Jueves, 09 de Octubre 2025
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Envías tu espíritu y renuevas la faz de la Tierra, ¡Aleluya!

Los Apóstoles reciben el Espíritu Santo e inician a proclamar el mensaje de Jesucristo

Por: EL INFORMADOR

'Pentecostés', de Anthony van Dyck. ESPECIAL /

'Pentecostés', de Anthony van Dyck. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

• PRIMERA LECTURA:

Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

“El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar”.

• SEGUNDA LECTURA:

Primera carta del apóstol San Pablo a los corintios 12, 3b-7. 12-13

“Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”.

• EVANGELIO:

San Juan 20, 19-23

“Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo: reciban el Espíritu Santo”.


GUADALAJARA, JALISCO (08/JUN/2014).-
Era domingo. Los Apóstoles, obedientes al mandato de su Maestro de que no se dispersaran por todas las naciones hasta que recibieran al Espíritu Santo, perseveraban unidos y en oración.

Así estaban esa mañana, cuando —como lo cuenta San Lucas en su libro ''Los hechos de los apóstoles''— “de repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban”.

No hubieran llevado adelante la empresa de la salvación de los hombres sin la transformación recibida en ese glorioso día, porque al viento impetuoso siguió otro prodigio.

El Espíritu Santo —que es invisible, inaudible, intocable, puesto que es espíritu y no puede ser captado por los sentidos— se ha manifestado con signos como una nube luminosa, en el monte de la transfiguración, como una blanquísima paloma descendiendo de las alturas en el Jordan, cuando era bautizado el Señor, y ahora como lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles reunidos en oración. Fuego que arde sin quemar y que ilumina sin consumirse.

Tal vez fue un brevísimo instante, mas los efectos fueron de prodigiosa eficacia y de sempiterna duración.

Esa visita los transformó, transformar es un verbo compuesto por el prefijo ''tras'', equivalente a ''más allá'', y significa dejar una forma para tomar otra.

El cambio era radical: los antes cobardes, se tornaron ahora en valientes, atrevidos; los iletrados, ignorantes pescadores galileos, se manifiestan llenos de la sabiduría y con el don de la palabra, de la lengua y de las lenguas.

Esa misma mañana la multitud fue testigo: los de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Cirene, Roma, Creta, Árabes, escucharon por primera vez en sus propias lenguas el anuncio de la buena nueva, y quedaron admirados por tan bello mensaje y por tan singulares, grandes heraldos.

Si en Babel ocurrió la confusión de lenguas, en este Pentecostés fue la unidad en un solo mensaje: el Hijo de Dios se hizo hombre para salvar a todos los hombres, sin distinción de pueblos, razas, lenguas, culturas.

Oculta, pero siempre operante, es la presencia del Espiritu Santo en medio de su Iglesia.

Las almas esperan al Espíritu Santo, lluvia, agua que lava, que refresca, que fecunda como a los campos cubiertos de flores y frutos cuando llega el regalo divino.

“Envías tu espíritu y renuevas la faz de la tierra ¡Aleluya! Todos, judíos y griegos, esclavos y libres, bautizados en un mismo espíritu, para formar un solo cuerpo ¡Aleluya!.

Jose Rosario Ramírez M.

El tiempo de la Iglesia

La palabra griega Pentecostés significa que la fiesta celebrada ese día tiene lugar 50 días después de Pascua. El objeto de esta fiesta evolucionó: en un principio fiesta agraria, conmemora en lo sucesivo el hecho histórico de la alianza, para convertirse al fin en la fiesta del don del Espíritu Santo, que inaugura en la tierra la nueva alianza.

En la fiesta de Pentecostés el Espíritu se da con vistas a un testimonio que se ha de llevar hasta los confines de la tierra, el milagro de audición subraya que la comunidad mesiánica se extenderá a todos los pueblos. El Pentecostés es la unificación definitiva, es la respuesta a la confusión de Babel, los pueblos se reencuentran y entienden gracias al Espíritu Santo.

