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Miércoles, 21 de Noviembre 2018

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Suplementos | La muerte no fue para Jesús un alejarse de la vida, sino un “ir al Padre” con absoluta sumisión, obediencia y amor

¿En qué consiste la salvación?

El problema de la muerte es muy complejo. Para éste, la religión presenta una propuesta salvadora de la muerte que, en mi opinión, no puede aplicarse a casos en que la muerte se busca o se reta...

Por: EL INFORMADOR

      Sexta parte

     El problema de la muerte es muy complejo. Para éste, la religión presenta una propuesta salvadora de la muerte que, en mi opinión, no puede aplicarse a casos en que la muerte se busca o se reta, como en el caso del suicidio, o, por ejemplo, para conductores ebrios manejando a exceso de velocidad. Así, la muerte, fruto y signo del pecado que rompe con la unidad espiritual-corporal del hombre, empuja a muchos a rebelarse contra Dios.
     La concepción de la muerte, de acuerdo con la doctrina católica, tiene como punto de partida el hecho de que la oposición muerte-vida es una de las expresiones del conflicto entre el Bien y el Mal. En el Evangelio de San Juan (5, 24), Jesús mismo es la vida que comunica a quienes creen en Él, mientras que aceptar la fe significa pasar de la muerte a la vida. Para San Pablo, la muerte aparece personificada en las potencias malignas como son el pecado y el demonio. En la Carta a los Hebreos (2, 14-15) señala que la muerte de Jesús tuvo como fin reducir a la impotencia a quien tiene el poder de la muerte, es decir el diablo, y liberar a todos los que durante la vida entera estaban esclavizados por el temor de la muerte.
     El segundo aspecto es que la muerte ha sido vencida por la muerte y resurrección de Cristo. El Apocalipsis (1, 18) muestra a Jesús como dueño de la muerte: “No temas soy yo, el Primero y el Último, el Viviente, que fui muerto, y he aquí que vivo por los siglos de los siglos…”. Así, de este dominio de la muerte también participamos los cristianos: “todo es vuestro:…sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea el presente, sea el porvenir. Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).
      De esto se sigue que la muerte es un tránsito a la vida eterna. El cristiano auténtico concibe a la muerte como un tránsito, como el paso de una primera etapa, provisional y preparatoria, a una segunda etapa definitiva y remuneradora. Así, en cuanto tránsito, la muerte puede ser deseable, como en Juan (14, 28): “Si me amáseis os alegraríais, porque voy al Padre”, mientras que San Pablo se sentía dividido entre el deseo de reunirse con Cristo y el deseo de seguir trabajando apostólicamente (Fil 1, 21-23). Para el creyente la Muerte no lleva una guadaña, sino una llave de oro que abre la puerta de la vida eterna.
     La muerte no fue para Jesús un alejarse de la vida, sino un “ir al Padre” con absoluta sumisión, obediencia y amor. En nuestro tiempo no puede ser de otra manera para quien durante su existencia, aun a pesar de caer en pecado por debilidades, se ha esforzado en hacer el bien. Es una certeza basada en el amor de un Padre que, para salvarnos, nos ha dado a su mismo Hijo. Jesús convirtió su muerte en fuerza de liberación del pecado y en destrucción de la obra homicida del demonio.
     En otro aspecto doctrinal, el cristiano debe asociarse a la muerte de Cristo: “En eso hemos conocido el amor, en que Él ha dado su vida por nosotros, y nosotros también debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3, 16), así como San Pablo también nos recuerda que “En efecto, nadie de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo: si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor.” (Rom 14, 7-8). Para los cristianos, aun dentro del dolor que conlleva la muerte del ser querido, ésta se transforma en un acto de obediencia que salva.
     Finalmente, cito textualmente el documento Gaudium et Spes (18 y 22): Dios llama al hombre a “adherirse a Él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre, y ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera”. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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