Domingo, 02 de Noviembre 2025
Suplementos | El viento furioso y las olas encrespadas amenazaban hundir la barca donde estaban Jesús y sus discípulos

La Palabra de Dios

El Señor dormía. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”. Entonces Jesús reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!”...

Por: EL INFORMADOR

¡Afrontemos las tempestades!

     El viento furioso y las olas encrespadas amenazaban hundir la barca donde estaban Jesús y sus discípulos. El Señor dormía. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”. Entonces Jesús reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!”. Entonces el viento cesó sus impulsos y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?”.
     El miedo que experimentaron los discípulos de Jesús expresa muy bien nuestras inseguridades ante los problemas que nos rodean: la crisis económica, el creciente crimen organizado, la inseguridad personal y social, la corrupción en diversas instituciones, el desconocimiento de los valores espirituales y morales, el calentamiento global, etc. Ante estas realidades negativas, muchas veces nos hemos acobardado y desesperado, porque no tenemos una fe adulta y madura.
     La fe es mirar la vida con los ojos de Cristo resucitado, es una capacidad de lucha para enfrentar las dificultades y una fortaleza capaz de superar los duros embates de la naturaleza, de los hombres, de los demonios y de la muerte.
     Según la expresión de Jesús, los discípulos tenían sólo una fe débil, pero no se separaban de Cristo. El Señor, compasivo y misericordioso, hizo por ellos lo que le pedían. Así nosotros, en la tranquilidad o en la tormenta, acudiremos a Jesús con mucha fe, con mucho amor, pase lo que pase, porque “al que ama a Dios y cumple su voluntad, todo lo que le suceda es por su bien”.
      Si nuestra convicción fundamental es Cristo, Camino,Verdad y Vida, será normal preocuparnos por nuestras dificultades personales, familiares, de nuestro país y de nuestro mundo; pero por la fe en Cristo, no nos dejaremos dominar por el miedo, la cobardía y menos por la desesperación.
     La fe no elimina las situaciones de peligro, ni transforma nuestra vida en un paraíso terrenal. Lo que cambia con la fe en Cristo es la forma de encarar la vida, con confianza, con seguridad y alegría, con la certeza de que Dios conduce los hilos de la vida por oscuros vericuetos, pero siempre hacia una meta de gozo y de paz.
     No tengamos miedo. Nuestra fe nos une a Cristo en oración profunda, humilde, constante. Confianza ilimitada en su poder y en su providencia amorosa. Y al mismo tiempo, esa fe en Cristo nos mueve a utilizar los talentos, pocos o muchos, que el Señor ha confiado en nuestras las manos, para nuestro propio bien y para servir y ayudar a nuestros prójimos.
     Amiga, amigo: Recibir a Cristo en la Eucaristía es una auténtica experiencia de fe y de amor, que nos fortalece y nos impulsa a la acción a favor de nuestros semejantes, para que ante los peligros y tempestades del mundo, la barca de la Iglesia navegue siempre con seguridad, confiada en el poder de Jesucristo y en la intercesión amorosa de María, Madre de Dios y Madre nuestra.       

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