Suplementos | La autoridad ha venido sufriendo un demérito verdaderamente alarmante, comenzando en el seno familiar La autoridad en entredicho En este nuevo siglo aún está vigente, y se acrecienta, aquella corriente de pensamiento que prevaleció en el siglo pasado, a la que se le llamó “la muerte del padre” Por: EL INFORMADOR 28 de junio de 2008 - 12:06 hs En este nuevo siglo aún está vigente, y se acrecienta, aquella corriente de pensamiento que prevaleció en el siglo pasado, a la que se le llamó “la muerte del padre”, que en pocas palabras, afirmaba que la figura del padre como autoridad en la familia había sido ya superada; esto repercutió en diversos ambientes, como la educación, el trabajo y la empresa, el civil o ciudadano, extendiéndose este fenómeno a sociedades enteras en todo el mundo. Y las consecuencias las podemos ver, ya no en otros países, lugares lejanos y con culturas muy diferentes a la nuestra, sino aquí mismo, en nuestro país, en nuestras ciudades y, quizá en nuestra propia familia, ya sea la de origen o la que hayamos formado. La autoridad ha venido sufriendo un demérito verdaderamente alarmante, comenzando en el seno familiar, en el que así como al padre y la madre, Dios y la sociedad les han dado como un deber la encomienda de cuidar a los hijos, protegerlos, proveerles de lo necesario, educarlos y ayudarlos en lo que sea necesario hasta que sean autosuficientes, así también les han otorgado derechos sobre los hijos --entre otros, los de autoridad y mando--, para que en ese proceso de formación y educación, puedan encauzarlos adecuadamente y conforme a sus principios. Sin embargo, hoy por hoy, los padres ya no representan para muchos hijos esa autoridad, y mucho menos les reconocen sus derechos, y actuando movidos por esa forma de pensar, convierten las relaciones familiares en un verdadero caos. Lo mismo dígase de las escuelas, universidades y demás instituciones educativas, en las que la figura siempre respetabilísima de los profesores y demás autoridades escolares, también se ha devaluado y se ha perdido en muchos planteles el respeto tradicionalmente bien ganado de los mentores. ¿Y qué decir del respeto a las leyes civiles y a las autoridades que están encargadas de hacerlas cumplir? Se ha convertido en lo más común el que los ciudadanos infrinjan esas leyes; y no sólo eso, sino que lo hacen a despecho de los encargados de mantener el orden y de que ellas se cumplan, y muchas veces con burlas, desprecios, ofensas y hasta agresiones para ellos. Pues bien, la Iglesia, inmersa en este mundo, no ha estado exenta de este fenómeno, y ha sufrido una de las transformaciones más grandes y radicales de su historia, al devaluarse ese concepto de autoridad en su interior. Ciertamente hubo también, y los hay todavía, factores endógenos --hay que reconocerlo y pedir perdón por ello, como lo ha venido haciendo el Papa Juan Pablo II-- que propiciaron y aceleraron dicho fenómeno; todos fruto de un desenfoque, por decirlo de alguna manera, de la visión y la vida evangélica auténtica. Desde el estilo de autoridad, con grandes vestigios del medioevo, hasta las costumbres anquilosadas por años, derivadas de la visión que se tenía de dicha autoridad, que en muchos casos rayaba en el autoritarismo y el paternalismo; o bien, en la indiferencia y frialdad de los fieles, lo que provocaba que el pueblo de Dios --es decir, todos aquellos que no eran de la jerarquía-- tuvieran y ejercieran un papel pasivo o secundario, ni siquiera subsidiario, mucho menos solidario en la vida y la misión de dicha institución. Ello, añadido a una serie de antitestimonios de algunos de quienes ejercían esa autoridad eclesiástica --de los que se han aprovechado a últimas fechas los enemigos de la Iglesia, para exagerarlos y desprestigiarla--; y qué decir de los abundantes antitestimonios del mismo pueblo. Así las cosas, a la familia, los educadores, empresarios y servidores públicos cristianos, así como a la Iglesia, no les queda otro camino que el de volver a las fuentes de su ser y su quehacer, las cuales se encuentran en las Sagradas Escrituras --más específicamente, en los Santos Evangelios--, revalorizando al mismo tiempo los dones que el Espíritu Santo ha otorgado a todos los bautizados, especialmente el de la fe, por medio del cual creemos en Jesús y le creemos a Jesús. De esa manera revalorizaremos esa autoridad dada por Dios a los responsables de las diversas instituciones, pues “toda autoridad viene de Dios”, y en el caso de la Iglesia, delegada por Jesús a Pedro y en él a todos los que serían elegidos por el Espíritu Santo para ser los pastores y continuar con Su obra salvadora. Y como consecuencia, la autoridad de dichos pastores será en el amor y en el servicio, y la obediencia y el sometimiento de “las ovejas” serán en la fe y el amor, buscando ambos, ante todo, hacer crecer la unidad que tanto pidió Jesús al Padre. Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones