarlos para ciertos privilegiados.
No hace muchos años existían en nuestra propia Guadalajara los escribientes o evangelistas, instalados en diversos puntos de la ciudad (especialmente parques y plazas) y dedicados a realizar los textos (primero a mano y luego utilizando máquinas de escribir a partir de finales del siglo XIX) que sus clientes no podían realizar; por ejemplo, cartas dirigidas a parientes o amigos.

A partir de las revoluciones políticas y sociales del siglo XX, diversas naciones han iniciado un proceso que en otras épocas hubiera sido calificado como herejía: la creación de una población lectora. En un intento de “democracia cultural”, lo que tradicionalmente (por razones sociales y económicas) fue reservado a ciertas clases sociales, ahora es destinado a toda la población.

¿Además de la alfabetización, qué se ha hecho para lograrlo? Publicidad realizada por instituciones públicas, con frases estereotipadas como: “La lectura es la puerta a la imaginación”, “Viaja a través de las palabras” o “Abre un libro y conoce el mundo”. Ya saben, carteles con pilas de libros que mueven sus pastas como alas y están a punto de salir volando, palabras flotando y puertas de luz que se abren ante la oscuridad.

¿Esta publicidad ha funcionado? Tan fácil como cambiar de canal.
Otros caminos más factibles son: Iniciar programas culturales, convocatorias literarias, bibliotecas públicas y escolares, talleres literarios, ferias del libro y diversas actividades en escuelas y aulas de clases.

Es ahí donde los maestros y padres de familia tienen la gran oportunidad de formar lectores a través de algunos incentivos: concursos, premiaciones, lecturas en público, escritura de cuentos o poesía, y otras herramientas como el teatro, cuenta cuentos o cine. Pero esta oportunidad desaparece (en la mayoría de las escuelas públicas) ante el gran número de alumnos por salón (en una escuela de nuestra ciudad puede haber hasta 50 niños en una clase).

De esta forma, los maestros utilizan los momentos dedicados a la literatura como oportunidades para explicar las categorías gramaticales o la sintaxis. Así que los niños se llevan a casa la tarea de leer cierto texto del libro escolar, escribir un resumen, sacar fechas y lugares, definir géneros, corrientes, narradores o personajes. Al terminar todo esto, queda muy poca energía y ganas de realizar una lectura por placer, actividad que se queda para un eterno “después” y que se esfuma al terminar el año escolar.

Este proceso de “democracia cultural” no se realizará de la noche a la mañana, durará muchos años, tal vez décadas, ya que los maestros no solo luchan con la población escolar y la competencia de la televisión, sino con una tradición arraigada desde hace cientos de años.
Las palabras, esos entes escurridizos y fascinantes, habían sido exclusivas para unos pocos, hoy son para todos.


A partir de las revoluciones sociales del siglo XX, diversas naciones han iniciado un proceso que en otras épocas hubiera sido calificado como herejía: la creación de una población lectora. En un intento de “democracia cultural”, lo que tradicionalmente (por razones sociales y económicas) ha sido reservado a ciertas clases sociales, ahora es destinado (y a veces amargamente impuesto) a toda la población.

Tapatío

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