El Pentecostés que reúne a la comunidad mesiánica es también el punto de partida de su misión, el discurso de Pedro es el primer acto de la misión dada por Jesús a sus discípulos.

Aun cuando el aspecto exterior efectuado en Pentecostés fue pasajero, el don hecho a la Iglesia es definitivo. Pentecostés inaugura el tiempo de la Iglesia que en su peregrinación al encuentro del Señor recibe constantemente de él el Espíritu Santo, que la reúne en la fe y en la caridad, la santifica y la envía en misión.

Pentecostés no es una fiesta de un día, es el compromiso de la Iglesia que se sabe salvada por la resurrección de Cristo y canta la Pascua de la liberación, en el compromiso recibido, y que sólo puede ser llevado a justo cumplimiento si cada uno es consciente de la acción del Espíritu Santo en nosotros.

No se trata sólo de celebrar y reconocer el Espíritu Santo, sino de dejarlo actuar a través de sus siete dones: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios. Para que lo manifestemos en sus frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

EL ESPÍRITU SANTO Y TÚ

"Sin Pentecostés, todas las riquezas acumuladas por la Pasión y la Resurrección del Señor hubieran quedado como en suspenso. Pentecostés es el dique que se rompe, es la enorme masa de aguas fertilizantes que se difunden por los miles de canales abiertos del Espíritu. Pentecostés es la hora en la cual se revela todo lo que Jesús había prometido. Dios citó ahí a hombres venidos de diversos puntos del horizonte conocido entonces. Frente a esos Doce compañeros de Cristo, habitados y ardientes por su Espíritu, Dios reunió simbólicamente a toda la tierra llamada a oír la Palabra de Salvación.

Han pasado veinte siglos. La faz del mundo ha cambiado mucho desde aquella lejana mañana. Los pasos de los Apóstoles han dado la vuelta al orbe: ya no hay nación en medio de la cual el nombre de Jesús no se haya pronunciado.

Sin embargo, la naturaleza de la Iglesia no cambia debido a esta dilatación del estrecho cuadro del primer Pentecostés.

Hoy como entonces, un puñado de hombres recibe la misión de prestar su corazón y su boca al Espíritu para así revelar a Cristo. Hoy como entonces, Pentecostés supone la misma audacia, la misma locura para abordar <<a todos aquellos que están sentados a la sombra de muerte>> (Lc 1, 79). Hoy como entonces, lo que es importante para la Iglesia es permitir al mensaje del Evangelio desarrollarse hasta el fin de su contenido, sin alteración ni reducción: Jesús crucificado y su Reino eterno.

De pronto, nuestra esperanza será más firme, habiendo captado bien su verdadero objetivo. No se apoyará sobre la falsa seguridad de una "Cristiandad" pacífica. No se olvidará que la Iglesia, así como Cristo, será hasta el final de los tiempos un signo de contradicción porque está construida sobre el signo de la cruz.

Pentecostés está en la dirección recta del hilo de la Pascua. Es siempre la misma tumba la que se abre a la luz del Resucitado, ahora presente en todas partes gracias a su Espíritu. Pentecostés sigue. Ojalá y nuestra Iglesia pueda renovar su fe, forjar otra vez su esperanza y encender su caridad".

Esta bella reflexión del Cardenal Roger Etchegaray nos ayudará para saber apreciar en toda su dimensión e importancia para nuestra vida cristiana personal, comunitaria y eclesial, la presencia y acción del Espíritu Santo.

Ciertamente, en la actualidad se le ha venido dando más y más su lugar, su importancia y sobre todo su reconocimiento como lo que es: La Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Quien es el continuador de la obra de Jesucristo en este mundo. ¿Qué valor tiene el Espíritu Santo para tu vida?

FRANCISCO JAVIER CRUZ LUNA

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