Viernes, 07 de Noviembre 2025
Suplementos | El cristiano no es solamente un admirador de Cristo

El camino real de la cruz

Seis veces anunció a sus discípulos que habría de subir a Jerusalén para padecer, para morir, para resucitar. No entendían, ni querían entender

Por: EL INFORMADOR

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     La cruz fue instrumento de muerte; fue signo de deshonra y de vergüenza; fue vista como señal de castigo para los malhechores, los peores, los malvados.

     Pero llegó un día grande: en el árbol de la cruz fueron derrotados el pecado, el demonio y la muerte. El árbol de la cruz es desde entonces --desde que el Hijo de Dios se entregó en la cruz para redimir y redimió a todos los hombres--, signo de victoria, el símbolo glorioso del cristianismo.

     Desde que un artista, luego otro, y otro, muchos han plasmado en lienzos, como Velázquez, o en figuras esculpidas, a Cristo clavado en el madero, son incontables las imágenes del Señor, del Dios humanado, levantado en alto tal como lo anunció, para atraer a todos hacia Él.

     Seis veces anunció a sus discípulos que habría de subir a Jerusalén para padecer, para morir, para resucitar. No entendían, ni querían entender, ni les cabía en la cabeza tal destino, para ellos trágico y para la humanidad glorioso, de un Mesías condenado a morir en una cruz y entre dos ladrones ajusticiados en sendas cruces.

Escándalo para los judíos, locura para los griegos

     San Pablo, con su característica valentía, en su primera carta a los cristianos de Corinto les dice: “Nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”, y llegó a la conclusión: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición, pero para los que están en vías de salvación  --para nosotros-- es fuerza de Dios.

     “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados en Cristo --judíos o griegos-- es fuerza de Dios, sabiduría de Dios”.

     Una antigua leyenda oriental narra la inquietud de un rey solícito y activo en los cuidados de su investidura, para administrar y gobernar, mas también muy inclinado a la lectura de los muchos libros de su biblioteca. Un día pidió a los sabios del reino que dejaran toda la sabiduría humana en los pocos libros que podía cargar un camello, y así lo hicieron. Pidió más: quería en un libro todo el saber humano, y le contestaron que era imposible.

     Para el cristiano basta no un libro, sino una sola página: esa escrita en el monte Calvario. Una página del sublime amor de Dios Hecho Hombre, elevado en la cruz y al pie una madre, María . La sangre redentora y las lágrimas, bello precio de salvación.

Desde entonces también la cruz es el camino

     En el Evangelio de este vigésimo tercer domingo ordinario del año, San Lucas evangelista presenta al Señor Jesús rodeado de una muchedumbre. Llama a los valientes, a los capaces de dejar padre, madre, tierra, para seguirlo. Quiere que estén libres de toda atadura y que sean capaces de estar cerca de Él;  mas si ha de cargar la cruz de todos, entonces también a ellos los exhorta:

“El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”

     El cristiano no es solamente un admirador de Cristo; no sólo ha de ver con simpatía su amable persona; no sólo admirar sus hechos prodigiosos; no sólo llenarse de sus admirables enseñanzas, sino disponerse a emprender el camino siguiendo sus pasos.

     Toda conversión, de tantas y tantas que ha habido, ha sido un seguimiento:

Íñigo de Loyola, herido por una bala de cañón en una rodilla, a falta de libros de aventuras de los caballeros, de moda en su tiempo, leía y releía “Flos sanctorum”, un libro de vidas de santos, y otro titulado “Vida de Cristo”.     

Entró en una tremenda lucha: por un lado le estiraba la gloria militar, volver al ejército y la corte, los halagos del mundo; por otra parte sentía el llamado de Cristo. Nada fácil fue decidirse, pero venció la gracia y fue seguidor de Cristo como capitán de una compañía, la Compañía de Jesús, hasta el último suspiro.  

Discípulos y misioneros

     Los obispos de América Latina y el Caribe reunidos en Aparecida, localidad de Brasil, en el mes de mayo de 2007, en un afán de renovar sus anhelos de rejuvenecer en la misión de evangelizar, anunciar la Buena Nueva a estos pueblos, de seguir impulsando la acción evangélica de la Iglesia, se igualaron todos, obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, en sólo dos oficios: todos discípulos, todos misioneros.

     Mas para ser discípulos es preciso cargar la cruz. La cruz, es bueno entenderlo, no es sólo mortificación y sufrimiento con un horizonte pesimista, en una vida estrecha, sino algo noble y elevado.

     Cargar la cruz es alegría, es el combate vital del hombre por el amor, por la verdad.

     La cruz es una actitud dinámica de luchar cada día por lo que se es y para lo que debe hacer.

     Cuando alguien asume un cargo --por ejemplo, ha sido elegido Presidente de la República--, promete ante las cámaras ser fiel, cumplir, servir. En ese momento se echa a la espalda la cruz --esa más deber que honor--, que llevará hasta que llegue la ineludible hora de rendir cuentas. Llevar la cruz no es prerrogativa de los poderosos: todos, absolutamente, los vivientes, cristianos o no cristianos, hasta sin saberlo, han de llevar una cruz.

     Así, cuando una joven ha quedado embarazada, será madre, será esposa, esa es su cruz. Del muchacho que es inservible como alumno, su cruz es estudiar, presentar pruebas, responder responsablemente a sus padres. Un obrero, un empleado, un profesionista, ¿dónde está aquel que pueda decirse libre de obligaciones y deberes?

La cruz, instrumento de salvación

     El amor verdadero se empeña en imitar a la persona amada. Intentar imitar a Cristo es un ideal sublime y arduo. “Dios nos ha predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo”, dijo San Pablo en su epístola a los romanos.

     El verdadero cristiano es el sabio que se acepta a sí mismo, acepta a los demás como son y acepta la voluntad de Dios manifestada en los acontecimientos cotidianos, gratos o ingratos, y todo como su cruz para tomarla, llevarla y amarla con alegría.

     Cada uno con su propia cruz, acomodada a sus fuerzas, a sus circunstancias.

     “Yo soy yo y mis circunstancias”, de Ortega y Gasset:

Cruz para merecer

“Sin cruz no hay gloria ninguna
ni con cruz, eterno llanto;
santidad y cruz es una;
no santo sin cruz alguna
ni cruz que no tenga santo”.

José R. Ramírez    

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