Miércoles, 29 de Octubre 2025
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'Lo que mancha es lo que sale de dentro'

Los escribas --como la palabra lo dice-- eran hombres de letras, eran los doctos, los rabinos

Por: NTX

     "Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos a Jerusalén”. Se acercaron movidos más por la ingenua lucha de confundirlo, de hacerle caer en error o en confusión, aunque también entre ellos había los bien intencionados y algunos hasta aceptaron la Buena Nueva.
     Los fariseos eran un grupo, una secta de los judíos, rica y poderosa en ese tiempo, integrada por la clase más elevada e ilustrada de la nación. Hacían profesión para llevar una vida austera, mas con el paso de los años algunos cayeron en mera apariencia e hipocresía, con largas y frecuentes oraciones a la vista de todo el mundo, y daban limosnas, pero en público.
     Los escribas --como la palabra lo dice-- eran hombres de letras, eran los doctos, los rabinos. Eran de tres niveles: los escribas de la Ley, los más respetados; los escribas del pueblo, que eran seis magistrados; y los escribas comunes, que eran los notarios públicos y los secretarios del Sanedrín.

“Algunos discípulos de Jesús
comían con las manos impuras”

     Ese hecho dio tema a los fariseos y los escribas para entrar en lid con el Señor. El evangelista ofrece un raciocinio con relación al tema: “Los fariseos, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores, al volver del mercado; sin hacer primero las abluciones, y observando muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, los jarros y las ollas”.
     Refiriéndose a esas costumbres dignas de elogio, cabe hacerse estas preguntas: ¿Las leyes eran de Dios o de los hombres? ¿Por no cumplir esas leyes se incurría en pecado? Era higiene y nada más.
     En la primera lectura de la misa de hoy está la respuesta, en el libro del Deuteronomio: “No añadirán nada ni quitarán nada a la ley que les mando”.
Esta respuesta llega oportuna hasta este siglo XXI, porque no faltan quienes se afanan por hacer pasar por preceptos divinos, lo que son costumbres o leyes hechas por los hombres; y peor aún, los que quisieran “echarle tijera” al decálogo, por el permisionismo actual.

“Los verdaderos adoradores
adorarán al Padre
 en espíritu y en verdad”

     Con estas palabras mostró el Señor a la Samaritana y a todos la dirección de la Nueva Alianza. Así terminaría esa postura religiosa formalista, hueca, rígida, superficial, falsa.
     Bastaba con que un alimento fuera llevado a la boca con “las manos impuras”, para que todo el hombre quedara impuro.
     La Nueva Ley exige una transformación interior para el que quiera seguir a Cristo.
     La fe ha de penetrar en el ser humano; no manos lavadas, sino corazón limpio.
     A Dios no le agrada el canto que sólo brota de los labios, sino el que hace desde el corazón. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Así habló el Señor por boca de Isaías (Isaías 24, 13), porque el corazón endurecido de su pueblo tenía otros intereses; y el culto, aunque solemne, con sacrificios de terneras y corderos, el vibrar de las trompetas de plata y entre nubes de incienso, era un culto sin alma.
   ¡Qué tonto sería querer agradar a Dios con cantos, con discos y en un aparato de sonido! Llega a Dios, aunque sin sonido, el suspiro, el afecto, el sentimiento del corazón.
     Desde la quietud de su lecho, muchos enfermos hacen llegar hasta Dios sus angustias, sus dolores, sus temores. Dios es amor, es misericordia, es perdón; Dios escucha a los enfermos, les tiende su mano. Porque así dice la Palabra: “Entra a tu habitación, ora en silencio y el Padre escucha y te dará cuanto le pidas”.

“Del corazón del hombre
salen las intenciones malas”

     En todo acto libre del hombre hay una gradación: primero pensar, luego querer lo pensado y en seguida ponerlo en acción. Pensar, querer, actuar, tanto para lo bueno como para lo malo.
     El pueblo dice verdades profundas en breves refranes: “Lo que en la olla está, en la cuchara sale”, y este decir popular es una interpretación a las palabras de Cristo.
     Cristo no vino a abolir la Ley, sino a darle plenitud, perfecta aplicación.
El hombre juzga a sus semejantes por lo exterior. Por eso mucho se equivoca cuando emite juicios. Dios llega hasta la interioridad de cada uno, hasta el corazón, entendido como amor, inteligencia, memoria, espíritu, conocimiento, libertad, aunque se sabe que todo no está en el corazón --válvula que mueve la corriente saguínea--, sino en el alma humana, principio vital, origen de la vida del hombre en lo interior como principio, y en lo exterior como manifestación de ese invisible origen.
     Lejos de la mirada de los hombres, pero manifiesto a los ojos de Dios. Por eso afirma: “Del corazón salen las intenciones malas, y desde luego también las intenciones buenas”.

“Religión auténtica es
esta: vivir el Evangelio”

     Cumplir las enseñanzas del Señor es realizarse plenamente como persona humana, como cristiano en el plano de lo terreno, de lo religioso y de la historia.
     Esa es la estela sobre el mar de la vida de los verdaderos seguidores de Cristo. Recuerda la Iglesia este año a San Juan María Vianey, el santo cura de Ars, un pueblecillo de Francia. Tal vez no se lavaba las manos al sentarse a su mesa para tomar las papas cocidas que eran su frugal alimentación, pero de dentro, de su corazón, sólo salían sus buenas acciones inspiradas en el amor a Dios y al prójimo.
     El Señor, al rechazar los formulismos de los fariseos asentados en el poder de Israel, pone en claro que la Nueva Ley pide un corazón nuevo, una nueva manera, ana auténtica fuente de moralidad.

Formación de una conciencia recta

     La conciencia es esa voz interior, esa que habla sin sonido en el interior del hombre desde que llega el uso de razón, y aprueba o desaprueba los actos propios.
     Independientemente de toda ley positiva, hay ese juicio interno. Mas lo importante es formar bien esa conciencia. Los fariseos tenían una conciencia errónea porque le daban valor a veces exagerado al cumplimiento de preceptos humanos, y en cambio descuidaban la ley de Dios, el amor, la justicia.
     La conciencia es un juicio práctico de la razón, que dicta qué se debe hacer o evitar.
     Mas es necesario formar la conciencia recta, veraz, según la razón y conforme al bien verdadero querido por la sabiduría divina. Son muchas las influencias negativas en este siglo de la multiplicación de la técnica con todos sus recursos, singularmente en la televisión y el internet, donde justifican sentimientos perversos y enseñan como bueno lo que es malo.
     La carencia de valores morales en estos días es porque hay muchas conciencias erróneas y no una conciencia iluminada por la fe y el verdadero amor.

Pbro. José R. Ramírez 
 
 


    

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