Suplementos | El evangelista San Marcos inició su inspirado mensaje ya con la vida pública del Señor Jesús Maestro Él es el supremo y definitivo profeta, lo dice la revelación. Y luego confirma lo que dice, con hechos, con signos, con portentos, con milagros... Por: EL INFORMADOR 2 de febrero de 2009 - 08:32 hs El evangelista San Marcos inició su inspirado mensaje ya con la vida pública del Señor. En el primero de sus capítulos presenta a Cristo Maestro, rodeado de quienes de sus labios escuchan un mensaje nuevo, una sabiduría antes nunca expuesta. El escenario es Cafarnaúm, en ese siglo ciudad importante de Galilea, al noroeste del lago de Getsemaní, en donde muchas veces el Señor predicó y donde se mostró como el Mesías esperado, con los milagros con que allí a muchos favoreció. Ya había llegado la “plenitud de los tiempos”, ya estaba presente el esperado, el anunciado. En la epístola a los Hebreos está la aclaración: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres, por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos”. Enseñaba no como los escribas, sino como quien tiene autoridad Por eso, allí en la sinagoga de Cafarnaúm los oyentes quedaron asombrados. Él es el supremo y definitivo profeta, lo dice la revelación. Y luego confirma lo que dice, con hechos, con signos, con portentos, con milagros. Cuando los dos discípulos originarios de Emaús volvían tristes a su aldea después de la crucifixión del Señor, “Él mismo se les acercó y los acompañó, pero sus ojos no podían reconocerle”. Les preguntó de qué iban hablando y Cleofás le dijo: “Lo de Jesús Nazareno, varón profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo” (Lucas 24, 19). La misión de la Iglesia es evangelizar En el sentido propio, los hombres escogidos por Dios para llevar a los demás hombres, a sus hermanos, la Buena Nueva, son apóstoles, porque son enviados; y son discípulos porque el mensaje lo recibieron de Cristo, el único a quien con toda propiedad se le ha de llamar Maestro. La Iglesia nació con el signo de enviada, es decir, misionera. Enviados fueron los once, que recibieron la misión de ir a todos los pueblos y naciones. “Vayan por todo el mundo”, les ordenó el Señor. Con ese espíritu ha caminado siempre, portadora del mandato divino, y siempre, también, en diálogo conforme a los tiempos y las circunstancias. Ahora, siglo XXI, en esta América, el “Continente de la Esperanza”, la Iglesia de América Latina y el Caribe, con su responsabilidad de mensajera eficaz, reunió en mayo de 2007 a los obispos representantes de estos países y, juntos en oración y estudio, en Aparecida, Brasil, redactaron un documento conclusivo que es el plan de trabajo en su deber. La alegría de ser discípulos y misioneros de Jesucristo Con este título inician el número 28 dentro del capítulo I. Todo el documento está dispuesto en diez capítulos, una introducción y una conclusión. Allí manifiestan su entusiasmo: “En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga, sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo”. Y continúa: “La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino pidiendo limosna y compasión”. Se trasluce en sus palabras, además de la alegría de ser misioneros --mensajeros--, el entusiasmo fresco y puro como el de los primeros discípulos. Un viento nuevo para hinchar las velas de la nave de la Iglesia de América Latina y el Caribe. Mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad Éste es el título del capítulo II del documento de Aparecida. La mirada abarca la situación sociocultural; la económica; la sociopolítica; la biodiversidad ecológica; la Amazonia y la Antártica; los pueblos indígenas y afroamericanos. Todos éstos son campos para la empresa de evangelizar, catequizar, dirigir y guardar o cuidar. Mas es grande su entusiasmo. Se percibe un signo claro de profetismo auténtico, de que van en verdad como heraldos de la Buena Nueva, de que van porque son enviados --apóstoles-- y han sido y serán discípulos. Misión de los discípulos al servicio de una vida plena Éste es su empeño, es el llevar un mensaje más alto, más allá de los afanes materiales, sin descuidar éstos, porque el hombre es ciudadano de su país y es peregrino hacia la patria eterna. Pero no quedarse solamente con la fascinación de las cosas terrenas. Los medios masivos de comunicación, y singularmente la televisión, pregonan y exaltan todos los nuevos prodigios --así los llaman--, y hablan complacidos de todo eso con el nombre de progreso. Es cierto que la humanidad experimenta adelanto en muchos aspectos, por la ciencia, por la técnica. Pero la palabra progreso puede tener un valor limitado. El hombre ha dominado a la naturaleza cada día con mayores recursos, pero la degradación del medio ambiente es manifiesta; preocupa el desgaste de los recursos naturales, la ruptura de los equilibrios vitales. Y más todavía: la destrucción del hombre, a través de la guerra, el hambre, las drogas y otros vicios. A medida que los hombres técnicamente están mejor preparados, se sienten más desprotegidos ante sí mismos, a la intemperie, ante la muerte, el absurdo, la crueldad, la miseria, el hambre. La carencia de valores espirituales por la fascinación de las cosas materiales, provoca un vacío. Así la vida del hombre no es plena. Los discípulos misioneros pretenden una vida plena. Cuantos lo han intentado, han fracasado. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, dijo San Ireneo, pensador, teólogo profundo. Aquello que no es bueno, no debe ser El mito del “progreso” tuvo su origen en el pensamiento de Descartes: “La ciencia nos hará dueños y poseedores de la naturaleza”. Y vino el progreso, mas la misma palabra significa camino, movimiento. ¿Hacia dónde? Un pleno desarrollo y florecimiento del hombre es el verdadero progreso. Se necesita unir la conciencia a la ciencia, para que el progreso sea como el hombre: materia y espíritu. Las ciencias técnicas son instrumentos de ese ser superior, inteligente, dotado de voluntad, y ésta es libre y debe ser el hombre el amo y señor del espacio y del tiempo. El espíritu utilitarista y de sólo dominio, no es humano. El “homo faber” que fabrica para tener qué comunicar, es una verdad cruel. El “homo sapiens” no se olvida de sí mismo, tiene presente siempre que es peregrino, que va de paso por el tiempo y que llegará a un final. Dios es Alfa --principio-- y es Omega --fin--, y entre su principio y su fin, consciente de su ser espiritual, no se habrá de contentar con las cosas materiales. El verdadero progreso ha de ser espiritual, sin prescindir de la presencia y la intervención de Dios en la vida de cada uno en particular. El “homo sapiens” bien entendido llevará una vida plena, cuando sus obras de cada día sean como de quien piensa que es eterno y construye como que va de paso. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones