Viernes, 31 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

El calor llega como una marejada

Por: EL INFORMADOR

El calor llega como una marejada. Bajo sus alas las cosas de la ciudad se dilatan imperceptiblemente. El mediodía termina de dispersar las delgadas láminas de frescura que el jardín tejió por la noche. Construcción lenta y deliberada, el paisaje de la terraza sigue su viaje a través de las estaciones. La rama del guayabo afirma su dominio y la callada vecindad del plumbago da un tímido acento azul a la sombra giratoria del árbol. Sobre la pérgola, la llamarada, dueña de nuevos territorios, ensaya sus fuegos de artificio con efímera y altiva displicencia. El jazmín, estratega del lugar, prosigue sus vastos planes de dominio que se miden en decenios. Abren, como fogonazos, las primeras flores del granado puntualmente resurrecto. Los pájaros, atentos y reticentes, toman discreta nota de las operaciones. Termómetro infalible, la frecuencia de sus baños en la copa de la pila aumenta con los días. El cielo palidece.
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Los subterráneos del Louvre son un lugar cruzado de herméticos enigmas. Los muros del foso del primitivo castillo muestran sus limpios aparejos de piedra tallada bajo un manto de concreto uniforme e indiferente. Un recorrido simple y a la vez laberíntico remata en la sala de San Luis y luego, por una inopinada escalera, se accede a la gran escalinata en donde sigue en su detenido vuelo la Victoria de Samotracia. Pero abajo, otros enigmas han dispuesto, en letras de neón, la intervención de Joseph Kosuth. Las leyendas se suceden a lo largo de los muros medioevales. Ni apariencia ni ilusión, se llama la pieza. Quince letreros azules que siguen las leyes de juego de un proyecto interno e igualmente hermético, repartidos de manera rigurosa en el recorrido, evocan las complejas relaciones entre la historia, la arqueología y la experiencia perceptual de quien los contempla. La luz de los letreros imprime una calidad distinta a estas catacumbas de la memoria. Letrero VIII: “Imagino líneas a punto de aparecer, una chispa es casi visible, el rumor de fondo del poder escribe, pero no su propio nombre. El muro se prepara.”
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El Museo Carnavalet, en el Marais, es una delicia. Un poco destartalado y caótico, ocupa dos espléndidos hôtels particuliers con cuatro patios. Allí, se despliega la historia de París. Hay una sala en donde cuelgan alegremente algunas decenas de antiguas enseñas de tabernas, panaderías, herrerías y otros establecimientos. Hay una reproducción de la última recámara de Proust, con los consabidos muros cubiertos de corcho. Hay un impresionante cuadro de Hubert Robert describiendo con un refinado juego de luces la demolición de la Bastilla. En un recoveco, un retrato impactante de una mujer extraordinaria y una pantera: es Juliette Greco en la cima de su poderío. Maquetas encantadoras de barrios enteros de la ciudad en distintas épocas. Y planos de París a vuelo de pájaro, de Blondel La Rougery, por supuesto. Lo mejor es perderse en el recorrido, contravenir las cartesianas flechitas indicadoras y hacer una alegre confusión de períodos y personajes, hechos históricos y batallas. Y así, un sable de sutil curvatura, o una medalla de brillos diluidos en el tiempo marcan la cifra de una ciudad que fluctúa, pero nunca se hunde.
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Beaubourg. El navío imaginado por Renzo Piano y Richard Rogers envejece bien. En 1977, año de la inauguración del Centro Pompidou, el edificio causó el consabido revuelo. Un manifiesto de la época protestaba contra “la instalación de una refinería en el corazón de París.” Pero la ciudad es más lista que eso, y desde hace mucho ha aprendido a hacer cosas nuevas a pesar de la reacción de los conservadores a ultranza. (Es la misma historia de las antiguas Halles, del Grand y el Petit Palais, de la Torre Eiffel, de la Défense, de la Pirámide del Louvre, de la Biblioteca de Francia…) Piano ha dicho que el edificio, más que una edificación “high tech” fue una pieza de depurada artesanía, totalmente hecha a mano. El caso es que sigue funcionando muy bien, y la promenade ascendente de las escaleras eléctricas sigue siendo una gozada. En las galerías de arriba hay una exposición de Lucian Freud, que se llama El taller. Las poderosas telas del artista inglés reafirman su lugar como uno de los más importantes artistas vivos.
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En la Pinacoteca de París, atrás de la Magdalena, hay una deslumbrante exposición de Edvard Munch. Hay unos cuadros tempranos absolutamente encantadores. Sus grabados son particularmente impresionantes por su calidad y fuerza. Habría que rastrear, quizás, sus conexiones con Orozco. La entrañable librería Shakespeare & Co sigue trigarante con las últimas novedades en lengua inglesa. A la vuelta, visita obligada a Saint-Julien-le-Pauvre. Los bouquinistes de la Rive Gauche se muestran aún renuentes a abrir sus viejos cajones; apenas cuatro o cinco muestran sus existencias casi siempre atractivas. Un restaurant del mismo nombre (Les Bouquinistes), es asombrosamente rico. La rue Dauphine, acogedora y movida, deja ver un escorzo del Pont Neuf. En la escalinata de la Grande Arche –digno remate del eje de los Campos Elíseos- centenares de oficinistas vestidos de oscuro toman el sol. El jardín de Luxemburgo y la fuente de Médicis –saludos a Joseph Kessel- se desperezan despacio en la bruma de la temprana mañana.
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 Gary Snyder apareció por primera vez para este espectador en una cita en inglés que figuraba en la peculiar portada de ese libro intrigante que es Último round, de Julio Cortázar (Siglo XXI, 1969). Decía, lacónicamente: I speak for hawks. (Hablo para los halcones.) Ya desde entonces, se adivinaba, en estas cuatro palabras, todo un programa que el poeta –miembro de la generación beat de San Francisco- ha venido cumpliendo a lo largo de su trayectoria. De él, una versión de:
Promedia agosto en el mirador de la Montaña Sourdough
 
Valle abajo un velo de humo
Tres días de calor, tras cinco días de lluvia
La resina brilla en el tronco de los pinos
A través de rocas y praderas
Enjambres de moscas nuevas.
 
No puedo acordarme de cosas alguna vez leídas
Unos pocos amigos, pero están en las ciudades.
Bebiendo fría agua de nieve de una taza de hojalata
Mirando el paisaje por millas
A través del alto aire quieto.
 
jpalomar@informador.com.mx

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