Suplementos | Entrevista: Edgar Lawrence Doctorow 'El modo de pensar ficticio es un talento' Todo el tiempo del mundo, la más reciente publicación del escritor norteamericano, quien ha sido reconocido con todos los premios importantes de su país Por: EL INFORMADOR 22 de julio de 2012 - 03:38 hs El escritor de la familia. E.L. Doctorow es un novelista y cuentista que mezcla historia y crítica social. / GUADALAJARA, JALISCO (22/JUL/2012).- Edgar Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931) se convirtió en un grande de la literatura norteamericana gracias a su luminosa reinvención de la novela histórica con libros fundamentales como Ragtime (1975), Billy Bathgate (1989) o Homer y Langley (2010). Ganador de todos los premios importantes de su país —desde el National Book Award hasta el Pen/Faulkner—, Doctorow es también un cuentista inspirado, como lo prueba Todo el tiempo del mundo, en Miscelánea, y que incluye algunos relatos magistrales (Walter John Harmon, Integración, El escritor de la familia). —En el prólogo, usted sugiere que la novela es una exploración y el cuento algo mucho más decidido de antemano. ¿No se puede explorar en el género cuentístico? —El cuento es más pequeño en escala, de modo que puedes ver el final más fácilmente. El viaje no es tan largo aunque sigue siendo un viaje, una forma de descubrir lo que quieres contar camino a su final. Ni el cuento ni la novela tienen reglas. Y si las tienen, están ahí para ser rotas. —¿Por qué la decisión de publicar un libro que mezcla cuentos antiguos con nuevos? ¿Es una antología? —Quería publicar una selección de mis mejores cuentos, tanto antiguos como nuevos. Algunos cuentos tratan de temas muy contemporáneos: la inmigración, el lugar de la religión, etcétera. —¿Puede leerse el libro como una mirada a los Estados Unidos hoy? —Puede leerse como el lector quiera leerlo. El poeta norteamericano Archibald MacLeish solía decir: “Un poema no debería significar, sólo ser”. Pienso de la misma manera con relación a los cuentos. —Uno de los temas que domina el libro es el deseo de perderse en una comunidad, asimilarse al país, en oposición al deseo de individualidad y libertad (Walter John Harmon)... —El deseo de libertad y el de encontrar una comunidad no son siempre opuestos. Que sean vistos así es la forma en que las nuevas religiones nacen, o, si usted lo prefiere, la forma en que la gente escapa de una forma de opresión a otra. —Al final de Willi, el narrador sugiere que nuestras historias personales no son nada cuando se las compara con la destrucción producida por las grandes fuerzas de la historia... —No lo veo así. Para mí el final es irónico: incluso cuando las grandes fuerzas de la historia nos destruyen, las historias personales lo son todo para nosotros. De otro modo, ¿para qué contarlas? —El escritor de la familia hace recordar una de las definiciones de Mario Vargas Llosa sobre la literatura: una mentira que permite llegar a la verdad. Novelas como Ragtime o Homer y Langley juegan con la exactitud de los detalles históricos en un intento de llegar a una verdad más profunda... —Bueno, Vargas Llosa no ha sido el primero en decir eso. En todo caso, en relación a ese cuento, me gusta pensar que el joven escritor aprende primero a través de su propia escritura, incluso antes de aprenderlo de manera consciente. El modo de pensar ficticio es un talento, un don. Las verdades que uno descubre así son tan confiables como las de la ciencia o la filosofía. —Uno de sus cuentos, Wakefield, trae a la mente a Hawthorne. ¿Qué cuentistas incluiría en su canon personal? —Hawthorne, por supuesto, pero también Joyce, Hemingway, Chejov. Hawthorne por su imaginación alegórica; Joyce, por el momento de revelación en torno al cual construye sus cuentos; Hemingway, por lo mismo, pero también por su confianza en la frase declarativa simple. Todos ellos me han enseñado algo. Quizás Chejov es el que más me ha enseñado, sobre todo porque la suya es la voz más natural de la ficción. Sus cuentos parecen esparcirse sobre la página sin arte, sin ninguna intención estética detrás de ellos. Y así uno ve la vida a través de sus frases. El renovador E. L. Doctorow parte de episodios de la historia reciente de los Estados Unidos para construir sus ficciones. Desde los tiempos de la Gran Depresión, escenario de sus novelas Billy Bathgate, o El lago, a la Guerra de la Secesión (La gran marcha) o la guerra fría (El libro de Daniel). Nueva York es otro de sus grandes temas, como demuestran La ciudad de Dios o la última, Homer y Langley. Doctorow creció en Bronx, Nueva York, educado por sus padres, quienes eran descendientes de una generación emigrante de judíos rusos. En la Preparatoria de Ciencias del Bronx se destacó en la creación artística, mientras leía libros de todo tipo. Después de graduarse con honores en 1952, trabajó en la Universidad de Columbia, antes de ser enrolado en el Ejército estadounidense. Temas Literatura Tapatío Entrevistas Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones