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Viernes, 18 de Octubre 2019
Suplementos | La revelación es la acción por la que Dios manifiesta el concepto de divinidad

La Epifanía del Señor

La revelación es la acción por la que Dios manifiesta al hombre el concepto verdadero de la divinidad

Por: EL INFORMADOR

La felicidad de los magos, después de su largo y arduo camino, fue haber encontrado a Cristo. ESPECIAL /

La felicidad de los magos, después de su largo y arduo camino, fue haber encontrado a Cristo. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA    
Lectura del Libro de Isaías (42,1-4.6-7):

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34-38):

“Está claro que Dios no hace distinciones”.

EVANGELIO
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (3,13-17):

“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

GUADALAJARA, JALISCO (08/ENE/2017).- Después de largo y arduo camino guiados por una rutilante estrella, los tres reyes magos procedentes de Oriente llegaron al humilde pesebre de Belén donde encontraron al recién nacido Jesús. Se postraron ante el Niño, entregaron sus regalos y lo adoraron. Así se cumplió la revelación de Dios ante los hombres.

La revelación es la acción divina por la cual ha manifestado Dios al hombre el concepto adecuado y verdadero de la divinidad, “porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles”. Por eso el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios. Dios ha querido comunicar su propia vida divina a los hombres, libremente creados por Él, para hacer de ellos, mediante su Hijo Jesucristo, sus hijos adoptivos. Así Dios hace a los hombres capaces de conocerle, de responderle, de amarle. Dios habló a Noé, a Abraham, a su pueblo de Israel: “Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres, por ministerio de los profetas: últimamente, en estos días”.

En el cuarto Evangelio es constante la revelación de Dios por medio de su hijo. Una de las primeras en el tiempo es esta, que narra San Lucas: “Había en la región unos pastores que pasaban la noche en vela cuidando, por turnos, su rebaño. Se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz y ellos se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: Les traigo una gran noticia, una gran alegría, que es para todo el pueblo: ¡Hoy ha nacido el Salvador, que es el Mesías, el Señor, en la ciudad de David! Esta es la señal: lo encontrarán envuelto en pañales y recostado en un pesebre’”. Ellos, alegres, agradecidos, se postraron ante el niño y lo adoraron. Bienaventurados los limpios de corazón, los humildes: ellos vieron a Dios. Así les fue revelado a los pastores, los primeros, el misterio de Dios. Siguieron luego los magos de Oriente.

Con una estrella Dios rompió el velo de la oscuridad y llamó a los judíos; también para ellos se reveló. Así se cumplía lo anunciado por los profetas: que también los gentiles, o sea los no judíos, son herederos de las promesas. En esta forma se manifestaba, pues, que el Mesías esperado no era exclusivo del pueblo de Israel, sino salvador de todos los hombres. La Santa Iglesia Católica no es una ciudad amurallada dentro de la cual se encierren los católicos. Los obispos de todo el orbe reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965). en distintas maneras y con grande alegría expresaron la universalidad de la salvación que trajo el Señor Jesús, y que la misión de la Iglesia es universal -católica-, que no distingue ni excluye a nadie por el color de la piel, ni por la lengua, ni por la cultura, ni, mucho menos, por su condición económica o social.

La felicidad de los magos, después de su largo y arduo camino, fue haber encontrado a Cristo. Santo Tomás de Aquino ha demostrado que la felicidad verdadera no está en los bienes pasajeros: “Así como el hombre percibe su primera perfección, que es el alma por la acción inmediata de Dios, así también recibe inmediatamente del mismo su última perfección, que es la felicidad perfecta y sólo en Él descansa; lo cual hasta se manifiesta por el deseo natural del hombre, que en ninguna cosa descansa, sino sólo en Dios”. Quienes encuentran a Dios, como lo hicieron los magos, encuentran la verdadera felicidad.

José Rosario Ramírez M.

Experiencia de fuego…

Desde la tradición bíblica el fuego representa al Dios vivo, los hebreos le daban el símbolo de “santidad incandescente” de Dios, atractiva pero al tiempo terrible. Dios = fuego que atrae, calienta, ilumina y regenera, también quema, devora, trasforma y purifica.  El teólogo francés Olivier Clement subraya la importancia de esta simbología básica en esta “época nocturna”  de materialismo, escepticismo y frívolos sincretismos religiosos. Desde su postura, es urgente encender en el corazón del hombre moderno el deseo y la pasión por el Dios vivo. Es la tarea primera y decisiva para que cada individuo tenga un sentido real de vida que trascienda.

Cada vez es más común ver que la Iglesia bautiza con agua a los niños presentados por padres de fe vacilante, casi apagada o incluso totalmente apagada. Por ello es importante un “bautismo de Espíritu y de fuego”  que recuerde a todos que el primer gemido de ese niño recién nacido y el último suspiro cuando esté agonizando no hacen sino gritar la necesidad que tiene todo ser humano de un ser supremo, Dios.

La primera tarea es despertar el deseo de Dios, desbloquearlo y hacerlo crecer. Purificar una cierta religión que no cesa de proyectar sobre Dios las obsesiones individuales y colectivas de los hombres para manipularlo como a un ídolo, y devolver a la celebración su contenido de alabanza y acción de gracias a Aquel en quien “vivimos, nos movemos y existimos”. La fe es un itinerario personal que cada uno hemos de recorrer. Es muy importante, sin duda, lo que hemos escuchado desde niños de nuestros padres,  educadores, sacerdotes y predicadores. Pero lo que es aún más importante es cuestionarnos: ¿En quién creo yo? ¿Creo en Dios o creo en aquellos que me hablan acerca de Él? ¿Cómo creo y a dónde me lleva mi creencia? No hemos de olvidar que la fe es siempre una experiencia personal que no puede ser reemplazada por la obediencia ciega a lo que nos dicen otros. Desde fuera nos pueden orientar hacia la fe, pero cada uno es responsable de abrirse a una experiencia personal, desde el silencio de donde emana la palabra que da respuesta para experimentar a Dios que está dentro de cada uno de nosotros.

Termina el tiempo litúrgico de la Navidad. Todo vuelve a ser como siempre. Pero hay algo que debe quedar grabado a fuego en nuestro corazón: Jamás hemos de sentirnos solos, excluidos o perdidos; nunca hemos de hundirnos en la vergüenza o la desesperación. Dios nos espera siempre en el silencio de su amor infinito. Podemos acercamos a Él sin temor.

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