Viernes, 31 de Octubre 2025
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Hijos de Dios

Jesús se encuentra con Juan el Bautista para ser bautizado

Por: EL INFORMADOR

     El Evangelio de este domingo nos relata cómo Jesús, sin necesitarlo, va donde se encuentra Juan el Bautista para ser bautizado. Es muy grande la trascendencia de este acto del Señor; por lo demás, toda palabra, toda iniciativa y todo acto de Jesús tenían como propósito una enseñanza para sus seguidores. De las enseñanzas que nos quiso dar con su bautismo, hoy fijamos nuestra atención en la que destaca la importancia de recibir y vivir nuestro bautismo. Para ello analicemos algunos aspectos de este sacramento.

     El agua lava o purifica, y en muchas culturas o religiones se ha acostumbrado realizar con agua un rito de “purificación”, simbolizando arrepentimiento por las faltas cometidas.

     En Palestina, en tiempos de Jesucristo, apareció Juan, el pariente del Señor, bautizando en el río Jordán e instando a los judíos a arrepentirse de sus pecados: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos. Yo os bautizo en agua para la conversión” (Mt 3, 2; 11).

     Sin embargo, dicho rito bautismal no tenía ni tiene en realidad eficacia alguna para perdonar los pecados: era y es a lo más una figura, una preparación para el verdadero Bautismo Sacramental instituido por Jesucristo.

     Un día Jesús, ante el asombro del Bautista, pidió ser bautizado y, según San Agustín, “no porque hubiera tenido Él necesidad de ser purificado, sino para purificar las aguas bautismales con el contacto de su carne divina y comunicarles la virtud de purificar a los que después fueren bautizados”.

     Ese fue, según los Padres de la Iglesia, el momento en que el bautismo invitando a la conversión fue elevado al rango de Bautismo Sacramental, con toda la eficacia que le confiere el poder del Espíritu Santo.

     El Bautismo “es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta de acceso a los otros Sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y hechos partícipes de su misión”. (Catecismo de la Iglesia Católica No. 1213).

     La palabra clave de la definición es “regenerados”, o sea que somos generados nuevamente, nacidos de nuevo. Así como nacemos a la vida natural por medio de los padres, nacemos a otra vida superior en el Bautismo.      Cuando Jesús dijo: “He venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10), nos estaba prometiendo la Vida Divina que Él tiene desde la eternidad, como Hijo de Dios. Es designio eterno de Vida el que los hombres lleguemos a participar de su Divinidad. Es lo que llamamos Gracia Santificante.

     Nuestro Bautismo es el acto y el momento más importante de nuestras vidas. Si debemos agradecer a nuestros padres naturales el habernos comunicado la vida humana, ¡cómo podremos agradecer a Dios el comunicarnos su Vida Divina! La Gracia es evidentemente el don más extraordinario y preciado del cristiano. Por eso muchos cristianos celebran su caumpleaños en el aniversario de su bautismo.

     Así pues, el Bautismo, al comunicarnos la Vida de la Gracia que no es otra cosa que la Vida Divina, nos hace hijos de Dios Padre, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo e hijos de María Santísima, miembros de la Iglesia y participes de sus méritos infinitos, imprimiendo en nuestras almas un carácter indeleble. Pero aún hay más: el Bautismo nos hace santos, pues la santidad consiste precisamente en vivir en Gracia de Dios, es llevar en nosotros la misma Gracia Divina. “Sean santos como vuestro Padre Celestial es Santo”, es el deseo de Jesucristo.

    Finalmente compartimos una anécdota que resalta todo lo dicho, especialmente la trascendencia de tener la conciencia del valor de nuestro Bautismo: Cierto día, cuando el Rey de Francia le reclamó a una camarera diciendo: “¡Mira que soy el Rey de Francia!”, la mujer, con toda seguridad y orgullo, le respondió: “¿Y no sabéis Vos, majestad, que yo soy hija de Dios por mi Bautismo?”.

     Valoremos en toda su dimensión el gran don de nuestro Bautismo, y, sobre todo, vivámoslo intensa y auténticamente.  

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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