Suplementos | Por: Jorge Zul de la Cueva El haragán culturoso Con un chicle y un palito Por: EL INFORMADOR 16 de enero de 2010 - 01:55 hs “El cliente pide un Maseratti, tiene presupuesto apenas para una caja de fósforos y espera en el fondo que se le entregue un pent house en Cannes”, me explicaba, hace mucho tiempo una frustrada amiga que trabaja en publicidad, refiriéndose, naturalmente a los caprichos de su nicho de mercado. Yo, hace mucho tiempo pensé que ser periodista cultural significaba estar alejado del bullicio de la grilla y de la falsa sociedad… ¡ja!, en todos lados se cuecen habas. En Nueva York, el otrora director del Instituto Cultural Mexicano, a cargo del servicio exterior, se quejaba amargamente de la diferencia infinita entre industria privada (hijo él de industriales) y el sector gubernamental. “Aquí (en el Instituto Cultural) nos tienen en una oficina de periódico cubano”, solía decir en broma mientras la secretaria de una pequeña firma de inversionistas en un majestuoso edificio frente a Central Park, le ofrecía un café mientras esperaba a un ejecutivo (en el Instituto no había ni tazas para el agua caliente o cucharas para el ausente café). El presupuesto del Instituto surgía de las fotocopias que debían pagar por fuerza los mexicanos que necesitaran algún documento como pasaporte o carnet de identidad y el susodicho instituto, consistía de un cuarto con dos teléfonos, dos escritorios de acero y un poster de Chichenitzá. Eso era la cara cultural de México en la ciudad considerada el epicentro del mundo (claro que el cónsul tenía un escritorio y una oficina que hubiesen puesto púrpuras de envidia a personas bastante más acostumbradas a las comodidades que los maestros de primarias rurales) ahora imaginemos como es aquí, en el epicentro del polvo. Aquí todo lo que es cultural se hace (salvo dignísimas excepciones) con un chicle y un palito. “En México el cine se hace sin dinero, señor”, le gritó un productor a un buen amigo mío, mi amigo así lo ha hecho por años. Otro está tratando de hacer una película animada, en co inversión con Japón, ganándose las risas de los funcionarios en turno y atravesando, con miedo y a oscuras, profundos laberintos fiscales. “Yo sé que puedo irme a Japón y hacer mi peli sin problema pero quiero hacerla en México”, dijo mi amigo y aplaudo su sentir. Pero aquí las cosas son más complicadas y las personas que se dedican al no negocio de la cultura duermen poco, comen menos y ganan nada. Así sin nada salvo la marea y el viento en contra, la cultura en México respira y probablemente seguirá respirando. Un milagro de proporciones no menores. Temas Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones