Suplementos | Las grandes enseñanzas las presenta con su sabiduría en forma sencilla: la parábola El buen cristiano “ama la venida del Señor” Las grandes enseñanzas las presenta con su sabiduría en forma sencilla: la parábola Por: EL INFORMADOR 7 de noviembre de 2011 - 06:36 hs . / Una vez más, con el evangelio de San Mateo entre los ojos, la liturgia presenta otra parábola. De nuevo es una fiesta de bodas, y para alumbrar la sala han sido invitadas diez jovencitas, cada una con su lámpara. Ya viene el novio, pero como tarda en llegar, les entra el sueño y se duermen. Ya viene el novio, les anuncian; cinco de ellas al momento encienden sus lámparas y la alegría. Las otras cinco se descuidaron, sus lámparas no tenían aceite y tuvieron que ir a una tienda a comprarlo. Cuando volvieron ya la puerta estaba cerrada y se quedaron sin fiesta. Siempre al estilo del Maestro, las grandes enseñanzas las presenta con su sabiduría en forma sencilla: la parábola. Responsables e irresponsables El tiempo de la espera es el tiempo de la Iglesia. El pueblo de la Antigua Alianza esperó al Mesías, y cuando llegó no lo reconocieron. El pueblo de la Nueva Alianza espera la segunda venida del Salvador. Cuando Cristo terminó su presencia visible en el tiempo, ante los asombrados ojos de sus apóstoles se elevó al cielo y una nube lo cubrió a la mirada triste de ellos. Entonces oyeron estas palabras: “Varones de Galilea, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este que ha sido elevado, este mismo Jesús, vendrá como lo han visto subir al cielo” (Hechos de los Apóstoles 1, 11). Jesús está continuamente en medio de su pueblo, en la Iglesia, y el verbo en futuro “vendrá” indica el encuentro de cada caminante --el hombre camina en el tiempo-- al llegar al final de sus días. Para todos hay una hora de nacer y otra, la de llegar al final. En el lenguaje de la Iglesia, a estos temas se les nombra escatológicos y no son gratos a muchos, porque son recordatorio de que hay un final que también le dicen muerte, y en ese encuentro con Cristo es preciso rendir cuentas, porque el hombre todo lo recibió en administración. Emplea también la Iglesia otro término: “parusía”, palabra que literariamente significa presencia o venida. Aquí indica el retorno del señor Jesús. Vigilen, oren En el Huerto de los Olivos, la noche tremenda de la traición de Judas, el Señor oró a su Padre y volvió a donde había dejado a Pedro, Santiago y Juan, y al encontrarlos dormidos les dijo: “Velen y oren para que no caigan en la tentación”. Así, a todos los cristianos ha llegado esta advertencia del Señor. Velar significa estar atentos a no perder el camino; con otra figura, estar atentos siempre con los ojos ante la brújula y la mano en el timón, para no naufragar, para llegar con felicidad al puerto deseado. La vigilancia y la oración son virtudes: la primera es la prudencia y la segunda es sabiduría, porque al que pide se le da, y orar es pedir al Padre bueno. Y si el mayor de los intereses del hombre es su propia salvación, pedir no solamente lo necesario para la vida terrena, sino pedir con humildad y confianza la gracia --también la mayor-- de ser admitidos en el banquete eterno. El aceite de las lámparas es el amor Todo es simbólico en la parábola: la lámpara de las cinco vírgenes prudentes invitadas a hacer el cortejo nupcial, es porque la luz es la fe, mas sustentada por el aceite de las buenas obras; es decir, el amor manifestado en obras. Entran aquí las dos posturas de los teólogos, en la reforma de Martín Lutero y la contrarreforma del Concilio de Trento, ambas en el siglo XVI. Lutero enarbola la fe y sólo la fe. El Concilio proclama, clama y decreta que la salvación está en la fe acompañada de las buenas obras. El apóstol Santiago escribió: “Hermanos, ¿qué provechho saca uno cuando dice que tiene fe pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Así pues, la fe, si no se demuestra por su manera de actuar, está completamente muerta” (Santiago II 14, 17). En el encuentro con Cristo --ese único y definitivo al final de la vida-, la recompensa será por las buenas obras. Ese fue el aceite que mantuvo encendida la lámpara, y el precio para obtener el ingreso a la fiesta. Desde ahora, responder a Dios con luz y obras El bondadoso Papa Juan XXIII, siempre con la sonrisa en su rostro, no predicaba el temor, sino el amor, y lo patentizaba con su vida sencilla y de entrega al bien sumo en servicio a Cristo, a la Iglesia, a sus semejantes. Y nunca mostró temor, sino tranquila espera del día del encuentro con Cristo su Señor, porque estaba preparado. No olvidar ese día la cita; es vigilancia, pero sin angustia ni apresuramiento. La exhortación del Señor Jesús es continua, es para cada uno: velen para no caer en sorpresa. La sabiduría divina, don increado, cuando penetra los espíritus los transforma, los consolida con una escala de valores; sobre todos los intereses humanos se eleva el valor supremo, que es la propia salvación, y en orden al logro de este supremo fin, ordena los pensamientos y los hechos de todos los días. La muerte del hombre, entendida a la luz de la fe en Cristo, no es el final o término de toda esperanza, sino que se convierte en un puente angosto y tal vez doloroso para llegar a la vida sin fin. “Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólo dos argumentos, responde satisfactoriamente a la angustia sobre el destino futuro del hombre, y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida eterna” (Gaudium et Spes 18). José R. Ramírez Mercado Temas Religión Fe. 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