Miércoles, 12 de Noviembre 2025
Suplementos | 1. Revestirse de Cristo

Los elementos de la espiritualidad

Tener la mentalidad de Cristo significa imitarlo, lo que implica impregnarse del conocimiento de Su Persona

Por: EL INFORMADOR

     El primer elemento de la espiritualidad para el hombre y la mujer del siglo XXI, consiste en revestirse de Cristo (Rom. 13, 14). Esta frase es desconcertante y resulta difícil de entender por quien no intenta ponerla en práctica, pero tiene sentido para quien lo intenta, lo cual es una consecuencia de que el cristianismo es un camino (Hch 9, 2), por lo que éste sólo puede entenderse viviéndolo y no examinándolo en abstracto. Así, revestirse de Cristo significa experimentar a una Persona viva que es camino, verdad y vida (Jn 14, 6), siguiendo sus lineamientos y renunciando a los propios (Mt 26, 24).

     Tener la mentalidad de Cristo significa imitarlo, lo que implica, en primer lugar, impregnarse del conocimiento de Su Persona y, en consecuencia, participar en Él como realidad viviente. Esto es, crecemos en la mentalidad de Cristo al saber más cerca de Él por el estudio de los evangelios, y conociéndolo por medio de una vida de oración.

     Cuanto más hagamos esto, más nos asimilaremos a la persona de Cristo para revestirnos de Él y alcanzar la perfección cristiana --la santidad--, que consiste, primero, en amar a Dios con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas, y luego amar al prójimo como a uno mismo, pues “ningún mandamiento es más importante que éstos” (Mc 12, 31).

      Revestirse de Cristo significa aceptar esta afirmación y vivirla como Él lo hizo, que es en lo que radica el fundamento doctrinal de las cartas paulinas. San Pablo, más que cualquier otro escritor neotestamentario, examina las profundidades teológicas del mensaje cristiano, y en sus escritos siempre surge la idea simple de que la conducta del hombre y la mujer debe seguir y no anteceder a la vida de Cristo; esto es, la conducta cristiana debe ser la consecuencia de la unión con Dios y no sólo el acercamiento a Él. En sus escritos la lista de virtudes que deben cultivarse y de vicios que deben evitarse, viene siempre después de exponer la vida en Cristo, y aparecen, no tanto como cosas que deben hacerse, sino como cosas que serán realizadas por quien se halla en Cristo. San Pablo nos enseña que la esencia de la vida cristiana no es una conducta a observar, sino el estar en Cristo, es decir, en un estado interno de amor del cual fluyen las buenas acciones.

     En el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios, el apóstol expone su postura acerca de la vida cristiana, el revestirse de Cristo. No es la posesión de dones y carismas extraordinarios, conocimiento de lenguas, ni los hechos heroicos. Tampoco se encuentra en las obras realizadas como observancia de la ley, ya que eso también lo hacían los fariseos (Mt 15, 2-9); aunque en nuestro tiempo a veces se haga, porque es muy humano medir las cosas por las conductas externas, ya que lo que se ve produce sentimientos de seguridad.

     Lo que se quiere decir es que la exterioridad es solamente una manifestación consecuente de la interioridad, pues al árbol se le conoce por sus frutos (Mt 12, 33). Y tampoco consiste en el conocimiento y la práctica de cosas “elevadas”, como a veces ocurre con seguidores de falsos poetas que suelen creerse elegidos.

     Existe la tendencia a impresionarse demasiado por el hombre y la mujer que ayunan y creen ver ángeles o que dicen tener visiones de Cristo o de María Santísima, con lo que se llega incluso a venerar a la persona como si fuese un “santo”, haciéndolo modelo de vida cristiana. Los fenómenos carismáticos son ciertamente dones de Dios, pero no son el camino ordinario de la gracia para todos los cristianos, ya que este último es el don de la fe, de la esperanza y de la caridad.

     El verdadero camino cristiano se encuentra en la caridad, en el amor que encierra todas las virtudes y que es el espíritu que anima los actos heroicos, las conductas ejemplares y los carismas, haciéndolos meritorios a los ojos de Dios. El mandato de Cristo es claro y simple: el camino hacia el Padre consiste en seguir al Hijo, y seguir al hijo significa obedecer y cumplir su doble mandamiento del amor. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuea de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alaraup.edu.mx 

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