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Martes, 22 de Octubre 2019
Suplementos | Mediante la fe, el hombre trasciende sus propios límites y se abre a Dios

Fidelidad a la fe

Mediante la fe, el hombre trasciende sus propios límites, vence de segura manera su propia finitud y se abre a lo ilimitado, a lo infinito, hacia Dios

Por: EL INFORMADOR

La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. ESPECIAL /

La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura de la Profecía de Habacuc (1,2-3;2,2-4):

“El justo vivirá por su fe”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a Timoteo (1,6-8.13-14):

“Dios ha dado un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”.

EVANGELIO
Lectura del Evangelio según San Lucas 17,5-10:

“Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

GUADALAJARA, JALISCO (02/OCT/2016).- El hombre es, por su misma naturaleza, un ser abierto al misterio. No es simplemente “algo”, una realidad neutra e impersonal, una cosa más entre las muchas cosas o entre los seres del mundo. El hombre es alguien, es una persona, un ser del todo original, único e inconfundible en el universo.

Es un ser dotado de inteligencia, de imaginación, de sentimiento, de memoria; es un ser consciente, dueño de sí mismo, responsable de sus actos ante su propia conciencia, ante las otras personas y, en definitiva, ante Dios.

Porque es inteligente y libre, porque es persona, el hombre, en cuanto llega al uso de razón, ya está orientado hacia el misterio: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué hay más allá de esta vida? ¿Qué es el bien? ¿Cuál es el mal? ¿Quién hizo cuanto me rodea? ¿Para qué? ¿Qué debo hacer?

Este manojo de interrogaciones es señal de esa tendencia innata y fundamental del hombre a buscar aquello que está más allá de lo que sólo perciben los sentidos.

Alguien escribió que el hombre es una obra no acabada; que la comenzó Dios y no le dio la última mano. El hombre es un perpetuo proyecto, y a cada uno le corresponde irse haciendo, irse acabando, irse perfeccionando.

En el lenguaje de los ascéticos —que es la doctrina de la santidad, con ciencia y arte para adquirirla—, se llama perfecto, o santo, a quien con tesón, con silenciosa y perpetua labor, ha cultivado su yo interior hasta alcanzar la altura deseada: la santidad.

El hombre todo lo ha recibido en germen y a él le toca perfeccionarlo con su propia acción, mas no está solo, Dios, con su poder, su sabiduría y su amor, se comunica con el hombre, lo ilumina y lo fortalece.

Mediante la fe, el hombre trasciende sus propios límites, vence de segura manera su propia finitud y se abre a lo ilimitado, a lo infinito, hacia Dios.

Dios se revela —es decir, se manifiesta— por medio de hechos y palabras, y llega su mensaje hasta lo profundo del ser. Entonces responde el hombre, y por la fe empieza su camino de salvación.

La fe es un don divino gratuito; por eso es don: es regalo y, es, por parte del hombre, el acto voluntario con el que el hombre responde, se compromete.

En este Siglo XXI corren noticias de quienes un día dejaron de creer. Muchos, seducidos por las atractivas luces de Bengala siempre novedosas, llamativas siempre, mas no siempre auténticas —además, fugaces—, han perdido la estrella que lleva al pesebre, al portal de Belén, donde está la “luz que vino a iluminar a todos los hombres”, el que es camino, verdad y vida.

Con la eficacia y abundancia de los medios masivos de comunicación y eso llamado globalización, van y vuelven, vuelan con alas ligeras, ideas, corrientes del pensamiento filosófico, actitudes religiosas, opiniones, soluciones, recetas para alcanzar la felicidad y respuestas —unas nuevas, otras antiguas o vueltas a presentar— para encontrar el verdadero sentido de la vida.

Ante tal abundancia de ofertas, los desprevenidos, o los distraídos o ligeros de pensamiento, con suma facilidad toman por verdad lo que muchas veces es una visión limitada y una senda torcida. Dejan el camino por tomar inciertas veredas.

Otros, de aquí y de allá toman lo que les conviene, cierto sincretismo religioso; y más aún, se hacen, para sí mismos, una moral acomodada a sus gustos, por supuesto la más fácil, la más llevadera, la que no comprometa, la que no cuenta.

José Rosario Ramírez M.

Necesidad de creer

“En algo hay que creer” es una expresión que se repite frecuentemente y que, pese a ser tan imprecisa y desvaída, encierra una gran verdad. Todo ser humano cree de hecho en algo, en el sentido de que tiene su confianza puesta en ese algo que le da orientación y sentido. Incluso los que no creen, esto es, los que carecen de fe religiosa, son a su manera creyentes, creen en “algo”, creen (y son frases que posiblemente todos hemos oído alguna vez) en la libertad, en la justicia, en el progreso o en la ciencia.

Porque, de hecho, en la vida humana, es imposible traducirlo todo a evidencias inmediatas y hay que dejar siempre un espacio a la confianza en ese “algo” que no es objeto de certeza actual o experiencia directa, sino de deseo y de esperanza. Hasta los positivistas más acérrimos, que dicen confiar sólo en la ciencia positiva, hacen con ello profesión de una cierta fe, pues confían (sin evidencia) en que la ciencia irá desvelando en el futuro todos los misterios de la naturaleza.

La relación que los discípulos de Jesús tenían con él era una relación de fe. No eran sólo aprendices de una doctrina o de una cierta forma de vida, sino que estaban ligados al Maestro por una relación de profunda comunión vital, que implicaba reconocer y confesar en él al Mesías de Dios. Más allá de la evidencia de su realidad humana, sus palabras y sus hechos invitaban a una actitud real: creer que en él se cumplían efectivamente las antiguas promesas contenidas en la ley y los profetas. Los discípulos habían sido testigos en numerosas ocasiones de cómo Jesús alababa la fe de aquellos que le pedían curación, liberación o perdón.

Posiblemente sentían que la fe que profesaban por el Maestro se tambaleaba a veces, especialmente cuando experimentaban la enemistad y las amenazas que provenían de gentes dotadas de autoridad y prestigio. Y es que, efectivamente, la fe se pone a prueba ante las dificultades de todo tipo que nos rodean.

En el texto evangélico podemos tener la impresión de que tras la breve catequesis sobre la fe, Jesús cambia de tercio y se pone a hablar de algo totalmente distinto. Pero, en realidad, existe un profundo vínculo entre las dos enseñanzas. Si, como hemos dicho, la fe se alimenta de la palabra de Jesús escuchada, acogida y puesta en práctica, la alusión al servicio no es casual. La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. Citando al P. Félix Rougier, M.Sp.S “Haz lo que tengas que hacer, lo demás lo hará Él”.

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