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Martes, 15 de Octubre 2019
Suplementos | El llamamiento de Dios pide respuesta, y ésta exige un desprendimiento

Es Cristo que pasa

El llamamiento de Dios pide respuesta, y ésta exige un desprendimiento

Por: EL INFORMADOR

Si aquellos pescadores no hubieran tenido valor para dejar la barca y a su padre, tal vez allí habrían pasado el resto de su vida. ESPECIAL /

Si aquellos pescadores no hubieran tenido valor para dejar la barca y a su padre, tal vez allí habrían pasado el resto de su vida. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura del Libro de Isaías (8,23b–9,3):

“Acreciste la alegría, aumentaste el gozo”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (1,10-13.17):

“Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir”.

EVANGELIO
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (4,12-23):

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

GUADALAJARA, JALISCO (22/ENE/2017).- Así como el Señor Jesús llamó a Mateo y los pescadores Simón (Pedro), Andrés, Santiago y Juan, para seguirlo y formar parte de los que serían sus apóstoles, de igual manera continúa llamando a quienes lo escuchen, a que se conviertan y se incorporen al Reino de los Cielos.

En este domingo, el evangelista San Mateo conduce los ojos y la mente de los lectores a Cafamaúm, ciudad donde él vivía cuando el Señor Jesús paso frente a su oficina de recaudador de impuestos, y con solo una mirada y una palabra, “¡sígueme!” le cambió diametralmente y para siempre la dirección de su pensamiento y de su vida: lo transformó de publicano que era, en discípulo, apostol, evangelista y mártir. Allí en Cafamaúm, al noroeste del Lago de Tiberiades, inició Cristo la vida pública de tres años en incansable ir, caminar, pasar y predicar la Buena Nueva, la llegada de la plenitud de los tiempos, la revelación de los grandes misterios de Dios y su destino de Salvador: consumar la obra de la redención del género humano, clavado en lo alto, en la cruz. “Pasó haciendo el bien”, dijeron de ellos discípulos de Emaús, cuando creían que ya era el final de una gran campaña. Mas ésta continúa, y continuará hasta la consumación de los siglos, porque Cristo contrnúa vivo, presente y actuante en medio de los hombres, por medio de su reino, la Iglesia, sacramento de salvación ahora y aquí en este siglo XXI, donde se juega a no querer lo que vale, para aferrarse a lo que no vale. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos”. Son estas las palabras iniciales de su predicación. El Salvador busca a los hombres para hacer de ellos hombres justos. Muchos, al contrario, le han dado otro sentido a su pensar, a su querer, a su actuar. Han nacido hombres nuevos, han sepultado al hombre viejo. A ese cambio se le ha dado el nombre de conversión. Convertirse es tener como meta la senda que conduce a la cumbre, y no ir rodando y rodando hasta despeñarse en el abismo. Dios siempre les ha hablado a los hombres -antes, por boca de los profetas-, pidiéndoles dejar las sendas que conducen a la perdición, pues todos los hombres han sido creados para la eterna felicidad. El profeta Isaías, siete siglos antes de Cristo, lanzaba el grito: “¡Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de obrar el mal, aprended a obrar el bien; buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda!” (Isaías 1, 16). Sin duda que a este profeta le asignarían un asiento de honor en las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, pues la conversión no se limita a la sola persona, sino a la práctica de la justicia, y va hasta las estructuras de la sociedad y de las sociedades. Convertirse ya no solamente es no pecar, sino vivir las virtudes evangélicas. Convertirse no sólo es rezar el rosario, sino transformarse en instrumento útil, servidor eficaz en el medio en donde corren sus días.

El llamamiento pide respuesta, y la respuesta pide desprendimiento. Entra aquí el verbo dejar. La decisión supone fe, confianza, amor. Preferir a Cristo, para que las cosas y las personas queden en otro plano. Siempre algo se deja, para mucho alcanzar. Si aquellos pescadores no hubieran tenido valor para dejar la barca y a su padre, tal vez allí, en ese oficio, habrían pasado el resto de su vida.

José Rosario Ramírez M.

Propuesta Cristiana

“El reino de Dios está cerca…” Una vez más descubrimos en el pasaje evangélico la realidad de Dios, Jesús nos presenta a su Padre como un ser cercano, solidario que busca para todos lo mejor, actúa en lo más hondo de la vida y propone un camino que lleva hacia la plenitud. De tal manera que nos llama a cada uno de nosotros para que colaboremos con Él en su proyecto, pero, ¿qué es colaborar en el proyecto de Dios?, ¿en qué hay que cambiar? Cabe señalar que Jesús no sólo llama a los “pecadores” para que abandonen su conducta y se parezcan un poco más a los que ya observan la ley de Dios. No es lo que le preocupa. Jesús se dirige a todos, pues todos tienen que aprender a mirar la vida y a actuar de manera diferente. Su objetivo no es que en Israel se viva una religión más fiel a Dios, sino que sus seguidores introduzcan en el mundo una nueva dinámica: la que responde al proyecto de Dios.

Compasión ha de ser siempre el principio de actuación. Hay que introducir en el mundo compasión hacia los que sufren: “Sed compasivos como es vuestro Padre”. Sobran las grandes palabras que hablan de justicia, igualdad o democracia. Sin compasión hacia los últimos no son nada. Sin ayuda práctica a los desgraciados de la tierra no hay progreso humano.
Dignidad de los últimos ha de ser la primera meta. “Los últimos serán los primeros”. Hay que imprimir a la historia una nueva dirección. Hay que poner a la cultura, a la economía, a las democracias y a las iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna.

Impulsar un proceso de curación que libere a la humanidad de todo lo que la destruye y degrada. “Id y curad”. Jesús no encontró un lenguaje mejor. Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, sanear la vida, construir una convivencia orientada hacia el máximo de felicidad para todos.

Esta es la herencia de Jesús. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios, si no es liberando a los últimos de su humillación y sufrimiento. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión si no busca justicia, la compasión, la dignidad, y los impulsa a ser líderes cristianos capaces de trasformar la sociedad.

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