Suplementos | El escritor mexicano en su nueva novela pone de relieve el fanatismo religioso Las otras voces de la novela El escritor mexicano siempre se fascinó por la presencia de lo mágico y en su nueva novela pone de relieve el fanatismo religioso y los misterios del más allá Por: EL INFORMADOR 8 de diciembre de 2013 - 01:47 hs Posibilidades. Antonio Sarabia escribe como un lector, sin saber lo que ocurrirá en sus novelas. / GUADALAJARA, JALISCO (08/DIC(2013).- Desde que era niño, a Antonio Sarabia le fascinaba la presencia de lo mágico. Esa característica también la encontró en la vida cotidiana, en la cultura en general, y también la destaca en su nueva novela, Los dos espejos, en la que un viejo escribano narra en una noche la historia de una serie de asesinatos que convulsionan la región del Volcán del Fuego. — ¿Qué lo llevó a contar esta historia de “Los dos espejos”? —Lope de Vega afirmaba que la escritura es como la cacería: uno no le tira a lo que va, sino a lo que le sale. Así, en cierto modo, yo no escogí la novela, ésta me escogió a mí. Tal vez por lo que vivía entonces, o por las personas que me rodeaban en esa época. No sé. Me salió al paso, pero viniendo de dentro, como todas las otras. ¿Por qué fue esa? Tampoco lo sé. Pudo ser una distinta, pero en ese momento fue esa. Mañana será una muy diferente. —Vuelve a un ambiente rural, en donde se pone de relieve el fanatismo religioso y los misterios del más allá. ¿Esa situación sigue vigente? ¿Por qué decidió situar la historia en ese ambiente? —Desde los primeros cuentos que leí de niño siempre me ha fascinado la presencia de lo mágico. Luego me lo encontré también en la vida cotidiana y en la cultura en general. Las religiones, todas, tienen mucho, si no todo, de mágico. Desde luego sus adeptos no lo ven así, o lo disfrazan con otras palabras como ‘divino’ o ‘milagroso’, por ejemplo. Las religiones me parecen maravillosas y, en muchos aspectos, bastante positivas. Representan la gran reserva espiritual de la humanidad. El problema es que, a menudo, ese pensamiento mágico en las personas proclives a la violencia se convierte en fanatismo. Entonces se pierde lo beneficioso de la doctrina y ésta se convierte en un arma muy peligrosa, hasta mortal, sobre todo para quienes no comparten las mismas ideas. La mejor enseñanza sobre religión que yo recibí en la vida me la dio un sacerdote jesuita en la prepa del Instituto de Ciencias. Era su sabia recomendación para preparar los exámenes de fin de año. Decía ‘estudien, acuérdense de que la divina providencia no ilumina cerebros’. —¿Por qué eligió el tema de la Guerra Cristera? —La Guerra Cristera no es de ninguna manera el tema principal de la novela. La infancia de uno de los personajes transcurre durante ese período y su familia se ve envuelta en ella igual que sucedió con muchas familias de la época. La Guerra Cristera es un episodio del que se habla muy poco en México y prácticamente lo ignora la historia oficial. Sin embargo es el epicentro de una gran novela mexicana, aunque el autor sea inglés. Me refiero a El Poder y la Gloria de Graham Green. Yo la leí cuando era adolescente y dejó una huella indeleble en mi imaginario. Tal vez ahí habría que buscar el origen de mi fascinación por ese fragmento de la historia de México. La novela de Green sí se desenvuelve toda durante la Guerra Cristera. La mía sólo la toca de paso. —¿Por qué considera que la novela la hacen los personajes? —Porque los personajes y su circunstancia aparecen primero y la novela después. Ellos, si están bien fraguados, adquieren una personalidad, una psicología y hasta un modo de hablar muy particulares. Al ir interactuando unos con otros, van haciendo crecer la novela. Yo la escribo igual que los lectores la leen, sin saber qué va a pasar en la siguiente página. Eso es lo que hace apasionante el trabajo de un escritor. Uno no sabe lo que va a suceder, aunque a veces tenga una vaga idea de a dónde quiere llegar y se imagine de antemano el final. Sin embargo, los personajes tienen su propia iniciativa y muy a menudo encuentran un final diferente. El primer sorprendido es el autor. Yo sé que lo que estoy diciendo puede parecer absurdo a quienes no se dedican a este oficio, pero les aseguro que así trabajan casi todos los escritores que conozco. Existen, desde luego, colegas que tienen ya toda la historia escrita en un pizarrón, como si fuera un guión de cine, saben exactamente lo que va a suceder y lo que sus personajes van a decir y hacer en cada capítulo, desde el principio hasta el fin. Su trabajo es más de mecanógrafos que de escritores, y así son sus novelas. Los personajes parecen hechos de cartón, sin ninguna vida, y esas novelas, aunque por lo facilonas algunas puedan vender muchos ejemplares, desilusionan siempre a los buenos lectores y no pasarán a la historia. —¿Por qué el escritor tiene que mantenerse al margen? ¿Su papel es secundario en la ficción? —Porque, te repito, uno escribe siempre lo que puede, no lo que quiere. Cortázar hablaba de una voluntad independiente de la nuestra, de una fuerza irresistible que al escribir se impone al autor. Nuestra verdadera tarea es entonces mantenerse al margen y dejar que sean los personajes, esas otras voces que acarreamos dentro de nosotros mismos, quienes cuenten la historia. Entre menos interfieras en lo que dicen o hacen, mejor. —¿Y cuál tendría que ser su postura ante la violencia desencadenada en su país, ante la realidad que comparte con otros tantos? ¿Cuál es su postura personal? —La violencia generada en México estos últimos años ha sido más nociva para nuestra sociedad que el agente que la produce, o sea la droga misma. Conviene preguntarse si no habrá llegado el momento de sacar el asunto de la esfera de lo criminal y enfrentarlo como un problema de salud pública, igual que el alcohol o el tabaco. Para eso, los gobiernos concernidos tendrán que ponerse de acuerdo en legalizar la droga y luego, con los dividendos e impuestos que eso genere, alertar al ciudadano común y corriente sobre los inconvenientes de su uso. Yo no veo otra alternativa. Fin a las mafias y carteles que lucran con ella. Fin a la corrupción, los secuestros y las balaceras. Sí, habría nuevos problemas pero las cartas estarían sobre la mesa. Todos podríamos verlas. —Algunos lectores como Luis Sepúlveda destacan la pulcritud de su estilo, mismo que logra que el lector se detenga en la belleza del idioma. ¿Tiene usted interés en que los lectores descubran este aspecto? —Que un escritor de la calidad y el talento de Luis Sepúlveda mencione elogiosamente mi estilo me hace sentir muy halagado, desde luego. Pero la forma verbal está siempre supeditada al tema y al tono de la novela. Si fuera pintor, las palabras serían como los colores y brochazos con los que doy forma al lienzo. No sé si Sepúlveda haya usado la palabra “pulcritud” y, si lo hizo, lo que habrá querido decir con ella. Yo, sobre todo, persigo que la lectura sea lo más sencilla y absorbente posible, por lo que me esmero en la sobriedad, precisión y economía del texto. Un cierto ritmo ayuda también a que todo fluya más agradable y más rápidamente. Si eso es lo que se entiende por “pulcritud”, estoy de acuerdo. Respecto de la belleza del idioma, pues está ahí, es la lengua castellana, yo no la invento, sólo la pongo en el papel. —¿Usted busca dejar un mensaje con esta novela? De ser así, ¿Cuál es este mensaje? —Mensaje, lo que se llama mensaje, al menos conscientemente, ninguno. Cada lector, me imagino, leyendo su propia novela sacará sus particulares conclusiones. Espero que sean provechosas. Los analistas y los críticos las encontrarán más pronto que yo. Sí, soy yo quien las habrá puesto ahí, desde luego, pero sin darme cuenta. Las voces de las que hablábamos antes me las soplaron al oído. En un plano consciente, mi primer objetivo al escribir fue disfrutar de mi trabajo. Es a lo que me dedico y lo mejor que sé hacer en la vida. Después, deleitar e intrigar igualmente al lector. Que pase un rato agradable leyéndome, que le toque al menos una parte del placer que yo tuve al escribir. La vida, como decía Neruda, no es nada más tierra y adobe, también hay sombra y sueño. A mí me gusta pensar que, cuando alguien se encuentra una sombrita donde tumbarse a descansar un momento, si tiene un libro mío en la mano podemos compartir ese sueño. PERFIL Antonio Sarabia nace en México D.F. el 10 de junio de 1944. Estudia la escuela primaria y la secundaria en el D.F. Hace la Preparatoria en el Instituto de Ciencias de Guadalajara, Jalisco, antes de volver al Distrito Federal para ingresar a Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Su primer cuento, Paredes, aparece por esa época en una antología de jóvenes escritores mexicanos publicada por Editorial Novaro en 1967. En 1978, Bellas Artes de Jalisco le edita un libro de poemas titulado Tres Pies al Gato. En 1981 se marcha a Europa y radica desde entonces entre París, Francia y Guadalajara, México. Su primera novela, El Alba de la Muerte, es finalista del Premio Internacional Diana Novedades en 1988. *Tomado de http://www.antoniosarabia.net Temas Escritores Tapatío Libros Entrevistas Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones