Suplementos | Cristo no condena las riquezas, sino el mal uso de ellas Eviten toda clase de avaricia Cristo no condena las riquezas, sino el mal uso de ellas Por: EL INFORMADOR 3 de agosto de 2013 - 23:01 hs / • Una oración Señor Jesús Rey de todos los corazones que te aman y que se aman mutuamente en familia, te presentamos nuestras familias para que tu amor sea cohesión en cada uno de sus participantes, y para que las familias desunidas o en conflicto vuelvan a la unidad primigenia que un día les hizo decidir ser familia. Te lo pedimos por intercesión de la Virgen Santísima de Guadalupe que quiere ser madre de todos los mexicanos. Amén. María Belén Sánchez, fsp • Eviten toda clase de avaricia En el capítulo duodécimo del evangelio de San Lucas hay una escena en la que el tema sobre el uso de los bienes materiales adquiere más amplia visión, en la voz de Jesús, el hijo de Dios. En medio de la multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”, pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de las herencias?” y dirigiéndose a la multitud dijo: “Eviten toda clase de avaricia”. Cristo no condena las riquezas, sino el mal uso de ellas, las riquezas son regalos de Dios, y quienes así lo han entendido, han sabido agradecer ese regalo como se agradecen otros regalos divinos: el talento, la inspiración y la sensibilidad del artista, el ingenio, la gracia, la salud y la misma vida. Pero deben entender quienes ha recibido riquezas, como quienes han sido enriquecidos con otros dones, que cuanto se ha recibido tiene una función social. Nada es solamente para sí mismo, ni para los limites del tiempo, todo tiene función social y trascendental. Cuando el hombre olvida que sólo es administrador de cuanto tiene —incluso el tiempo y la vida— es cuando entra el desorden. Este es la usura y otros muchos medios para acumular riqueza: fraudes, atracos, robos, secuestros, explotación de vicios, al valerse de las flaquezas humanas, de la debilidad de los débiles y de la ignorancia de los ignorantes. En este breve espacio llamado vida, que se desarrolla en el tiempo, es sabio quien siempre tiene presente que es peregrino hacia Dios; que ha sido redimido por la cruz de Cristo; que perdura lo eterno y que las cosas todas son prestadas, para su uso y bien; que la esperanza es una virtud, más en lo que pasa; que , como escribió San Ignacio de Loyola en su meditación que llama “principio y fundamento”: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios; y mediante esto, alcanzar la salvación eterna”. El cristiano tiene horizontes tan amplios, que lo hacen mirar más allá —mucho más allá—, que otros que se encierran en los límites de las cosas materiales y empobrecen su vida, cuando sólo quieren poseer lo que menos vale y habrán de dejar. José R. Ramírez M. • Alerta con la codcia No cabe duda que para vivir una vida saludable y feliz es preciso tener una jerarquía y un equilibrio en nuestros valores. Hay muchos factores que pueden causar desequilibrio: uno de ellos es la codicia. Veamos porqué. De acuerdo con el diccionario, la codicia se define como el apetito desordenado de riquezas, o el deseo vehemente de algunas cosas buenas, y está estrechamente unida a la avaricia. Ahora bien, si dejamos que nuestro corazón se afane con avidez incontrolada por poseer dinero y bienes, estaremos poniendo una barrera al amor de Dios y a nuestro amor a Dios. Jesús mismo lo denunció al decir que “ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero”(Mt 6, 24). Quien se deja llevar por la codicia, se convierte en un egoísta y en un idólatra, ya que para satisfacer sus deseos, que al final de cuentas es su único objetivo, pone su corazón en los bienes terrenales y los absolutiza, cayendo por ello, en una actitud semejante a la idolatría, que aunque ciertamente no se postran físicamente ante ellos, si ponen su corazón y centran su vida, sus acciones, sus deseos en torno ello, haciendo a Dios a un lado, desplazándolo de su vida, y sabemos que, por ídolo, se entiende todo aquello que suplanta a Dios de la vida del ser humano. Ahora bien, siendo un apetito desordenado, ese desorden puede ser tan grande que llegue a romper ese equilibrio y esa armonía, que nos proporciona un marco para esa vida saludable, feliz y colmada de bienestar. Por ello, es importante estar alertas y conocer cómo pueden darse en nuestra vida la codicia y la avaricia. Estas pueden provenir de tres fuentes: la primera es la intención, es decir, cuando se desean las riquezas por sí mismas, como si fueran bienes absolutos. La segunda son los medios que se emplean para adquirirlas, buscándolas con ansiedad, causando daños a terceros y a uno mismo. La tercera es la manera de usar las riquezas, con egoísmo y tacañería, sin compartir con los demás, especialmente con los más pobres y necesitados. Así pues es tarea de todos los cristianos, de los que deseamos sinceramente seguir a Jesús, luchar contra todo aquello que nos impulse a poner nuestro corazón en todo, menos en Dios y los bienes divinos. El Evangelio de este domingo nos advierte lo nocivo que es para la vida del ser humano dejarse dominar por la codicia y la avaricia, ya que al final de cuentas, aunque tenga muchos bienes materiales, lo pierde todo, incluyendo la vida eterna. Francisco Javier Cruz Luna Temas Fe. 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