Suplementos | Dios otorga el perdón a los pecadores humildes y arrepentidos El perdón es signo de la iglesia Dios otorga el perdón a los pecadores humildes y arrepentidos Por: EL INFORMADOR 15 de junio de 2013 - 23:08 hs / Una oración Señor Jesús, que concediste a san José María Robles amar y hacer amar al corazón de Jesús en la Eucaristía, y a la santísima virgen María. Ayúdanos a vivir, como él, en actitud de servicio y solidaridad con los más necesitados. Él supo entregarse vivir con plenitud su sacerdocio y ser un fiel testigo de Cristo, hasta el martirio sea nuestro intercesor para que también sepamos perdonar y pedir perdón. Amén. María Belén Sánchez, fsp El perdón es signo de la iglesia En este undécimo domingo ordinario del año, pasados ya los tiempos de Cuaresma y Pascua, el evangelista San Lucas presenta una conmovedora escena donde se manifiesta, una vez mas, el inefable amor de Cristo pronto para perdonar, aunque muchos y graves, sean los pecados. Sucedió en casa de un fariseo llamado Simón, y a la hora cumbre de un banquete. Sin saber porqué, ni cómo, se coló una mujer no invitada y se postró a los pies del Señor. De sus ojos brotaron ríos de lágrimas que bañaron los pies del Maestro y después los enjugó con sus cabellos. Derramó luego sobre el Señor un costoso perfume que llevaba en un frasco de alabastro. Simón, el fariseo anfitrión, pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que está tocando, sabría que es una pecadora.” Para Simón y todos los invitados, Jesús tiene un regalo. Se dispone a abrir sus mentes y sus corazones, para que conozcan y acepten la infinita bondad de Dios hacia el pecador, con una breve parábola: “Simón, tengo algo que decirte, dos hombres debían dinero a un prestamista. Uno debía 500 denarios y el otro 50. A los dos les perdonó la deuda, ¿ Cuál de ellos lo amará mas?”, “Supongo que aquél, al que le perdonó más”, repuso Simón. Así les enseña que Dios otorga el perdón a los pecadores humildes y arrepentidos. Esta mujer —una víctima de la vida—, llorosa, sueltos los cabellos, se arroja a los pies de quien ha de juzgarla. Ya no es la pecadora del pasado, ha venido a resucitar, a emprender una nueva vida. Lo pasado no cuenta. El perdón es el signo de la iglesia; y por lo mismo, ejemplo de su cabeza y fundador Jesucristo, siempre dispuesto a perdonar. Así se puede concluir que la iglesia del siglo XXI está urgida de educar en el amor, para acercar a los hombres a la reconciliación con Dios y con los humanos. Las limitaciones humanas, la inconstancia, la ligereza, la tendencia innata de dejarse llevar por los instintos primarios, los apetitos de la carne y todo lo que atrae a sus sentidos, son los factores que llevan a la locura, a la ceguera del pecado. Quien quiere apartarse del pecado, tiene que luchar contra la corriente. Santo no es el que nunca ha pecado, sino el que ha sido valiente para despojarse de las ataduras del pecado y renueva, continuamente, su propósito de vivir conforme el plan de Dios. El Evangelio de este domingo muestra una elocuente manera de encontrar la libertad interior, por el camino del amor. José Rosario Ramírez M Dios siempre perdona Existe un dicho muy sabio, tal vez no tan conocido, que dice textualmente: “Dios siempre perdona; el hombre a veces; nuestra naturaleza, nunca”. Esa es una realidad comprobada: cuando tenemos excesos en el comer, en el beber, o tenemos adicciones, o simplemente somos muy preocupones, rencorosos o represores de nuestros sentimientos, nuestra naturaleza, tarde o temprano, siempre se cobrará. Ahora bien, cuando se comete una ofensa en nuestra contra o nosotros la cometemos en contra de otros, sobre todo si ésta es grave y de consecuencias, nos cuesta mucho trabajo, y a veces mucho tiempo, perdonar; ello lo constatamos cotidianamente en nosotros mismos y en los que nos rodean. En cambio, Dios siempre nos perdona —a excepción de cuando el hombre rechaza su perdón que es como rechazarlo a Él, incurriendo con ello en el pecado contra el Espíritu Santo—. El profeta Isaías ya lo anunciaba, en el nombre de Dios: “¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar”. (Is. 55, 6-7). Jesús mismo, cuando le presentaron aquella mujer sorprendida en flagrante adulterio, que iba a ser lapidada, no sólo la perdonó, sino que no la condenó, diciéndole: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».(Jn. 8, 10-11). Y así, a través de toda la Sagrada Escritura encontramos referencias que nos llevan a la conclusión de que Dios siempre perdona, y no solo eso, sino que olvida nuestro pecado; aunque cabe aclarar que Él pone requisitos, entre otros, el arrepentimiento sincero y el propósito de luchar y esforzarse por no volver a caer. Desgraciadamente, son muchos los que no saben esta gran verdad, o no la creen, o tienen distorsionada la imagen de Dios y lo ven como un Dios que es un juez implacable, justiciero, que nada más se dedica, al estilo policíaco, a fiscalizar nuestras acciones y a contabilizar nuestras faltas, nuestras traiciones, nuestros pecados, para en su momento dejar caer, al estilo humano, “todo el peso de la ley”; y lo que llega al extremo, se imagina a un dios vengativo, que le gusta desquitarse, etcétera. Nada más lejos que eso. Lo peor que nos puede suceder, entonces, es que cuando caigamos, cuando le fallemos a Dios y contravengamos su Ley y Plan de amor, motivados por el temor, la vergüenza, o la incredulidad, nos alejemos de Él, de su Iglesia, porque, tarde que temprano nos enfriaremos y terminaremos ignorándolo totalmente, y hasta rechazándolo y rechazando su Salvación que nos da en Cristo Jesús, lo que nos llevaría a la condenación eterna. Francisco Javier Cruz Luna Temas Fe. 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