Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | En doce líneas narra el evangelista San Marcos, con la concisión que le es característica, un milagro de Cristo

“El viento cesó y sobrevino una gran calma”

Nada extraño para quien reconoce que Jesús de Nazaret es el Verbo de Dios, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo, y tiene poder y autoridad sobre todos y sobre todo el niverso

Por: EL INFORMADOR

     En doce líneas narra el evangelista San Marcos, con la concisión que le es característica, un milagro de Cristo. No es una curación en que un ciego de nacimiento empieza a ver, es la misma naturaleza, los vientos enfurecidos, los que se aquietan al imperio de su voz.
     Nada extraño para quien reconoce que Jesús de Nazaret es el Verbo de Dios, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo, y tiene poder y autoridad sobre todos y sobre todo el niverso.
     Para los apóstoles, primero terrible angustia cuando “se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua”.
Mientras, Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Angustiados, lo despertaron: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. El Señor se levantó e increpó al viento: “¡Cállate y enmudece!”. Y ante el portento, felices, sorprendidos, se preguntaban: “¿Quién es este a quien hasta el viento y el mar obedecen?”.

Presencia salvífica
de Cristo, ahora y aquí

     Ser cristiano es experimentar la presencia viva y operante del Señor en medio de su Reino, de la Iglesia, la barca de Pedro.
     Está por llegar a su final el año paulino y es bueno aportar testimonios de San Pablo, porque en sus treinta años de ininterrumpida predicación , siempre su tema, su único tema, fue Cristo; y siempre no como un recuerdo de algo ya pasado, sino presente: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Así les dice a los gálatas (Gal 2 20). Y a Timoteo le escribe: “Gracias le doy a nuestro Señor Cristo Jesús que me fortaleció, de haberme juzgado fiel al confiarme el misterio a mí que primero fui blasfemo y perseguidor violento” (Timoteo 1 12, 13).
     Y cuando en el Areópago de Atenas les predicaba a los griegos, orgullosos de su cultura, de sus filósofos, de sus maestros en las maravillas del pensamiento y de las artes, les habló así del Dios desconocido: “Pues ese que sin conocerle veneráis, es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él; ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por la mano del hombre”. (Hechos17 27). Cristo está presente en el pensamiento, en la palabra, en el amor, en la vida de San Pablo. “Para mí la vida es Cristo”.

“Cristo es el mismo,
ayer, hoy y siempre”
(Hebreos 3, 8)

     Ante la persona de Cristo hay diversas maneras de entenderlo, de mirar su persona, su mensaje, su vida, su muerte y su obra a través de los siglos.
Querer poner los ojos en Él como si fuera un personaje del pasado, alguien que llegó y pasó, como un mero actor en el escenario de la vida, es una gran equivocación. No es sólo el Cristo histórico. No, porque resucitó y vive.
     Tampoco cabe una actitud filosófica, dialéctica, algo así como querer abarcar con la pequeñez de la mente humana el misterio infinito de Dios encarnado y presente en el devenir de la humanidad.
     La presencia de Cristo en la tierra y en la historia es el gran acontecimiento salvífico, no de un breve espacio de tres años de su vida pública, sino de entonces, después y ahora. “En medio de vosotros está Aquel a quien no conocéis”. Así escribió San Juan (Juan 7 26).
     Está en cumplimiento a su promesa; está porque estableció una Alianza con sus apóstoles. “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen y yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”.
     Así ha vivido la Iglesia, esta comunidad de hombres débiles, pecadores, limitados, pero apegados a Cristo Dios.
     Cuando algunos se gozan en sacar a relucir los escándalos de hombres de Iglesia, no hacen sino resaltar que la Iglesia es, como dijera el poeta, “impecable y diamantina” en su doctrina, por sus fines, por su fundador, pero está compuesta por pequeños y frágiles miembros.

“Las olas se estrellaban
contra la barca”

     ¿Cuándo aconteció esto? No solamente en aquella tenebrosa noche en el lago Tiberíades.
     La Iglesia es llamada “la barca de Pedro” desde aquella vez en que Cristo la escogió para predicar desde allí a la multitud ansiosa de escucharlo, reunida en las arenas de la ribera.
     Y esa barca, la Iglesia, ha surcado los mares en veinte siglos, y muchas veces se han enfurecido los vientos, se han  crespado las olas y han llegado a los oídos de Cristo los gritos de angustia: “¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”.
     Nunca podrá verse la luz, si no aparecen la sombras; donde está la verdad se asoma la mentira; junto a los frutos del bien crecen también las fuerzas del mal.
     La Iglesia, como obra de Cristo, ha de correr la misma suerte, de ser blanco de contradicción. Ante el niño recién nacido, ya lo adoraban los sencillos pastores y Herodes pretendía quitarle la vida.
     Mientras los niños aclamaban a Cristo, rey pacífico, montado en un borrico, ya los fariseos y los escribas planeaban que debería morir.
     Ni persecuciones, ni herejías, ni divisiones, ni deserciones, ni escándalos han faltado en veinte siglos de Iglesia. Ha soportado muchas y variadas tempestades. ¿Por qué no se ha hundido la barca? Una gran respuesta: porque Cristo está en la barca.

Presencia de Cristo,
cercanía amorosa

     Y siguiendo a los maestros en vida espiritual, se puede bajar de lo universal a lo singular; de todos, a cada uno de los que creen en Cristo, lo aman y esperan todo de Él.
     Alguien dirá: “Yo voy en mi barca, empuño en mi diestra el timón y quiero llegar al puerto. Y no una, sino muchas veces, tú, él y todos han experimentado las fuertes sacudidas, las tempestades, los peligros graves.
En esos días de horas largas o en esos angustiosos momentos, el hombre siente su fragilidad, su pequeñez; pero si es de Cristo, sabe y siente que allí, cerca de él, está “este al que hasta el viento y las olas obedecen”, lanza el grito de auxilio y es escuchado.
      La presencia de Cristo entonces, ahora, es misericordia. Los enfermos, los débiles, los pecadores, siempre encontraron, encuentran y encontrarán perdón.
 
“¿Aún no tienen fe?”

     Fue una frágil reconvención a sus apóstoles. Aquí la palabra fe se ha de entender como confianza.
     Dicen que en este siglo XXI ha crecido el número de los deprimidos, de los necesitados de terapias, de los recluidos en sanatorios y hasta de los suicidas.
     ¿No será porque están algunos muy lejos de Cristo? Si tuvieran una fe de las más fuertes, una fe que los condujera de veras a estar más cerca de Cristo, podrían con su ayuda salir a salvo de olas y vientos.
     Quien está cerca de Cristo se siente débil, pero dice: “El auxilio me viene del Señor”.
     Si vive su fe, el cristiano sabe que es un elegido y así se siente. “Cuando abrí los ojos a l luz de este mundo, ya el sello de elección por el bautismo brilló sobre mi frente”.
El cristiano debe sentirse seguro. Tristeza, tedio, temor, angustia, suelen llegar y sacudir como las tempestades internas, mas la respuesta es acercarse a Cristo.
     La oración humilde, confiada y sincera tiene respuesta, es escuchada. “Todo lo que pidan en la oración, con fe, lo alcanzarán”.
     Para las almas cansadas --temerosos, llenos de preocupaciones vanas--, para esas almas llenas de desconsuelos, está Cristo. El dormía en la barca, reclinado en un cojín, cuando lo despertaron los angustiados gritos de los apóstoles y los sacó del aprieto.
     Por fin, pidamos a Cristo una gracia: una confianza firme como una roca, que no tiemble ante las tempestades.

Pbro. José R. Ramírez  

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones