Lunes, 03 de Noviembre 2025
Suplementos | Decir semejante no es decir igual; sí fue hombre, pero Hombre perfecto

Hombre a plenitud

Jesús vivió permanentemente en lucha, a contracorriente de las ideas y costumbres de sus contemporáneos

Por: EL INFORMADOR

Una de las tendencias que aún prevalecen, y en forma considerable, entre los cristianos católicos, es a desvirtuar la persona humana de Jesucristo. Esto se ve reflejado en la creencia que muchos tienen, de que por ser Dios, Él fácilmente realizaba acciones que a nosotros, como humanos, se nos dificultan, nos cuestan esfuerzo, sacrificio, renuncia y hasta dolor llevarlas a cabo.

Continuamente escuchamos de personas que se reconocen católicas, que, ante la necesidad o el deber de tener cierto comportamiento, o ejecutar algo que humanamente es difícil, y a la par se alude que siendo Jesús el testimonio vivo y el ejemplo por excelencia ejecutó algo igual o similar, decimos o escuchamos expresiones por el estilo de: “Bueno, pero si Él era Dios”, “Qué chiste... Él era Dios”, “Así qué mérito, si Él era todopoderoso porque era Dios”, y otras tantas.      

Pues bien, es preciso saber y entender bien, y por ende creer, que esto nunca fue así. Que Jesús es verdadero Dios, pero también verdadero hombre, y que como tal, fue semejante en todo a cualquier hombre, menos --lo dice la Escritura-- en el pecado. (Cfr- Heb. 4, 15).

La misma Escritura afirma esto, y cómo fue una decisión tomada por el Padre y asumida con total obediencia por Jesús. La carta a los Filipenses señala: “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz... (3, 6-89).

Decir semejante no es decir igual; sí fue hombre, pero Hombre perfecto, y como tal, muy diferente a los demás hombres en su ser y su quehacer.

La vida de Jesús no fue nada fácil. Vivió permanentemente en lucha, a contracorriente de las ideas y costumbres de sus contemporáneos, en la dura tarea de desenmascarar una religiosidad oficial que era la de los que mandaban. Vivió además en un tiempo y una raza apasionada, pues los judíos de entonces se enardecían con sólo tocarles. Y en medio de ellos Jesús vivió su tarea con una serenidad, no hay en su vida altibajos, exaltaciones o depresiones. Hay, sí, momentos más intensos que otros, pero todos dentro de un prodigioso equilibrio desconocido en el resto de los humanos.

La nota dominante de la vida de Jesús es la de un recogimiento silencioso, siempre igual a sí mismo, siempre tendiendo al mismo fin. Cargado con la más elevada misión, tiene siempre el ojo abierto y el oído tenso hacia todas  las impresiones de la vida que le rodea. No habla sólo en imágenes y en parábolas: testifica, en medio de la mayor tensión, una paz interior y una alegría espiritual tales como ningún profeta las había conocido.

Él, que no tiene una piedra donde reposar la cabeza, no habla como un hombre que ha roto con todo, como un héroe de ascesis, como un profeta extasiado, sino como un hombre que conoce la paz y el reposo interior y puede darlos a los otros.

Jesús fue un hombre, pues. No un titán. No un superhombre. Jamás los evangelios le muestran rodeado de fulgores, con esa aura mágica con la que los cuentos rodean a sus protagonistas. En Jesús hasta lo sobrenatural es  natural; hasta el milagro se hace con sencillez. Y cuando --como en su transfiguración-- su rostro adquiere luces más que humanas, es Él mismo quien trata de ocultarlo, pidiendo a sus apóstoles que no cuenten lo ocurrido. Quienes un día le llevaron a la cruz, nunca temieron que pudiese escapar de sus manos con el gesto vencedor de un “Superman”.

Al iniciar esta Cuaresma, en este primer domingo, el Evangelio nos narra cómo Jesús, el hombre, es llevado al desierto, pues necesitaba esa preparación

para realizar su obra redentora; ahí, solo, lidia con las tentaciones que cualquier ser humano enfrenta en su vida, y sale airoso gracias a la conjunción de dos acciones: la de Él mismo, con su esfuerzo, su fidelidad, su obediencia, su fortaleza, etc., y desde luego la de Dios Padre, que al final envía a sus ángeles, dado que, como todo hombre, necesitaba de su auxilio. Ésta y otras pruebas más nos hacen ver cómo para nosotros, seres humanos, todo es posible si se conjugan ambas acciones: la nuestra y la de Dios.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx         

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