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Viernes, 22 de Febrero 2019

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Suplementos | Cuando Jesús se despidió de sus discípulos en el monte de Galilea donde los había citado, sus palabras fueron claras y exactas...

Lo que hay que enseñar

Hay una anécdota en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que cuenta que un grupo de jóvenes estaba intentando echar fuera un demonio

Por: EL INFORMADOR

     Cuando Jesús se despidió de sus discípulos en el monte de Galilea donde los había citado, sus palabras fueron claras y exactas: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
     Con estas indicaciones, Jesús estableció varias cosas:
     La fuente de poder: la autoridad del nombre de Jesús. Aunque la tarea que les estaba encomendando era monumental, Jesús no los estaba enviando en sus propias fuerzas y capacidades para que lograran su cometido, sino que les estaba indicando que ellos debían hacer uso de la autoridad que tiene el nombre de Jesús. Es en el nombre de Jesús que una enfermedad puede sanar, o un demonio puede salir, nunca en base a la autoridad o méritos de alguno de los discípulos.
     Hay una anécdota en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que cuenta que un grupo de jóvenes estaba intentando echar fuera un demonio “en el nombre de Jesús, el que predica Pablo”; pero el demonio les respondió: “Conozco a Jesús y sé quién es Pablo, pero a ustedes no los conozco (es decir, no los respeto)”, por lo que, pudiendo más que ellos, los hizo huir golpeados y desnudos. ¿Qué sucedió en este caso? Que estos jóvenes no vivían bajo la autoridad de Jesús, por lo que no podían apelar a ella para que los respaldara, mientras que Pablo vivía en sometimiento a la voluntad de Jesús, y por lo tanto podía apelar a ella para que los demonios salieran.
     Cuando un creyente hace la obra de Dios “en el nombre de Jesús”, es una situación similar a la de un policía que detiene a un maleante “en el nombre de la ley”; el policía no lo detiene por su fuerza o en su nombre, sino haciendo uso de la autoridad delegada que le ha dado una persona o institución mayor.
     La tarea: hacer discípulos de todas las naciones. La responsabilidad de llevar las buenas noticias de la salvación no es solamente un asunto local, sino mundial. Gracias a Dios por todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia decidieron dejar la comodidad de su hogar, para llevar las buenas noticias a lugares muy remotos.
     Recuerdo un jardín que conocí en la isla de Maui, a mitad del Océano Pacífico, en donde habían conservado pequeñas casas de las diferentes culturas que habían llegado a ese lugar; me llamó poderosamente la atención una casa que habían construido misioneros portugueses que llegaron a la isla para llevar el mensaje del evangelio cientos de años atrás, cuando llegar a ese lugar significaba un peligroso viaje en barco, cruzando el océano más grande del mundo. Gracias a Dios por el valor y la tenacidad de esas familias que dejaron atrás su patria, por amor a personas que nunca habían visto, pero a quienes querían compartir el regalo de la salvación.
     El método: bautizándolos y enseñándoles todas las cosas que había mandado. ¿Qué es lo que debe aprender un convertido? De todo lo que se le puede enseñar, lo más importante es darle los mandamientos de Cristo en los evangelios, para que aprenda a vivir de acuerdo a esos mandamientos: ama a Dios por sobre todas las cosas, ama a tu prójimo como a ti mismo, y todo lo que el Señor nos dejó a través de los evangelios.

Angel Flores Rivero       
iglefamiliar@hotmail.com

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