Martes, 14 de Octubre 2025
Suplementos | 2: El amor a Dios

Los elementos de la espiritualidad:

Jesús nos enseña que el tesoro en el cielo consiste en amar

Por: EL INFORMADOR

      La primera exigencia de la vida cristiana es amar a Dios sobre todas las cosas. Esto significa que la vida cristiana es una vida de amor, una existencia proyectada hacia afuera, interesada y enraizada en el Otro que es Dios, y se genera por las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Bajo la caridad el hombre desarrolla un amor de entrega por Él que sale de sí, desea únicamente el bien del amado, se somete y obedece. Por la esperanza se desarrolla un amor de apropiación, por el que desea servirse de alguien, de atraerlo hacia sí. Cuando este amor madura, se purifica para hacer que la persona humana espere menos los dones de Dios --seguridades, consuelos, éxitos, etc.-- y más el don de Dios mismo.

     Jesús nos enseña que en esto consiste el tesoro en el cielo como recompensa de nuestra entrega (Mt 6, 19-21; Lc 12, 32-34), mientras que la esperanza cristiana nos enseña que ese tesoro en el cielo no es otro que la unión con Dios mismo, el objeto del amor cristiano. Así, estos dos aspectos del amor convergen hacia la realidad de Dios: deseamos poseer a Dios tanto como deseamos entregarnos a Él.

     Benedicto XVI nos dice que la esperanza y la caridad se basan en la fe dentro de la vida presente. La fe es el apoyo del acercamiento cristiano a Dios, la base de la entrega cuyos dos aspectos son la esperanza y la caridad, el amor que toma y el amor que da. Así, el acercamiento a Dios está constituido por una mezcla de las tres virtudes, las cuales se hallan estrechamente vinculadas y sólo en la teoría pueden separarse.

     La fe en Dios lleva inevitablemente a la esperanza en Él, mostrarlo como Padre misericordioso y amoroso, y la esperanza lleva necesariamente a la caridad, pues la espera del don mismo de Dios nos dispone a entregarnos por completo a Él (Rom 5, 15). En otras palabras, la fe, la esperanza y la caridad son tres aspectos de la entrega única que el cristiano hace a Dios bajo la inspiración del Espíritu Santo; son el “sí” que le dice a Dios desde el bautismo, y en adelante, a lo largo de toda su vida.

     Un factor inevitable del amor a Dios es el sentido de la condición de pecadores o pecadoras. El cristianismo revela ciertamente la fragilidad y la debilidad de la persona ante las adversidades y tentaciones de la vida (Mt 26, 41), lo cual de ninguna manera quiere decir que la flaqueza humana origina el cristianismo. Al encontrar a Cristo en el centro de la vida, en la fortaleza tanto como en la debilidad, es cuando la persona comprueba lo impropia que es. Precisamente la primera bienaventuranza asegura que son “dichosos los que reconocen su necesidad espiritual, pues el reino de Dios les pertenece” (Mt 5, 3), por lo que la fuerza del hombre y la mujer, igual que su debilidad, ponen de manifiesto su necesidad de Dios. Así, parte del amor cristiano es la penitencia por el pecado, el reconocer la condición de criaturas pecadoras que tienen la esperanza del perdón, y, de acuerdo con San Juan, hemos de caminar en la luz como condición necesaria del amor a Dios (Cfr. 1Jn 1, 6-10).

     Por otra parte, hemos dicho que amar a Dios sobre todas las cosas no es algo que se cumple sólo en los tiempos concretos de la oración para luego olvidarlo. Ese es el error de tratar de hallar a Dios en los “vacíos de la vida” y no en la vida misma; incluso los momentos de trabajo podemos convertirlos en periodos de conversación con Dios. Y aun cuando no tuviésemos el ejemplo de Jesús en esta materia, sabemos ahora que la alianza de la gracia exige la oración como forma suprema de amar a Dios, y la mejor forma es orar con nuestra vida. Como se dijo en un artículo anterior, Santiago nos enseña que la fe sin obras está muerta (Stg 2, 26), por lo que los dos aspectos, oración y obras, están relacionados de manera indisoluble y se nutren una de la otra. El amor a Dios consta de esos dos componentes: una vida de oración y actos nacidos de la interioridad donde habita el Espíritu Santo. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx 

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