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Suplementos | No es sólo hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, sino todos los días

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

No es sólo hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, sino todos los días
El misterio de la Santísima Trinidad es el central de la fe y de la vida cristiana. ESPECIAL /

El misterio de la Santísima Trinidad es el central de la fe y de la vida cristiana. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Éxodo 34, 4-6. 8-9:

“Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”.

SEGUNDA LECTURA
Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 13, 11-13:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”.

EVANGELIO
San Juan 3, 16-18:

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

GUADALAJARA, JALISCO (11/JUN/2017).- Desde hace 20 siglos una inmensa multitud de cristianos peregrinos en el tiempo, que nadie podrá contar, ha iniciado, proseguido y llevado a término sus pensamientos, palabras y acciones en el nombre de Dios, en quien cree y en quien confía; Dios que es uno sólo, pero en tres personas distintas.

El cirujano, cuando se encuentra ya en el quirófano, consciente de lo limitado de su acción humana, se dispone a poner cuanto esté de su parte en esas horas de tensión y cuidado; mas antes de tomar el bisturí para operar, eleva su mano a la frente, al pecho y a los hombros, mientras en voz baja, llena de fe, musita: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo...”

Así muchos creyentes, al abrir las puertas de la casa con las primeras luces de la mañana, y en diversas circunstancias de la vida, inician cuanto emprenden invocando la ayuda del Dios uno en tres personas distintas.

Por eso, bien pensado, hoy, mañana y todos los días son días del que es dueño y Señor de todos los días. Por tanto, no es sólo hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, sino todos los días. Si la liturgia señalaba este día en particular, se le puede considerar como el broche con que se cierran los tiempos de Cuaresma, Pascua y Pentecostés, en los que se celebra al Padre que es amor, al Hijo que es misericordia y al Espíritu Santo, sabiduría divina.

Misterio de fe. Este planeta llamado Tierra es la habitación del hombre —homo sapiens—, ser superior dotado de inteligencia que con esa facultad todo lo domina, y, a su antojo, interés y conveniencia, todo lo transforma.

Conforme va escalando el sabio los escalones del saber, cada día va convenciéndose que entre más sabe, más le falta saber; “yo sólo sé que nada sé”, dijo el filósofo. Es consciente entonces el hombre, de que sólo ha prendido una chispa del inmenso concierto de luces de todo cuanto existe.

Si un sabio y otro y mil más, en incansable sed de saber, sienten la magnitud de sus aspiraciones y la limitación de su capacidad, sienten el paso del tiempo que pasa y se va, sin duda comprenden que la persona pasará y su aportación fue sólo una burbuja.

Eso, en las cosas de los humanos. Mas, con la mirada puesta en la altura, cuando se trata de la grandeza de Dios y sus misterios, a la inteligencia humana no le queda otra actitud sino doblegarse y reconocer su impotencia.

¿Cuándo el hombre con su inteligencia va a entender el misterio de un solo Dios en tres personas? Nunca. La fe llega en el momento oportuno, es un misterio revelado.

En el Monte Sinaí, entre estruendos, rayos, nubes y tempestades, Dios manifestó su majestad a Moisés. Le dictó su ley, puso en claro su dominio total sobre lo visible y lo invisible: Dios creador, el Padre bondadoso de cuyo amor salió el cosmos, y en él este planeta, la casa para el hombre.

Dios Hijo se manifestó hecho nombre, “nacido bajo la ley, nacido de mujer”; e inmerso en la historia de los humanos, pasó haciendo el bien y coronó su acción con su muerte salvadora en la cruz, su resurrección y su retorno hacia las alturas de donde bajó.

El Espíritu Santo prometido por Cristo se reveló como huracán, con ruido y viento impetuoso, y en la suave presencia de lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles, a los que convirtió en valientes y sabios con su sola presencia.

José Rosario Ramírez M.

El centro de nuestra fe

Los cristianos somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: La Santísima Trinidad.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe.

Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los misterios escondidos en Dios, que no puede ser conocido si no son revelados desde lo alto. Dios, ciertamente, ha dejado huella de su ser trinitario en su obra de creación y en su revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

Al designar a Dios con el nombre de -quot; Padre-quot;, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida: Nadie es padre como lo es Dios.

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