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Miércoles, 22 de Noviembre 2017
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El último refugio

Lo interesante es que el Estado de México simboliza para el PRI la única alternativa para competir electoralmente en 2018
El PRI entraría en una crisis estructural que se llevaría de corbata a Enrique Ochoa Reza. EL INFORMADOR / J. López

El PRI entraría en una crisis estructural que se llevaría de corbata a Enrique Ochoa Reza. EL INFORMADOR / J. López

GUADALAJARA, JALISCO (09/ABR/2017).- El PRI enfrenta su crisis más profunda desde 2005-2006. El partido roza mínimos de aceptación, ha ido perdiendo territorios en el país y Enrique Peña Nieto es el Presidente más impopular en las últimas tres décadas. El proyecto de las reformas estructurales se encuentra totalmente desprestigiado y las sospechas de corrupción llegan hasta la puerta misma de Los Pinos. El PRI perdió Nuevo León, el centro económico del país, el tercer padrón más importante que es Veracruz; navega a contracorriente en Jalisco, y nunca había tenido tanta competencia en su gran bastión histórico: el Estado de México.  

Más allá de una lista nominal de 11 millones de electores en el Estado de México, e incluso lo que supone ser la antesala de la elección presidencial, los comicios mexiquenses representan para el PRI mucho más que ganar o perder una gubernatura. El Estado de México es la capital de una cultura política que siempre ha estado atada al tricolor y que se ha propagado como metástasis al resto del sistema de partidos. Corporativismo, clientelismo, utilización política de los programas sociales, cargada institucional, compra de votos, todo ese ecosistema que significa un lastre para la democracia mexicana, se ha hecho presente desde la precampaña en el Estado de México.  

Y el Estado de México se convierte en presente y futuro del PRI como partido. A pesar de su crisis, el PRI no desaparecerá. Hay que recordar que, en el 2000, y poco después en el 2006, no faltó quien escribió el epitafio del tricolor. Empero, el PRI resistió en las gubernaturas, en el poder local. Nunca ha dejado de ser el partido político con más poder local y territorial, el único capaz de competir electoralmente en cada rincón del país. Si el PAN es competitivo en el bajío y en el norte, y la izquierda en el centro y el sur, enfrente siempre tienen al PRI como instituto político con alcances nacional. Sin embargo, el Estado de México Sí puede marcar la vía de reconstrucción del PRI de cara al futuro.  

Lo interesante es que el Estado de México simboliza para el PRI la única alternativa para competir electoralmente en 2018. Si Alfredo Del Mazo pierde la gubernatura, y con ello entierra nueve décadas de Gobiernos priistas, no habrá ninguna posibilidad de que el PRI pelee por Los Pinos. Ninguna es ninguna. El PRI entraría en una crisis estructural que se llevaría de corbata a Enrique Ochoa Reza, como el administrador partidista del peñanietismo, y con ello cambiarían por completo los equilibrios políticos de cara a la elección presidencial. ¿Con qué credibilidad podría Peña Nieto tripular la sucesión luego de perder en los últimos dos años, la mitad de los mexicanos que gobernaba en 2012? ¿Qué papel podría jugar el priismo mexiquense sin posibilidad de gestionar los más de 260 mil millones de pesos de presupuesto con los que cuenta la gubernatura? Por lo tanto, en el Estado de México se juega algo más que una silla de gobernador: el futuro político del PRI en su conjunto. Una victoria de Del Mazo, en contraposición, inyecta oxígeno al peñanietismo de cara a las presidenciales y es un chaleco de salvavidas, tanto para la disputa política interna del PRI, como para la estrategia posterior a 2018.  

Luego de un desastroso 2016 para el PRI, solamente Coahuila, Hidalgo y el Estado de México se mantienen como entidades sin alternancia política. En estos tres estados, el PRI nunca ha perdido. Sabemos que la alternancia no es la panacea, pero resulta innegable que el cambio de batuta en el partido del poder, permite mayores niveles de transparencia, libertad de expresión, autonomía institucional y empoderamiento de los electores. El simple hecho de que el votante sepa que su voto sirve para castigar a un mal gobernante, es ya un hecho positivo en sí mismo. En pocos días hemos visto de todo en el Estado de México, pero también como indicativo de que, por fin, nueve décadas después, la incertidumbre electoral, como variable clave de la democracia, apareció por las calles de Toluca. La batalla del Estado de México marcará mucho no sólo rumbo a 2018, sino también sobre el futuro del PRI, la oposición y la fortaleza o debilidad de la democracia mexicana.

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