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Domingo, 21 de Abril 2019

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Suplementos | El Evangelio es alegre y es nuevo, porque es el mensaje de amor de Dios a los hombres

La Ley es vivir el amor

El Evangelio es alegre y es nuevo, porque es el mensaje de amor de Dios a los hombres

Por: EL INFORMADOR

Para el amor fue creado el hombre, para que libremente busque a Dios, libremente le ame, libremente le sirva y... libremente se salve. ESPECIAL /

Para el amor fue creado el hombre, para que libremente busque a Dios, libremente le ame, libremente le sirva y... libremente se salve. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Levítico (19,1-2.17-18):

“Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (3,16-23):

“El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos”.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):

“No hagáis frente al que os agravia”.

GUADALAJARA, JALISCO (19/FEB/2017).- La palabra evangelio viene del idioma griego (evangelos) y significa buena nueva. El mensaje nuevo hace dos mil años llegó del cielo a la tierra, con la presencia del Hijo de Dios.

Y ese mismo anuncio, antiguo y siempre nuevo, ha renovado muchas vidas cuando ha hecho eco en muchos corazones.

Es alegre y es nuevo, porque el Evangelio es el mensaje de amor de Dios a los hombres; amor puro e infinito hasta entregar al Hijo Único a la muerte, y entregarse el Verbo hecho carne hasta la muerte, y muerte en el suplicio de la crucifixión.

Una leyenda oriental habla de un rey recorría caminos y más caminos asistiendo a sus vasallos, y siempre con un libro en mano para leerlo, por sus ansias de adquirir sabiduría. Pues bien, este rey pidió a los sabios de su reino algo no sólo difícil, sino imposible: un libro, uno solo, con toda la sabiduría de los hombres. “No podemos”, le respondieron.

Para Dios no hay imposibles: tal sabiduría está contenida no en un libro, sino en una sola página: el Calvario. Una página escrita con la sangre del Hijo y las lágrimas de la Madre, es admirable síntesis del amor. No hay amor más grande que el de quien da la vida por justos y pecadores.

El Evangelio, la buena nueva, es Cristo; y Cristo es el amor, y su enseñanza es “ámense unos a otros como yo los he amado”.

El Evangelio es vivir el amor.

Vivir el amor, y no como algunos neciamente pronuncian una frase falsa, equivocada: hacer el amor. El amor no se hace, se vive. Vive el amor el recién nacido, cuando descubre el rostro de quien lo llevó en sus entrañas.

El poeta Virgilio, gigante de las letras clásicas, en su Égloga cuarta expresa ese amor: “Empieza, oh niño, con una sonrisa a conocer a tu madre”. Una sonrisa del niño a la madre y una sonrisa de la madre al pequeño, eso es el amor.

Y amor es un sol con miles de rayos de luz, ya que de mil maneras se vive el amor.

Un día 14 de febrero, el conductor de un programa de radio entrevistó a un señor ex presidente municipal, sobre la fundación de Guadalajara y sobre el Día del Amor. La respuesta, muy sabia, sobre el segundo tema fue: “El amor en mi casa”. Sin duda los oyentes, con el auxilio de la imaginación, vieron la mesa familiar, la esposa, los hijos, las personas de servicio, todos viviendo –sí, viviendo– el amor todos los días, cuando hay alegrías y cuando asoman las inevitables preocupaciones, los problemas, las enfermedades, el dolor. Porque el dolor es cercano, casi gemelo, del amor.

El domingo pasado la Palabra de Dios aclaró el privilegio de esa prerrogativa única del ser humano, la libertad. Sólo es capaz de amar quien es libre. No hay amor a fuerzas. Para el amor fue creado el hombre, para que libremente busque a Dios, libremente le ame, libremente le sirva y... libremente se salve.

José Rosario Ramírez M.

El amor siempre es seductor…

Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.

Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración de su pueblo, enfrentándose al clima general de odio que se respiraba en su entorno, proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os calumnian”.

Su lenguaje es escandaloso y sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse sino en amar incondicionalmente a todos. Quien se sienta hijo de ese Dios, no introducirá en el mundo odio ni destrucción de nadie.

El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús, dirigida a personas llamadas a una perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos incluso de sus enemigos.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón.

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.

Pero no se trata sólo de no hacerle mal. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos alegrándonos de su desgracia.

El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Sólo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

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