Suplementos | Hoy domingo tercero de adviento, desde la antífona es ya una invitación a la alegría Llaman a la alegría Las campanas de las torres de los templos tienen una lengua, el badajo, y esta lengua tiene su idioma... Por: EL INFORMADOR 15 de diciembre de 2009 - 06:44 hs Las campanas de las torres de los templos tienen una lengua, el badajo, y esta lengua tiene su idioma: llaman a misa, llaman al rosario, y ese es su más frecuente lenguaje; mas también, tocadas a rebato, anuncian una calamidad; si doblan es señal de duelo, y su mensaje es muerte y esperanza de vida eterna; y echadas a vuelo son pregoneras de grandes alegrías. Ayer, día de los mexicanos, día de María la bella Madre del Cielo, en la Basílica de Guadalupe y en miles de templos parroquiales y capillas, hasta en humildes capillitas --así, en diminutivo-- de aldeas, todas las campanas cantaron la alegría de los mexicanos. Pidió ella un templo y le han levantado millares. La alegría de hoy es por un anuncio Hoy domingo tercero de adviento, desde la antífona es ya una invitación a la alegría, algo parecido al saludo con que el anfitrión reccibe a sus invitados: “Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres; el Señor está cerca”. Con la liturgia de adviento la Iglesia invita a estar alegres y añade “en el Señor”, alegría espiritual y profunda. Hay muchos motivos humanos para la alegría; la vida, la salud, el buen resultado de algo en el trabajo, en los estudios; las alegrías de la familia, el nacimiento de un niño; y también --¿por qué no?-- haber realizado un buen negocio y traer, como resultado, dinero en el bolsillo. Pero hay otras alegrías, las turbias, las logradas con el vicio, con las pasiones. De esas no es hoy el tema. Ahora “están alegres en el Señor”. El Señor es Cristo y Él es la causa de esta alegría, porque Él es vida, Él es verdad, Él es amor. Alegría espiritual, interior El gran músico Ricardo Wagner escribió: “La alegría no está en las cosas, sino en nosotros”. Más de alguno, rodeado de cosas terrenas, está hambriento de alegría. Pasan por la mente esas historias tristes, trágicas, de los que se han quitado la vida, y alguien se pregunta: “¿por qué lo hizo, si nada le faltaba?”. Sin duda que esos más fueron buscadores de tristezas. La tristeza es egoísmo, y egoísmo tenaz. Los hombres más tristes del mundo en la historia, han sido los más egoístas. Se han atrincherado en su egoísmo, se han endurecido, y, fastidiados de todo y de todos, se han encontrado vacíos y solos. La alegría propia es sintonía con la alegría de otros. Si se le pregunta a un niño de diez años: “En tu cumpleaños, ¿quieres el pastel para ti solo, o con tus amigos?”, ¡qué raro será el niño que prefiera sentarse a la mesa solo con su pastel! La alegría distintiva del buen cristiano Cuando la fe está bien arraigada, cuando la esperanza es una ventana luminosa siempre abierta más allá del tiempo, y singularmente cuando arde el corazón de amor a Dios y al prójimo, entonces la vida es una perpetua alegría. Esa ha sido la alegría de los grandes santos. San Francisco de Asís fue dos veces alegre: desde su nacimiento hasta los veintidós años, porque era el hijo de Pedro Bernardone, el rico de Asís, y disfrutaba de ese privilegio; en adelante y hasta los cuarenta y cuatro años fue inmensamente más feliz, al renunciar voluntariamente a todos los intereses terrenos y, ya proclamando que era hijo de Dios, “se desposó con la pobreza”. Según le enseñaba a su compañero, el hermano León, fue entonces que encontró la verdadera alegría. Y como Francisco, los verdaderos seguidores de Cristo han vivido alegres aún entre tribulaciones y trabajos. Los apóstoles de Cristo fueron llevados a la cárcel y allí, a oscuras y sin comer, cantaban alegres hasta que un mensajero de Dios, un ángel, les abrió las rejas y los liberó, según cuenta San Lucas en el libro Los Hechos de los Apóstoles. Y en un campo de concentración, en Polonia, los sentenciados a muerte, animados con cantos por el sacerdote Maximiliano María Kolve, esperaron la muerte, para ellos la mejor liberación. Un cristiano triste es como un instrumento musical desafinado y contagia con su tristeza. Ya se va diluyendo con el viento del tiempo la sonrisa de bondad, de alegría, de aquel Papa “bajito y gordito” Juan XXIII, que renovó, rejuveneció y llenó de alegría a la Iglesia, con las campanas alegres del Concilio Vaticano II. “Y esta alegría vuestra nadie os la quitará” (Juan 16, 22) El Gran Maestro, en el momento solemne de la proclamación de la Nueva Alianza --”las Bienaventuranzas”--, ocho veces anunció y prometió felicidad a quienes aceptaran su Reino. Subió a un monte y, sentado, con gran solemnidad les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu --bienaventurados es lo mismo que ser felices, alegres--, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por la justicia”. Para entrar en la alegría, el creyente, el cristiano, sabe que tiene que salir de sí mismo para abrirse a Dios, para ver a sus hermanos con mirada de amor; y disponerse en una actitud no de ser servido, sino ver cómo y en qué medidas, según las circunstancias, ha de estar presto a servir a los demás. El profeta Sofonías anunció la liberación En la primera lectura el profeta Sofonías, en un período trágico de la historia de David, invita a sus compatriotas desterrados como él en Babilonia, a alegrarse porque “el Señor ha levantado su sentencia contra ti”. Y en la segunda lectura San Pablo dice a los cristianos de Filipos: “¡Alégrense en el Señor! Se los repito: ¡Alégrense, el Señor está cerca!”. La cercanía del Señor pide prepararse para recibirlo. Es un mensaje para dar ánimo, para avivar la esperanza, para dejar el miedo y luego dar testimonio. “Que nada les preocupe y la paz de Dios habitará en sus corazones”, agrega San Pablo. “La gente le preguntaba a Juan el Bautista: ¿Qué debemos hacer?” De nuevo la persona del Bautista y la multitud en torno a él; muchos hasta ceían que él era el esperado, el Mesías. “Juan los sacó de dudas diciéndoles: ‘Es cierto que yo bautizo con aguas a Aquél a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego’”. Y cuando le preguntaban qué debían hacer, otra vez les dijo que hicieran obras de misericordia: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida haga lo mismo”. Es el tiempo de descubrir con más amplitud la presencia del prójimo y aprovechar para entender la alegría de compartir. Pero antes, quitar toda mentira, todo atropello en la búsqueda del provecho propio con perjuicio de los demás. La persona se realiza, crece, cuando ya ha rechazado la tentación de replegarse sobre sí misma y se abre a los demás. La alegría es compartir. Que el Domingo de la Alegría que es hoy, sea por lo mismo el Domingo de la Generosidad. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones