Martes, 28 de Octubre 2025
Suplementos | Jorge Zul de la Cueva

El haragán culturoso

Recetas de Otredad. La Cuidad

Por: EL INFORMADOR

La ciudad no duerme, nunca. La ciudad está perdida; enamorada; cafeinada en exceso y apilada de prisas, llena de corredores de bolsa sin trabajo, secretarias en rojísimos tacones, comerciantes que van veloces a la ruina y mucho, mucho estrés.

En este corredor chicloso de vidas y trajines; bajo tierra y entre las hormigas existe un ejército de peones, personajes de segunda, manos sin rostro y sin papeles que apilan los bienes consumibles que son gasolina y alimento de esta gran casta de papagayos sin cabeza.

Cuando suenan los tambores y van a la mano los pisapapeles y los portafolios, se llenan de carbón las calderas de los trenes y corren más aprisa que en ninguna parte los relojes, es menester que estén preparados los jugos, los panes con huevo, las ensaladas griegas, cuernitos de chocolate, expresos y capuchinos que mantendrán andando las ruedas del trueque interminable.

Cuando llega la tarde, todos tienen hambre y la armada de hombres con cuchillos, pica en las cocinas las cebollas por menos de lo mínimo que debe pagarse. Hombres que apenas mascullan el idioma y despampanantes rusas toman órdenes y mezclan las bebidas.
Nadie habla inglés en la cocina.
Y Miguel, pobremente, habla español, más bien mixteco. Nacido en tierra caliente de Guerrero, su padre hablaba mixteco y su madre náhuatl.

A decisión inapelable del padre, no se le enseñó sino mixteco, porque no valía la pena hablar la lengua de la madre. Tampoco español.
“En mi pueblo hay todo”, explica, “farmacia, tienda, todo”, mientras por enésima vez repite la rutina de vaciar las sobras de cordero y patata de un plato tras otro, limpiarlo con una manguera y pasarlo a un secador de metal en un espacio donde estarían incomodas más de tres gallinas.

Cansado, con unos tenis sudados y llenos de aceite, el mismo pantalón, la rota camisa llena de manchas de comida sobre manchas de comida de un indefinible color, Miguel lava platos sin parar desde hace tres años.

Hace una semana, subiendo al ático donde se guardan los trapos, resbaló y cayó de la escalera de cara al suelo.

Los patrones, italianos, optaron por correrlo, total no es nadie, no existe, es un ilegal sin nombre ni derecho. Pero el chef, un amable alcohólico derrotado a medias por la vida, optó por defenderlo.

Así, “un poco mareado” Miguel trabaja de sol a sol para después tomar el tren por una hora, esperar 20 minutos, tomar otro tren, caminar 20 cuadras y dormir en el suelo, así lo ha hecho desde que llegó aquí. No se habla con nadie, no toma nada y no come en la calle.

“Ya construje dos casas en mi pueblo”, dice. “Yo ya nomás otro año y me voy o hasta que me corran”. “Entonces sí voy a hacer fiesta, porque en México es otra cosa“.

Ernesto, por su parte, nació en el fenomenal Tepito, mide un metro con 45 centímetros y tiene los nudillos de acero.

El es el sub chef y odia al chef porque aunque sabe más que el primero, siempre será el segundo por motivos de nacionalidad.
Segundo se llama, de nombre verdadero, el que hace las ensaladas y es nacido en Ecuador.

Dice que habla español, pero lo hace tan mixto y tan volteado, que la mitad de las veces nadie entiende una palabra de lo que dice, o más bien se entienden todas las palabras. Lo que no es posible es darles el orden correcto para obtener enunciados coherentes.

Ernesto está lleno de tatuajes de carácter guadalupano, tiene un hijo a quien amenaza con mandarle a la policía cuando le llama que no quiere irse a dormir, y tuvo un estudio de tatuajes que perdió por ese amor fatal que encontró en la cocaína.
Miguel explica en su pésimo español, conmovido por la historia con que Ernesto marina la tarde, que tiene miedo del 2012, que el mundo se va a acabar y que la muerte debe ser una cosa fea porque es pecador.

El tepiteño se molesta, le dice que no ande predicando, que si es predicador que le explique las virtudes cardinales. “Yo no ando predicando, tengo miedo nomás”. Y Ernesto, en tono burlón “Voy, voy. ¿A ver, hermano Segundo, qué opinas tú del apocalipsis?”
Segundo: “(ininteligible)”.

El chef, Manuele, los mira sin poner mayor atención a nada. Manuele está largamente harto de todo.

Y el cuchillo se mueve sobre un jitomate que hace horas ha terminado de cortar. Manuele mira hacia arriba, donde debe estar Dios y prueba a insultarlo en voz alta con lo que pone fin a la conversación de sus subalternos.

Tiene, dice, “multiplesclerosis” y le duelen las piernas y usa vino blanco como medicina, que cura lo mismo el desamor que las piernas y el hastío. Sus asistentes lo desprecian, ya que la depresión es tomada por incompetencia, el alcoholismo por alcoholismo y el hastío por apatía. Manuele tuvo un restaurante y una esposa. Perdió el primero cuando perdió a la segunda.

Conoció la cárcel y dejo de usar un rolex. Segundo, Ernesto y Miguel lo llaman en sus narices el cara de gallina pero esto a Manuele no le importa. La pequeña impresora ha comenzado, ruidosamente, a escupir órdenes de filetes y ensaladas. Dos sopas “en cualquier momento” grita Manuele. “Filete Medio Rojo y Chuletas puestas en orden”.
Todos guardan silencio.


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