Sábado, 11 de Octubre 2025
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''Entonces fui, me lavé y comencé a ver...''

Para que los ojos del alma vean, primero debe haber purificación

Por: EL INFORMADOR

Curación del ciego de nacimiento.  /

Curación del ciego de nacimiento. /

GUADALAJARA, JALISCO (30/MAR/2014).- En este cuarto domingo de Cuaresma el evangelista San Juan, testigo ocular y por tanto cercano a los hechos, narra con riqueza de detalles cómo Cristo, siempre compadecido de los afligidos, de los débiles, de los desposeídos, le dio la vista a un ciego de nacimiento.

Pero en este milagro hay motivos y circunstancias con enseñanza profunda.

Una tradición  muy antigua, con abundantes referencias en el Antiguo Testamento, relaciona al pecado con  la inmediata aparición  de alguna desgracia, alguna calamidad.

Ese  ciego estaba destinado a  ser un testigo del amor de Dios. Por eso este milagro tiene signos y etapas.

Primero, ante los ojos de todos, hizo  un rito, un signo nunca antes empleado, con su propia saliva y un poco de la tierra suelta del atrio “ hizo lodo y se lo puso en los ojos al ciego”.

Otros  ciegos, con el solo imperio de la voz del maestro recobraron la vista.

Cerca de Jericó, por el camino se le acercó un ciego con un grito de angustia.

“Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” ¿qué quieres? pregunta el maestro. La respuesta es “Señor, que yo vea” y  Jesús  con una  sola palabra “ve”, le abrió los ojos. Ya  después, saltando con júbilo, lleno de agradecimiento acompañaba al Señor.

El ciego no dudó. Confiadamente obedeció y recibió el gran regalo. Para que los ojos del alma vean, primero debe haber purificación. Hay muchos ciegos en este siglo XXI que no pueden ver las maravillas de Dios, que no son capaces ni de conocerse a sí mismos, ni de descubrir el sentido de la vida, breve siempre, porque están velados, cubiertos sus ojos con intereses terrenos.

Esta ceguera no es característica de  los hombres de este siglo, porque siempre ha aparecido, se ha manifestado en cualquier época y en todas las latitudes del planeta.

Todos andaban intrigados con este ciego. “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” unos decían “es el mismo”. Otros “no es él, sino que se le parece” pero el decía “yo soy”.

Para creer se necesita humildad, y con la humildad, la obediencia. El ciego creyó, fue humilde, obedeció y mereció el milagro. En la vida de los creyentes cuando la fe es débil o cuando no la hay, entonces no es posible merecer y alcanzar los dones de parte de Dios.

Un penitente confiesa sus pecados con rubor, con vergüenza  y humildad, sufre al correr el telón y ponerle manifiesto sus culpas, sus errores. Pero cuando ha escuchado “Yo te absuelvo” puede decir como el ciego: “Entonces fui, me lavé y comencé a ver”.

José R. Ramírez M.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Primer libro de Samuel 16, 1. 6-7. 10-13

“Dijo el Señor a Samuel: Ve a la casa de Jesé, en Belén, porque de entre sus hijos me he escogido un rey”.

SEGUNDA LECTURA:

San Pablo a los efesios 5, 8-14

“Vivan como hijos de la luz. Los frutos son la bondad, la santidad y la verdad”.

EVANGELIO:

San Juan 9, 1-41

“El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: Ve a Siloé y lávate. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”.

Cuaresma a plenitud

Una de las formas más concretas de la caridad fraterna es la limosna. Es una práctica indisoluble del verdadero ayuno. Pero está lejos de limitarse al gesto material que consiste en desprenderse de su dinero. San Agustín ha previsto el error: “Es un deber el multiplicar las limosnas en este tiempo santo”. “¿Qué diré de esa obra de misericordia en virtud de la cual no hay nada que sacar de la bolsa sino que todo procede del corazón, que pierde mucho más conservándolo que despojándose de ello? Me refiero a la cólera que uno conserva en su corazón contra su hermano”. Pero la limosna junto con el perdón de las ofensas hace posible el contacto con Dios en la oración. “He ahí las dos alas sobre las que la oración vuela hacia Dios: el perdón de las ofensas y la limosna hecha al indigente”.

Si San Agustín, hablando de la limosna, hace de ella una condición para el contacto con Dios en la oración, San León ve en ella una obra de misericordia que nos atrae el perdón: “No pasemos al lado del pobre permaneciendo sordos a sus quejas, concedamos, con benévola solicitud, misericordia a los indigentes para merecer nosotros mismos hallar misericordia en el momento del juicio”.

En la misericordia Dios reencuentra su propia imagen: “Ninguna devoción en los fieles es más agradable a Dios que la que se dedica a sus pobres; allí donde Dios encuentra la preocupación por la misericordia, reconoce la imagen de su propia bondad”.

Las exhortaciones de San León durante la Cuaresma están marcadas por su mayor preocupación: caridad fraterna, perdón y limosna. Se adivina que presiente un fácil error en sus cristianos. Pudiera ser que la práctica formalista de un ayuno externo corriera el peligro de proporcionarles una coartada para una vida espiritual fácil. El Papa no lo quiere y denuncia claramente el peligro: “Abracemos, pues, este ayuno solamente con devoción solícita y con fe alerta, y celebrémoslo no con una dieta estéril, como a veces la imponen la debilidad del cuerpo y la enfermedad de la avaricia, sino con una amplia generosidad”.

San León no olvida poner el acento en la verdadera esencia del ayuno: “El todo de nuestro ayuno no reside en la sola abstención del alimento; no hay provecho en sustraer alimentos al cuerpo si el corazón no se aparta de la injusticia y si la lengua no se abstiene de la calumnia”.

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