Suplementos | El sustantivo redención y el verbo correspondiente, redimir, tienen el significado de pago, rescate; para alcanzar la El anuncio de la gran verdad En este tercer domingo de cuaresma y otros dos domingos más, el evangelista San Juan presenta a Cristo el Señor con el mensaje fundamental del misterio de la Redención Por: EL INFORMADOR 14 de marzo de 2009 - 11:19 hs En este tercer domingo de cuaresma y otros dos domingos más, el evangelista San Juan presenta a Cristo el Señor con el mensaje fundamental del misterio de la Redención. El sustantivo redención y el verbo correspondiente, redimir, tienen el significado de pago, rescate; rescatar, pagar, para alcanzar la libertad de un cautivo. En estos tiempos es frecuente escuchar, desgraciadamente, la funesta noticia de que una persona conocida es secuestrada por hombres perversos, que piden cierta cantidad por devolver con vida a quien sin culpa privaron de su libertad, lo arrancaron de su familia, de su trabajo, de su ambiente y lo sometieron a sufrimientos psicológicos y físicos. Cuando se paga la cantidad fijada, redimen al cautivo, como cautivos eran quienes caían en manos de piratas; como sucedió a Miguel de Cervantes Saavedra, cinco años cautivo en Argel. Es la historia de la humanidad, caída y destinada a la muerte eterna a causa del pecado. En rescate y para rescate de todos los hombres, el Hijo de Dios se hizo hombre y pagó con el misterio de su muerte y su resurrección. “Cristo ha muerto por nuestros pecados, según las Escrituras”, dejó escrito San Pablo. La muerte de Cristo en la cruz pertenece al misterio del designio de Dios. Y San Pedro así predicó: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hechos 3, 13). “Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos, a causa de vosotros”. Es éste el designio de salvación por medio de la muerte del justo, del siervo. El mismo Señor declara que ha venido a dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20, 28). La Iglesia ha seguido la doctrina practicada por los apóstoles, y siempre ha enseñado que Cristo murió para redimir a todos los hombres, sin excepción. Su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación. Tomar la naturaleza mortal del hombre en el seno de María, fue para poder morir. Dios inmortal se hace hombre mortal. Toda la vida de Cristo es el misterio de la Redención. Cristo manifiesta el misterio de Redención Universal Buscó el día y el lugar. Así dice el evangelista Juan: “Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambiantes sentados detrás de sus mesas”. Este espectáculo de los allí reunidos en el “patio de los gentiles”, no será ya en adelante grato a los ojos de Dios, a quien se le habría de dar culto “en espíritu y en verdad”. “Hizo un látigo con cuerdas y echó a todos fuera del templo”. Una nueva ley, una nueva alianza, un culto nuevo. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. En este tiempo de cuaresma el Señor pide un ayuno más grato: no sólo privarse de llevar alimentos a la boca y al estómago, sino dar de comer al hambriento, quitar toda injusticia, toda maldad, y así purificar el alma. Ese es el ayuno que más agrada a Dios. Así también allí, en el templo de Jerusalén, quiere un culto que no justifique el egoísmo, ni la opresión, ni la explotación del hombre por el hombre. El verdadero culto, el que agrada a Dios, brota del amor a Dios que no es visto y el amor al prójimo --que es el próximo, el que está allí junto a él-- que sí es visto, y a quien se le deben amor y servicio. El látigo que usó el Señor no fue para castigar, sino para limpiar el templo de un culto ya viciado y mezclado con otras muchos intereses e intenciones. “No hagan de la casa de mi Padre un lugar de negocios” Con estas palabras Cristo les dice que él es el Hijo de su Padre Dios. En ésta y en muchas otras veces y en diversas circunstancias, con claridad, con palabras inteligibles a todos, el Señor Jesús se ha expresado como quien es: el Hijo único de Dios. En los primeros siglos del cristianismo --porque hubo los que negaron a Cristo la divinidad y los que aún negaron la humanidad-- surgió la palabra de los padres de la Iglesia y la de los concilios ecuménicos --es decir de todos los obispos--, que respondieron con la doctrina sana, limpia, con la verdad. De uno de estos concilios ecuménicos, el de Calcedonia, celebrado en el año de 451, va este breve párrafo: “Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y único Hijo y Señor nuestro Jesucristo; perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad; en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. El proceder de Cristo suscita enfrentamiento entre los judíos Y molestos, tal vez furiosos, los jefes judíos intervinieron: “¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?”. Si de veras es profeta, que anuncie un hecho maravilloso; si es poderoso, entonces que obre allí, delante de ellos, un portento, un milagro. El Templo de Jerusalén estaba bajo el cuidado, la administración y el gobierno del sumo sacerdote, del sanedrín y de los doctores e intérpretes de la ley, muchos de ellos de la secta de los fariseos. Éste es un extraño y les molesta, les irrita que quien es de fuera y viene de fuera, se presente a poner orden en donde no tiene autoridad, y que proceda, como procedió así, como nadie antes lo había hecho, con autoridad, con valentía, con eficacia. Quieren una señal prodigiosa y la tendrán. Para ellos es la respuesta: “Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días” No esperaban esa respuesta. Fue motivo de desconcierto y hasta de risa: “Cuarenta y seis años duraron nuestros padres en construirlo, y ¿tú lo vas a reconstruir en tres días?”. No entendieron porque les habló como profeta y como taumaturgo; como profeta anunció su muerte; como taumaturgo les anticipó el gran milagro, el milagro de los milagros: que resucitaría al tercer día. El cristianismo no es para predicarse como teoría, ni como sistema. El cristianismo es un hecho: Cristo crucificado; Cristo resucitado. Ellos mismos, no mucho tiempo después, presenciarían la destrucción de “este templo”, su cuerpo, con el artificio de azotes, corona de espinas, clavos, cruz, todo para destruirlo. “¡Crucifícale, crucifícale!”, gritarían enardecidos. Y cuando el templo --Cristo-- ya quedó destruido, cuando los soldados dieron testimonio de que no era preciso romperle las piernas porque ya había expirado en la cruz, bajaron del Calvario muy satisfechos. Pero en la madrugada del domingo, al resucitar Cristo, ya estaba reconstruido con ello ese templo corporal-espiritual. Para interpretar el misterio de la cruz También los habitantes de Corinto le pidieron a Pablo una señal. Unos eran griegos, otros judíos. “Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos” (Corintios 1, 22, 24). Quienes han logrado entender, sentir y aceptar el misterio de la cruz --mas no vacía, sino con el Hijo de Dios clavado en ella y levantado en alto--, sobra toda argumentación. Allí está la más bella página de amor y de dolor para la universal redención. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. 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