Jueves, 23 de Octubre 2025
Suplementos | Jesucristo instituyó un Reino, la Iglesia, para facilitar a todas las generaciones el conocimiento de la verdad

El plan de Dios: que todos se salven

El pueblo elegido, los privilegiados, no podían aceptar lo anunciado por el profeta Isaías

Por: EL INFORMADOR

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      De entre la multitud, uno alzó la voz y le hizo una pregunta al Maestro. La respuesta no fue directa, sino una reflexión profunda, y dio pie a una enseñanza sobre el tema fundamental: la salvación.

     Esta fue la pregunta: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”.

Tal vez era un israelita el inquieto por el tema. Tal vez él, como algunos de su raza, tenía la idea de ser de los pocos privilegiados por el singular motivo de ser descendientes de Abraham, de Isaac, de Jacob, de los profetas; de ser la raza, el pueblo elegido por Dios, el pueblo de la Alianza.

     En sus sueños de grandeza, sus ojos estaban puestos en el advenimiento de un Mesías poderoso y, más aún, exclusivo para salvar a su pueblo y hacerlo fuerte frente a sus enemigos. Sueño vano, falso. Por eso, como dijo el evangelista Juan, “cuando vino Jesús a los suyos, los suyos no lo recibieron”.

El pueblo elegido, los privilegiados, no podían aceptar lo anunciado por el profeta Isaías.

“Ya vendré para reunir a las naciones de toda lengua”

     El plan de Dios, el motivo del misterio sublime de Dios hecho hombre, es para salvar a todos los hombres.

     Sigue el profeta: “Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a sentarse a la mesa en el reino de Dios”. Así el cristianismo nació con el signo de universalismo; de ahí que a la Iglesia se le ha dado el calificativo de católica (del idioma griego, katolicós, universal). Fue San Ignacio, obispo de Antioquía, el primero en llamarla así, pues el mandato de Cristo al despedirse de sus enviados, los apóstoles, fue: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen; el que crea y se bautice, se salvará”.

     Reconocida la existencia histórica de la revelación, Jesucristo instituyó un Reino, la Iglesia, para facilitar a todas las generaciones el conocimiento de la verdad. Y este reino ha de permanecer imutable en el paso de los años y de los siglos, con cuatro notas fundamentales: unidad, santidad, apostolicidad, catolicidad.

     Esta última nota se manifiesta en tres puntos: histórico, doctrinal y geográfico. Histórico, como escribió San Pablo: “Cristo ayer y hoy y por los siglos”; doctrinal, porque se ha manifestado en la ininterrumpida diligencia de conservar el patrimonio en fe y costumbres en veinte siglos; geográfico, pues San Agustín, en el siglo IV, lo comentó: “Una Iglesia por todo el mundo, dividida en muchos miembros”.

     Maravilloso espectáculo de catolicidad fue el Concilio Vaticano II (1961-1965), cuando a la sombra de la Basílica de San Pedro se reunieron durante cuatro años los casi tres mil obispos de la Iglesia extendidos por todo el orbe.

La Iglesia, sacramento con misión universal


     Así dejó escrito el Concilio: “Porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella propone presentar a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal”.

     Son estas palabras del primer párrafo, algo así como la carta de presentación de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia --”Lumen Gentium”, Luz de las Gentes--, aprobada el 19 de noviembre de 1964 con 2,134 votos favorables, 10 contrarios y uno nulo, y firmada por el Papa Pablo VI el 21 de noviembre de 1964.

     Pero la verdadera señal para entrar en el Reino de Dios es no sólo la presencia eclesial eterna, sino una respuesta clara de fe y de vida auténtica. Al banquete de bodas todos están invitados, mas participarán los vestidos con traje de fiesta y echarán fuera a los descuidados mal vestidos y a las jóvenes olvidadizas, distraídas, con sus lámparas apagadas. Disfrutarán de la fiesta, muy contentas, las que llevaron aceite --las buenas obras-- y su luz --la fe-- no se apagó.

La palabra de Cristo:

“Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”


     Para ser reconocidos por Jesús como suyos, hay una exigencia desde el principio: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Seguir a Cristo no es fácil. No es para los perezosos, no es para los egoístas.

     San Pablo describe la vida del cristiano con una visión helénica --quizá participó, o fue testigo de alguna carrera de maratón--, y dice: “Todos corren, pero uno gana el trofeo. A esos triunfadores, a los esforzados, el cielo padece violencia y sólo los audaces lo alcanzan”.

     A esos se les llama bienaventurados, porque salieron victoriosos en la aventura de la vida; y si practicaron las virtudes hasta un grado heroico y urbi et orbi --para la ciudad y para el mundo--, el Papa los declara santos y se les da culto de veneración, porque se esforzaron y lograron entrar al banquete aunque la puerta era estrecha.

La salvación es una responsabilidad personal

     El hombre llegó un día a la vida por bondad y poder de Dios, pero al nacer no escogió ni el día, ni el lugar, ni la raza, ni a sus padres. Mas un día llegó a descubrirse poseedor del uso de la razón, se encontró a sí mismo y se supo pensante --”homo sapiens”, y con el uso de su pensamiento se descubrió capaz para llevar por sí mismo el timón de su barco en la navegación del tiempo, eso llamado vida.

     Puede decir como el poeta: “porque yo fui el arquitecto de mi propio destino”.

     Se ha encontrado con la razón para pensar y con la voluntad para disponer de sus acciones. Es el terrible don dado por Dios a los hombres: la libertad. Dios ha hecho libre al hombre.

     Libre es el hombre para que busque libremente a Dios, libremente le ame --no hay amor por la fuerza-- y para que libremente le sirva.

“El que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti”

     Esta frase es de San Agustín, un hombre angustiado tras años en búsqueda del camino de la salvación, hasta que logró dar con el camino, encontró a Cristo y se entregó; porque vivió el amor, logró pasar por la puerta estrecha. Logró escuchar las palabras más gratas a los oídos del hombre: “Muy bien, siervo bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor”.

     Estrecha es la puerta, mas infinita es la misericordia del Señor. Por eso una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar --como está escrito en el libro del Apocalipsis--, ha tenido la gracia de llegar al gozo de la salvación eterna.

La Iglesia peregrina, todos deben ir “a Dios rogando y con el mazo dando”. Oración y esfuerzo diario, hasta llegar y ver, contemplar a Dios.

José R. Ramírez

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