Miércoles, 15 de Octubre 2025
Suplementos | Las vestiduras de Jesús se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr en la tierra

La Palabra del Domingo: “Este es mi Hijo muy amado”

El Evangelio de hoy nos conduce a contemplar la Transfiguración de Jesús, que tuvo lugar en una alta montaña frente a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan

Por: EL INFORMADOR

     El Evangelio de hoy nos conduce a contemplar la Transfiguración de Jesús, que tuvo lugar en una alta montaña frente a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan. Las vestiduras de Jesús se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr en la tierra. En seguida se aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Se oyeron entonces las palabras del Padre del cielo: “Éste es mi hijo muy amado. Escúchenlo”.
     Los apóstoles testigos de la Transfiguración quedaron asombrados; no entendieron lo que Jesús les dijo: “No digan a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué quería decir eso de resucitar de entre los muertos. Les faltaba penetrar en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo para poder alcanzar el sentido pleno del título “Hijo de Dios”.
     La voz del Padre celestial reafirmó la divinidad y la humanidad de Jesús. “Éste es mi Hijo muy amado. Escúchenlo”. El Hijo de Dios que se hizo hombre en el seno virginal de María por obra del Espíritu Santo, tiene dos naturalezas: la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. La Transfiguración nos concede una visión anticipada del plan salvífico de Jesucristo, que nos redime del pecado y de la muerte con su muerte y resurrección.
     Las cosas de Dios solamente comienzan a entenderse cuando empiezan a vivirse. Muchas veces no hemos seguido el camino de Jesús, sino nuestros caprichos. No subimos con Jesús “a un monte alto”, sino que nos quedamos en lo fácil y cómodo, sin esfuerzos ni cruces. Otras veces nos quedamos arriba, en lo hermoso de la oración, de la liturgia, de la contemplación, y no queremos bajar de la “montaña” para ir a Jerusalén y morir con Cristo.
     Por eso, para gozar de la resurrección y la gloria del Hijo amado del Padre, hay que renunciar al pecado, luchar contra las tentaciones, darle muerte al “hombre viejo”, vivir y proclamar el Evangelio.
     No vamos a quedarnos estáticos en la montaña, vamos a poner los pies sobre la tierra. Volveremos al hogar, a la familia, esa Iglesia doméstica donde se forman y deben seguirse formando los valores humanos y cristianos, donde se experimenta la presencia del Señor y se da testimonio del amor a Dios y al prójimo.
     Volveremos a nuestro trabajo, a la escuela, al quehacer de cada día, para dar ejemplo, con hechos y con palabras, de que el Señor nos ha transfigurado en discípulos y misioneros de Cristo.
     Amiga, amigo: ¡Con cuánta fe y con cuánto amor debemos frecuentar la Eucaristía; Cristo se nos entregó todo entero con su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad! Cristo se queda con nosotros para llevarnos al Padre y hacernos partícipes de su gloria.
     

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