Suplementos | La grandeza de la fe que se nos otorga y que profesamos La puerta abierta No es para su contemplación distante, es exigencia de la misma introducirnos en ella para vivir inmersos, por lo cual la imagen de la fe como puerta, nos ayuda a comprender el compromiso de aventurarnos en los senderos de la fe Por: EL INFORMADOR 27 de abril de 2013 - 23:48 hs No es un amor cualquiera, sino como Él nos ha amado, admirable amor dado hasta la muerte. / GUADALAJARA, JALISCO (28/ABR/2013).- PRIMERA LECTURA:Hechos de los Apóstoles 14, 21- 27 “Reunieron a la comunidad y contaron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe” SEGUNDA LECTURA:Apocalipsis 21, 1-5 “Dios habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos” EVANGELIO:San Juan 13, 31-35 “Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos” REFLEXIONANDO LA FE...Jesús es la Puerta “La única puerta para entrar en el Reino de Dios, para entrar en la Iglesia es Jesús mismo. Quien no entra en el redil de las ovejas por la puerta, sino por otra parte, es un ladrón o un asaltante”. Es uno que quiere aprovecharse. La puerta es Jesús y quien no entra por esta puerta se equivoca. Y ¿cómo sé que la puerta verdadera es Jesús? ¿Cómo sé que esa puerta es aquella de Jesús? Pero, toma las Bienaventuranzas y haz aquello que dicen. Sé humilde, sé pobre, sé manso, sé justo… Jesús no sólo es la puerta: es el camino, es la vía. Existen tantos senderos, quizás más convenientes para llegar”, pero son engañosos, no son verdaderos, son falsos. El camino es sólo Jesús. Es una puerta bella, una puerta de amor, es una puerta que no nos engaña, no es falsa. Siempre dice la verdad. Pero con ternura, con amor. Pero nosotros siempre hemos hecho aquello que ha sido el origen del pecado original. Tenemos ganas de tener la llave de interpretación de todo, la llave y el poder de tomar nuestro rumbo, cualquiera que sea, de encontrar nuestra puerta, cualquiera esa sea. A veces tenemos la tentación de ser demasiado dueños de nosotros mismos y no humildes hijos y siervos del Señor. Y ésta, es la tentación de buscar otras puertas u otras ventanas para entrar en el Reino de Dios. Sólo se entra a través de aquella puerta que se llama Jesús. Sólo se entra a través de aquella puerta que nos conduce por un camino que es un camino que se llama Jesús y nos conduce a la vida que se llama Jesús. Todos aquellos que hacen otra cosa —dice el Señor— que trepan para entrar por la ventana, son ‘ladrones y asaltantes’. El Señor es simple. No habla un lenguaje difícil, Él es simple. Hemos de ser insistentes en saber tocar siempre aquella puerta. A veces está cerrada: estamos tristes, estamos desconsolados, tenemos problemas en tocar, tocar aquella puerta. No vayan a buscar otras puertas que parecen más fáciles, más cómodas, más accesibles. Siempre aquélla: Jesús. Y Jesús no desilusiona jamás, Jesús no engaña, Jesús no es un ladrón, no es un asaltante. Ha dado su vida por mí: cada uno de nosotros debe decir esto: Y tú que has dado la vida por mí, por favor, abre, para que pueda entrar. Al que toca se le abre Al convocar el Año de la Fe, el Papa Benedicto XVI, nos decía en la Carta Apostólica con la que anunciaba este tiempo, en su primer número: «La puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo, con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él. Profesar la fe en la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—equivale a creer en un solo Dios que es Amor: el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor”. Con estas palabras nos invitaba el Papa a recorrer este hermoso e intrépido camino de la fe, que se nos presenta bellamente en el libro de los hechos de los apóstoles como esa puerta, siempre dispuesta para transitar por ella, toca a nosotros precisamente, tocar para que se nos abra, y la única manera de ser escuchados y se abran para nuestro paso, es con la manifestación clara de nuestra caridad vivida en el prójimo. Casa de Dios, casa nuestra La visión del Apocalipsis es la esperanza de los hombres y mujeres de fe. “Dios habitará en medio de su pueblo y su pueblo habitará con su Dios”, será el Padre que nos ha creado quien nos reciba, y es por nuestra fe que nos hemos de comprometer, no sólo a esperar vivir en Él, sino, desde aquí, construir su casa, casa de Padre en la que convivimos como hermanos unidos en el amor, en donde nos distingue el amor que nos tengamos unos a otros, más que los lazos de sangre que identifican a los que son de una misma casa, la casa de los creyentes se construye en la caridad fraterna. La visión de Juan no es un sopor que pueda acunar a los hombres en sus sueños. Sus palabras, fundadas sobre la roca de la fidelidad de Dios, no pueden ser utilizadas como opio o somnífero. Para cualquier ilusión respecto a esto, ahí están las palabras de Jesús en la última cena: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros”. La nueva alianza, que Cristo está a punto de sellar con su muerte y resurrección, contempla una sola cláusula, un solo compromiso decisivo: el amor. Siempre nueva La nueva ley es Jesús mismo, como signo elevado que manifiesta y expresa el amor de Dios. En la nueva ley, Jesús no pide nada para él ni para Dios, sino solamente para el hombre. Sale de nuevo a la luz el hecho de que Dios no polariza en sí al hombre, ni lo acapara, al contrario, es un dinamismo expansivo de amor universal, cuyas ondas empujan cada vez más lejos. Lo importante en esta nueva ley, o mandamiento, es que no es un amor cualquiera, sino como Él nos ha amado, admirable amor dado hasta la muerte. La norma ya no es como el antiguo testamento, sino amarnos entre nosotros miembros de una misma casa, la casa de la fe, como Cristo mismo nos ha amado. Una vida de fe que desea ser auténtica por los derroteros del Señor sólo es comprensible desde el amor hecho vida en lo cotidiano del trato a nuestros hermanos, esto es lo verdaderamente nuevo de nuestra fe, que tiene ya más de dos mil años. El mandamiento nuevo está a disposición de quien pretenda familiarizarse, ya desde ahora, con el cielo nuevo y la tierra nueva. DESDE LAS LETRASYo seré tu Amor Yo seré tu Amor y tú en mi rostro encontrarás las delicias que buscabas; yo soy la fuente de la vida que esperabas enamorado de Mí, tú serás otro. Yo basto, suficiente es mi mirada para llenar tu corazón de mis consuelos, soy el que enciende estrellas en tu cielo, el manantial amoroso de tus lágrimas. Yo soy el Amor que te tiene prisionero el despertar del gozo de tus días, el palpitar amoroso que te anima, el camino por el que caminas a mi encuentro. Yo soy el que imprime en tu rostro mi mirada, el que ilumina tus ojos en destellos de la luz que de los míos se derrama en ellos cuando mirándome experimentas que me amas. Yo Soy y seré en ti y Tú en mi seno reposarás de las fatigas de las noches largas cuando te miren verán en tus ojos mi mirada y viéndome sabrán cuanto los quiero. Fray Alejandro R. Ferreirós Temas Fe. Lee También Evangelio de hoy: El justo vivirá por su fe Evangelio de hoy: El inmenso abismo Evangelio de hoy: La lógica del mundo y la lógica del Reino Evangelio de hoy: Alegría, signo de perseverancia y misericordia Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones