Suplementos | Entrevista: Rodrigo Rey Rosa “Eludir la violencia sería difícil y poco sabio” Rodrigo Rey Rosa habita una esfera formada por los libros que ha escrito y leído, pero también los que ha imaginado y hasta hurtado. Severina es su más reciente novela Por: EL INFORMADOR 1 de abril de 2012 - 03:27 hs Las librerías, escribe el también autor de Ningún lugar sagrado (imagen), ''son como gusaneras de ideas''. / GUADALAJARA, JALISCO (01/ABR/2012).- Como estudiante de medicina, Rodrigo Rey Rosa se hartó un buen día de matar conejos y decidió convertirse en escritor. Así que viajó, observó y escribió, sin perder de vista su natal Guatemala, hasta que en 1980 conoció al narrador estadounidense Paul Bowles, con el que trabó amistad. Hoy día, el autor de Cárcel de árboles y El material inhumano, entre otros títulos, es considerado uno de los narradores más sólidos y arriesgados de Iberoamérica. Y como la protagonista de su más reciente novela, Severina (Alfaguara, 2011), profesa un amor profundo por los libros, esos “bichos que vibran y murmuran”. Con aire distraído y enfundado en sus gafas oscuras, sentado en el lobby del hotel sede del Hay Festival de Cartagena, Colombia, a donde acudió a finales de enero pasado, Rodrigo Rey Rosa explica que no ha ido a muchas ferias o festivales, pero considera que son “una celebración de la literatura, las artes y a veces hasta de las matemáticas. Para mí, viniendo de Guatemala, donde no se frecuenta mucha gente que comparta este oficio, me sirve para conocer obras y autores que no habría encontrado de otra forma”. Las librerías, escribe el también autor de Ningún lugar sagrado, “son como gusaneras de ideas”, y es precisamente en una de ellas que ocurre su historia más reciente. — ¿Cómo llegó al personaje de Ana Severina Bruguera, ladrona de libros? — De pronto. Yo había oído una anécdota, con un amigo librero, acerca de una mujer a la que habían cogido hurtando. La encerró en su librería acusándola de robarse un libro. Yo había pensado hacer un cuento con eso, pero después decidí seguirme y así se convirtió en novela. — Severina es una novela en la que se citan muchos libros. ¿De qué se nutre su literatura? ¿De otros libros? ¿De la realidad? — Creo que es el caso de todos los narradores: me nutro de la vida, pero la vida también son los libros. — Severina dice en esta novela que los libros ayudan a entendernos mejor a nosotros mismos. — No sé si los libros ayudan a entendernos, pero nos vamos construyendo de lo que oímos, de lo que nos cuentan y, en el caso de la gente que leemos, sí, nos llevan a crearnos una imagen de nosotros mismos, aunque luego es como prestada. Los libros influyen en cómo se ve uno a sí mismo, pero también hay que imaginarnos. — ¿Ha robado libros como Severina? — Sí, de joven robé. Hurté las Elegías de Duino, de Rilke, porque era un libro que yo quería y no podía pagar. Estaba viviendo en Europa, en Alemania. Encontré una edición bilingüe carísima y caí en la tentación. En ese tiempo no había sensores, así que era fácil. Robé otros más, pero ese fue el primero. — ¿Qué sintió al sustraer ese libro? — Emoción. — ¿Y esa emoción lo llevó a escribir? ¿La emoción sirve para escribir? — Escribir es, tal vez, un impulso emocional, pero volitivo y de deseo. Tengo que confesar que disfruto escribiendo, pero no siempre se puede. Siempre estoy buscando el momento propicio, pero también propicio el momento: me pongo a jugar con pluma y papel y de pronto llega algo. — ¿Es un autor metódico? — Yo diría, más bien, metódico y obsesivo. Hay cosas que me ayudan, ritos que sigo porque creo que me llevan a escribir. Hay signos, pero como soy supersticioso no me gusta contarlos. — Cuando uno lee sobre Rodrigo Rey Rosa surge regularmente una palabra: viajero. ¿Cómo han influido los viajes en su literatura? — De una manera importante. Yo comencé a tratar de escribir viajando. Con la sola idea de viajar me dan ganas de escribir, pero ya tengo casi 10 años de no hacerlo. Es decir, hago viajes cortos, como este a Cartagena. Digamos que me pasé viajando muchos años sin tener más que una maleta o dos. Así viví mucho tiempo: con el equipaje muy ligero y siempre dispuesto a viajar. Pero hace 10 años que no lo hago, así que ya no puedo decir que siga siendo así de importante para mi escritura. Tengo una hija de más o menos 10 años y eso me ha convertido en alguien más sedentario. — ¿Encontró historias en esos viajes? — Sí, aunque casi siempre tenía la vista puesta en Guatemala. Una Guatemala más o menos real. Aunque estuve fuera mucho tiempo, aparte de un par de incursiones en otros espacios, el territorio imaginario para mí ha sido, principalmente, Guatemala. — ¿En qué momento decidió dejar la carrera de medicina y dar paso a la escritura? — Lo recuerdo muy bien. En la clase de biología había que matar conejos. Un día me harté de matar conejos y decidí que eso ya no era para mí. Y por esa época había un maestro de literatura muy elocuente, así que en vez de ir a las clases de medicina comencé a escucharlo. En ese momento decidí abandonar la medicina y comencé a escribir. — Paul Bowles tradujo sus primeros libros al inglés. ¿Cómo fue su relación con el escritor estadounidense? — Sobre todo de amistad. Una amistad literaria. Lo conocí en el contexto de un curso de creación literaria y desde el principio me cayó muy bien, porque dijo que no creía que se pudiera enseñar a escribir, que él estaba ahí un poco por necesidad económica y le habían dicho que había gente interesada en conocer su opinión sobre el trabajo de cada uno. Escribir no se puede enseñar ni aprender, hay que descubrirlo uno mismo: ese fue su primer discurso. Luego nos preguntó de dónde éramos, qué autores nos gustaban. Y cuando se enteró que yo era de Guatemala le dio curiosidad saber qué estaba haciendo ahí. Comenzamos a hablar de viajes y de Borges, porque yo era en ese tiempo devoto lector de Borges y él también. Eso nos dio pie para comenzar una amistad que duró 20 años. — ¿Y usted comparte esa opinión acerca de la enseñanza de la escritura? — Sí. Alguien con experiencia puede ayudar, pero no enseñar. Parte del trabajo del escritor es ver qué tiene uno dentro. Y eso no te lo enseña nadie. — ¿Qué lee Rodrigo Rey Rosa? — Un poco de todo. No tengo un programa de lectura, pero digamos que, cuando hay un autor que me gusta, me gusta leer todo lo que escribió, así sean obras secundarias. He agotado a ciertos autores y cada cierto tiempo me dan ganas de visitarlos de nuevo: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Franz Kafka, Graham Greene, Patricia Highsmith... En mi biblioteca tienen un lugar especial esos autores cuyas obras tengo casi completas. Tengo una relación continua con ellos, digamos prolongada, así que cada tanto los vuelvo a visitar. — En sus libros, como en la vida, hay humor, tragedia, violencia e incluso una mezcla de géneros literarios. ¿Cómo funciona este mecanismo en su escritura? — La narrativa es una especie de reflejo de nuestra manera de pensar y de sentir. Lo que hay ahí es lo que brota. No tengo una agenda. Es lo que buena o malamente puedo hacer. — Ha participado en una mesa titulada “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, y Severina es un libro que se presenta como “un delirio amoroso”. ¿Qué hay del amor en su literatura? ¿Cómo lo concibe? — Los escritores no somos los más adecuados para hablar del tema. Es un tema muy fértil, pero más bien desde el desamor o la desdicha en el amor. Una vez se consigue la felicidad amorosa ya no es tan fácil transmitirla, es un fenómeno casi místico que no se puede comunicar fácilmente. En cambio, la búsqueda, la ausencia del amor sí. El amor es una preocupación universal, pero luego habría que hablar del amor como lo entendemos nosotros, que es una construcción cultural a partir de la literatura. Casi todos los modelos que tenemos para definir lo que sería una vida amorosa plena vienen de la literatura. — En un par de mesas del Hay Festival de Cartagena se tocó el tema de la violencia en América Latina y se mencionó su nombre como uno de los autores que, actualmente, narran esa realidad. ¿Comparte esa opinión? — Los escritores nos nutrimos de nuestra realidad inmediata y la violencia es una realidad constante. Eludirla sería difícil y poco sabio. La violencia es un problema que nos confronta todos los días y es buena materia prima literaria. — ¿Llevar la violencia a la literatura ayuda a combatirla? — No. No sé si entender es la palabra, pero el hecho de escribir no cambia la realidad violenta en la que estamos metidos. En todo caso tal vez ayuda a pensarla, a reflexionar. FRASE''A veces pienso en un lector particular, a quien le dedico un libro, y a esa persona la tengo en mente mientras escribo. Pero es una persona real, no es ese monstruo abstracto que es el público .'' Rodrigo Rey Rosa, escritor guatemalteco. Temas Escritores Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones